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Viernes, 16 de julio de 2010

¡SI!

El matrimonio es historia

 Por Marta Dillon

Nadamos en un mar de lágrimas, atravesamos la corriente cálida de este día de invierno helado abrazadas y abrazos al tronco de nuestros afectos, de quienes nos acompañan en el camino, capeando la marea y el mareo de comprobar una vez más que lo imposible sólo demora cuando es un río de gente que empuja. No puedo escribir nada original y no puedo abstenerme de poner en palabras lo que no se puede fijar en el papel porque se escapa por la tangente, porque se fuga en abrazos y en convulsiones de llanto enamorado. No puedo escaparme de la cursilería y tampoco quiero ¿o acaso los casamientos no se hicieron para habilitar el recreo en el patio del amor eterno? Que no existe. Es imposible. Pero lo imposible, ya lo dije, también tiene sus excepciones. Este texto, como la mayor parte de este suplemento, es urgente. Urgentes las ganas de que las emociones duren un rato más. Urgente la necesidad de compartir con las miles de personas que se conmueven, que llaman, que mandan mensajes, una especie de agradecimiento porque gracias a ellos y a ellos las familias que supimos conseguir no tuvieron que esperar a este reconocimiento legal para ser reconocidas por nuestros pares, nuestros prójimos, nuestras prójimas, para apropiarnos –ya que estamos–, de esa palabra tan evangélica ahora que la palabra evangélica se empuñó como lanza del odio. Urgente es, también, este orgullo que se expande por el pecho y estalla. Un orgullo diverso que tiñe las páginas que siguen, porque en definitiva también es para festejar que estas páginas existan como el soporte de todo lo que quisimos decir en esta semana en la que casi siempre terminamos abrazadas, abrazados. Orgullo de ser quienes somos. Orgullo de haber empujado el sentido común hasta desmadrarlo. Orgullo de haber puesto imágenes y palabras a nuestros amores, nuestros dolores, nuestras familias. Habrá que revisar ahora la agenda del día siguiente. Habrá que comprometerse con esa agenda con la misma pasión y decidirnos de una vez a llorar las amargas lágrimas de tanta muerte que nos precede en este camino y pende sobre las vidas y los proyectos de travestis, transgéneros, transexuales. Habrá que ponerle un nombre al homicidio de Andrea Pérez y habrá que hacer público y común ese duelo para poder decir basta de una vez. Porque ella, travesti, en situación de prostitución y trabajadora de la Cooperativa Nadia Echazú, murió encandilada por las falsas promesas del amor romántico de un chongo violento encorsetado en esos roles de género a los que ahora prentendemos quitarle su hegemonía. Esta ley de matrimonio igualitario pondrá su granito de arena o de arroz a través del lento desbaratarse de las instituciones tradicionales, a partir de los nuevos relatos familiares, a partir de que se empiece a enseñar en las escuelas que no hay opciones únicas ni para el binomio mamá y papá –ahora multiplicado en opciones múltiples– ni para lo que cada cual desea para sí mismo.

Anoche me dormí escuchando como entre sueños una propuesta de casamiento. Me desperté con la conciencia de que mi hijo menor también podrá tener mi apellido. Transito el día con las ganas infinitas de juntar tantos amigos y amigas como sea posible para brindar hasta marearnos porque este país será otro desde Ushuaia a La Quiaca. No voy a pedir disculpas por el desliz autobiográfico porque nuestras biografías son las que se exponen en las páginas que siguen. Porque con esa materia se asfaltó el camino que llegó a la resolución que hoy alumbra un país en el que vale la pena vivir aunque todavía falte tanto. Quedará en nuestra memoria el modo en que miramos a nuestros hijos la mañana siguiente. El modo en que ellos y ellas nos devolvieron la mirada como si supieran. Esta alegría que desborda y que fue acumulándose desde que, por ejemplo, los compañeros y las compañeras de este diario salieron a la calle el martes 13 a hacer ruido con lo que fuera para contrarrestar la avanzada fundamentalista. El modo en que un cumpleaños infantil en el que me tocó estar se lanzó a la calle de un barrio conservador a tocar cacerolas, matracas y sikus. Tengo ganas de agradecer, pero no debería, porque esto no fue para mí ni para nadie en particular. Fue por todos y por todas. Por la voluntad de cruzar la frontera hacia un cambio de era que todavía no se termina de dimensionar pero que ya se está dibujando en el horizonte. Amigos, amigas, queridxs todxs, preparen los pañuelos. Estamos nadando en un mar de lágrimas. Y son tan dulces estas lágrimas que no se puede hacer más que compartirlas. El matrimonio ya es historia, no solo porque esa instituciòn marca un antes y un después en el devenir del tiempor sino porque nunca volverá a ser lo que fue.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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