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Viernes, 4 de junio de 2010

LUX VA A LA JARRITA

Los Huacos dan masa

Ni un pisco de zonzx, nuestrx cronista, antes de caer de rodillas frente al venerado Niño Compadrito, se dio a boca de jarritx a cuanto huaco encontró a su paso por las inmediaciones de Lima, Perú.

No sé si habrán notado la crisis que atraviesa la música popular últimamente: Gustavo Cerati, Rubén Juárez, Luis Miguel, Ricardo Fort. Ante tanta desgracia, la Beto y la Cacho armaron un contingente para ir a pedirle favores al Niño Compadrito, una momia de mono disfrazada de Virgen que tiene miles de seguidores en Perú y la condena de la Iglesia, que considera que su culto es un obstáculo para el desarrollo del país andino.

“¿Y yo qué tengo que ver con...?”, empecé a preguntar, pero me callé para no recibir una respuesta ofensiva que pusiera mi nombre en la misma frase que “momia de mono” y “Virgen”.

Llegamos a Lima como a las 9 de la noche de un viernes: en el aeropuerto nos estaban esperando las delegaciones de países hermanos (en Chile estaban preocupados porque pensaban que, después del terremoto, si se les arruinaba el Festival de Viña del Mar iba a ser el total desastre). Hasta la mañana siguiente no iba a salir el vuelo rumbo a Cusco, donde tienen al Niño Compadrito (más no puedo decir porque, como todo el mundo sabe, “nadie te puede llevar hasta él, tienes que llegar por las tuyas”), de modo que me metí en un locutorio para averiguar cuál era el sitio más adecuado para derrochar esas horas.

La Cacho, la Beto, Maruja y Cosme Chingada se iban a quedar rezando por la salud de nuestros cantautores y el eterno reposo de Sandro en los alrededores del monumento a Chabuca Granda, en Barranco. Yo prefería calor (¿mentendééés?), y no el frío húmedo del otoño limeño.

“Vete a La Jarrita”, me dijeron en el chat. De Barranco al Centro Histórico me tenía que tomar un ómnibus cochambroso que parecía de La esmeralda perdida. Eso sí: juro que me metieron mano y no me disgustó ni un poco. Cuando llegué a La Jarrita ya ardía por dentro y después de cuatro piscos al hilo empecé a tener visiones. El lugar, escaso de luz y de limpieza, estaba llenándose de soldados de uniforme.

“¿Estalló la guerra? —pregunté—. ¿Hay estado de sitio?” “Guarda tu boca cerrada para otros menesteres”, me sugirió el bartender, un negro con unas tetas enormes y los antebrazos tatuados al detalle. “Aquí viene la soldadesca a cachar por amor o por dinero.”

“De lo primero tengo mucho para dar y más para recibir, mi amor”, le dije. “De lo segundo, apenas para volver a Barranco.”

En cuanto pronuncié esas palabras mágicas ya estaba rodeada de conscriptos sobándome por todas partes. Mientras uno me agarraba la mano para que midiera su hombría, otro, con risotadas y palabras quechuas, pedía otra ronda de piscos a mi cargo.

Eran cinco apretándome por todas partes y apurando un shot tras otro. Uno, al que llamaban Cosme, se llenó la boca y me estampó un beso: “Si tragas, te daré más”. En mi locura, musité: “Dame todo”, y me llevaron para el callejón del fondo (no sé si vinieron los cinco, pero por la cantidad de manos y la rapidez para desnudarme sé que fueron por lo menos tres). Pasaron unos buenos cuartos de hora al cabo de los cuales me descubrí con el pelo pringoso, sin ninguna ropa, solx bajo la luz mortecina del callejón y sin siquiera el DNI para volverme a la patria bicentenaria.

Con unos delantales y repasadores, el bartender me fabricó un traje más o menos típico (“Adiós chola”, me gritaron en la calle). Volví a Barranco, donde el grupo de oración todavía me esperaba. Antes de partir rumbo a Cusco, consiguieron meterme en un ómnibus de inmigrantes ilegales que venían a trabajar de albañiles a Buenos Aires. Ahí también, durante los tres días de travesía, me dieron masa. Los huacos eróticos, después de todo, no eran fantasía.

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