CIUDAD › TESTIMONIO DE JUAN BOCANERA

Por qué ahora

Juan Carlos Bocanera era estudiante de Medicina cuando lo secuestraron, el 28 de octubre de 1976. Lo subieron a un auto a los golpes, y escuchó una voz que decía: "A éste dejámelo a mí que lo conozco bien". Después supo que era Lofiego, a quien había cruzado en un examen de Farmacología en la Facultad. "Me había llamado la atención porque a mí no me daba el tiempo para escribir todo lo que había que poner en el examen, y él no escribía nada, tenía la hoja en blanco", recordó el testigo. Fue su primera declaración ante la justicia por los delitos de lesa humanidad de los que fue víctima y testigo. "No declaré antes porque no creí en las Magdalenas Ruíz Guiñazú ni en los (Julio César) Strassera. Declaro hoy porque creo que hay vientos de cambio. Básicamente, creo que hay una posta en esto de la memoria, porque sin memoria no va a haber olvido. Por aquellos que no pueden hablar, porque no están, para devolverles la dignidad que quisieron robarnos a todos", dijo el testigo, que luego de salir en libertad se recibió de médico. Cuando llegó al Servicio de Informaciones, lo llevaron a un pasillo al que luego, los detenidos según contó Bocanera, lo llamaron bulevar Perdiste, porque allí los ponían cada vez que los llevaban a la tortura. Una vez más, los lazos de solidaridad y humor de los detenidos se colaron en la declaración. Y el horror. "En la camilla de metal nos ataban de los cuatro miembros y nos tiraban agua. Casi todas las noches de casi un mes me torturaron, con sesiones de ablande, a veces sin interrogatorio, por pura diversión", relató. En su declaración recordó a compañeros desaparecidos. A Santiago Guito Werle, lo torturaron. A su lado, Bocanera se desmayó, y al despertar escuchó que lo movían, y decían: "Este no va más". Lo envolvieron y lo sacaron. Werle estaba muerto, por la tortura. Después de un mes lo bajaron al sótano. Ahí conoció a Marisol, una chica con la que hablaron toda una noche. También recordó al flaco Giusti y a un chico que le decían Galleguito (Horacio Melilli), que tenía una tremenda úlcera, producto de las torturas. Un día, no lo vio más. Una vez, Giusti, que tenía cierta libertad para subir y bajar en el centro clandestino, lo llamó para que viera a un joven que estaba en el baño. "Era una cosa que nunca había visto, los genitales eran una sola llaga. Le habían quemado la zona con un soplete", relató ayer Bocanera. Como era estudiante de medicina, los propios compañeros le pedían que curara, o al menos aliviara, los dolores, aunque sin ningún elemento para hacerlo. El 6 de enero lo trasladaron a Coronda, donde cesaron las torturas físicas. "Si alguien cree que la tortura pasa únicamente por el dolor -explicó- y se termina con la picana, está totalmente equivocado. La vida nuestra cambió. Estamos todos los días reconstruyendo nuestra vida".

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