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Viernes, 10 de septiembre de 2010

MUJICA LAINEZ

La cabellera ambigua

¿Habrá arrojado Manuel Mujica Lainez una botella al mar para revelación de las futuras generaciones? Esta lectura guiada de “La larga cabellera negra”, el cuento que Manucho leía en voz alta en cuanto se le daba la ocasión y solía señalar como su favorito, ofrece algunas pistas para detectar ese “modo de decir” típicamente gay, que constituye toda una tradición literaria liderada en nuestro país por este escritor, signada por el amaneramiento y las claves.

 Por Leopoldo Brizuela*

A los dieciséis años, por la misma época en que asumí mi homosexualidad y empecé a escribir mi primera novela, leí un cuento recién publicado de Manuel Mujica Lainez, “La larga cabellera negra”, que quedó en mi memoria como ningún otro de sus relatos. Veinte años más tarde descubrí una entrevista en la que Mujica Lainez confesaba una especial predilección por ese cuento, en el que había tratado de expresar “una sensación muy rara que tuve al salir de casa de Aída Carballo”. Poco después y por casualidad, Blas Matamoro me contó que hacia 1977 Mujica Lainez hacía circular el cuento “por todos lados”, de un modo a la vez insólito y muy típico de él: la recitación. De boca del poeta Oscar Monesterolo, por entonces pareja de Mujica Lainez, Matamoro había escuchado “La larga cabellera negra” durante una reunión en el departamento madrileño del pintor Carlos Bruchmann, “quien había inspirado la pieza”.

“La larga cabellera negra”, en escasas cuatro páginas, con un manejo virtuoso de la ambigüedad, sugería la homosexualidad del autor, y el modo de entender la homosexualidad de, por lo menos, dos generaciones, con sus particularidades y sus limitaciones y una apelación a las generaciones venideras, habitantes de ese “mundo más feliz” con que soñaba E. M. Forster. Lo notable es que esta comunicación más allá del tiempo, con la generación que lo leyó en 1979, y con la que hoy tiene dieciséis años, no sólo se produce mediante el relato convencional de una experiencia, sino de una ficción fantástica y, sobre todo, mediante el manejo de estrategias formales que permiten producir ambigüedad. Lo gay, digamos, no está sólo en el contenido del texto, sino en la manera de decir y escribir; no sólo en la ficción sino en el cuerpo de la escritura amanerada.

DOS HISTORIAS, DOS PUBLICOS

Todo buen cuento —dice Borges, y reformula Piglia— narra dos historias: una evidente, otra secreta. En el caso de “La larga cabellera negra”, hay una historia superficial que sucede, según se dice con toda precisión, el 29 de mayo de 1966, un año antes de la escritura del cuento. El narrador, un “Escritor profesional”, y una misteriosa segunda persona que es su amante, pasan una tarde en el taller de la grabadora Aída Carballo. Mientras el Escritor copia a mano uno de los cuentos de su libro Crónicas reales para que Carballo lo ilustre, la “segunda persona”, en cambio, juega con un gato, holgazanea, quizá se hace el interesante. En cuanto puede hacer una pausa, el Escritor toma un poco de vino y contempla, fascinado, “la larga cabellera negra”, el elemento en que –según se dice– reside el poder de seducción de la segunda persona, tan absoluto que ya es siniestro, como si la cabellera fuese un ser vivo, independiente de quien la luce. Al anochecer, ya de vuelta en casa, “la segunda persona” se echa a dormir en un sillón; y cuando el Escritor, después de un largo rato de contemplación, se atreve a acercarse y tocarla, ésta empieza a crecer, a fluir, como una marea de pelo que invade el cuarto y cubre los muebles y se trepa por las piernas del Escritor y termina por envolverlo amenazándolo con la asfixia. Pero tan pronto, aterrado, el Escritor cree reconocer “la extravagancia, la mezquindad de la muerte”, la cabellera se repliega, decrece, vuelve a su estado habitual de “casco hermoso” sin que la “segunda persona” haya supuesto ni por un momento lo que sucedía. Pero bajo esta primera historia, que puede encuadrarse en el marco del fantástico, y por lo tanto no genera más interrogantes, circula una segunda historia que, gracias a ciertas estrategias de ambigüedad, plantea una intriga mucho más poderosa, una pregunta “sólo para entendidos”.

¿Quiénes son esos “entendidos”?

Los homosexuales de Buenos Aires, claro, que, en buena medida, habían inventado esas estrategias y las utilizaban. Detenernos en las “estrategias de ambigüedad” es conocer cómo y de qué hablaban aquellos antecesores, con qué palabras y sobre todo con qué silencios, de qué modo conseguían solidarizarse en letra impresa, entre ellos y con nosotros, su futuro.

DOS ESTRATEGIAS: EL ESCRITOR Y LA LARGA CABALLERA

Todas las estrategias de ambigüedad del cuento se relacionan con las imágenes del Escritor y de su amante (narrador y narratario); figuras que, más allá de todo lo que tienen en común, están construidas por oposición. Primero y principal, no hay un solo indicio que permita determinar si la “segunda persona” amante del Escritor es un varón o una mujer: las “marcas de género” nos han sido cuidadosamente escamoteadas. No se trata de un recurso nuevo. Casi toda la poesía amorosa de María Elena Walsh, de Leda Valladares, de Oscar Hermes Villordo, y en menor medida las de Alejandra Pizarnik y Silvina Ocampo, se caracterizan por este borramiento, altamente sofisticado, del sexo de la persona a la que están dedicados los textos. ¿Con qué propósito? Resistir: no “dicen el nombre” de su amor, pero tampoco lo disfrazan de amor heterosexual, preservando así una capacidad de inquietud que el cuento de Mujica Lainez, como se verá, aún tiene para nosotros. Desde la primera línea de “La larga cabellera negra”, el Escritor se presenta como anacrónico con su vocabulario “literario” y hasta arcaizante, su fraseo que evoca las obras españolas del Siglo de Oro, su sintaxis compleja y perfecta, levemente proustiana; la segunda persona, mucho más joven, parece la encarnación arquetípica —sumamente esquemática, claro— de la década del ’60, empezando por esa “cabellera” que también caracteriza a los militantes homosexuales pintados por Abelardo Arias, y a quienes éste llama “mis mechudos”. Si el narrador, escritor consagrado, está definido por el trabajo, y por el trabajo para el otro, esta “segunda persona” está caracterizada por la introversión, el juego, el sueño y eventualmente, por el cuidado obsesivo de su propio pelo, que deja crecer libremente, y del que “se ufana” tanto como el escritor de su propia obra. Es obvio que la primera persona ama, y que la segunda simplemente se deja amar, y cualquier conflicto amoroso le preocupa mucho menos. El Escritor escribe el cuento para revelarle esa experiencia de los dos que el otro atravesó dormido: en cierto modo, pretende erigirse en maestro de la “segunda persona”, y también pedirle ayuda; pero a esta “segunda persona” “nada le interesa” y mucho menos el consejo de escribir, como el mismo narrador está haciendo ahora mismo, “carnets” secretos donde fijar, para entenderlas un día, las contradicciones que los asfixian.

POLITICA Y AMBIGÜEDAD

Ahora bien, hay algo que ningún contemporáneo de Mujica Lainez, y mucho menos los homosexuales, podían dejar de notar. Aunque el Escritor de “La larga cabellera negra” no tiene nombre, sus características —su elegancia, su histrionismo, caligrafía dibujada— son las mismas de Manucho, ese personaje único en el friso de la cultura oficial. Al escribir “La larga cabellera negra”, Mujica Lainez construyó al Escritor del cuento con los mismos elementos de su imagen pública: otro deslumbrante manejo de la ambigüedad, que permitía a los contemporáneos, al menos, plantearse las siguientes preguntas. Si se trata de una experiencia homosexual, ¿es una experiencia real de Manucho? ¿Y qué conflicto de los homosexuales relata en forma cifrada el episodio de la cabellera?

En principio, digamos que en toda biografía de Mujica Lainez se advierte una tensión creciente, entre su adhesión al “arte por el arte”, provocativamente contrario a la idea de compromiso político, y una voluntad de exhibición, visibilización o “política de la pose”, como lo llamaría Sylvia Molloy, cuyas repercusiones políticas, precisamente en 1966, se harían más que nunca intolerables. Bomarzo, la obra que MML compuso junto a Alberto Ginastera, fue prohibida ese mismo año por las autoridades de la dictadura del general Onganía. La excelente investigación de Esteban Buch, The Bomarzo Affaire (Adriana Hidalgo), revela que en dicha censura prevalecieron más los prejuicios sobre Mujica Lainez que la consideración de la ópera, que de hecho el censor no había visto. Las inmediatas declaraciones de Jorge Luis Borges en Nueva York, elogiando la prohibición con una prontitud que ostenta más que disimula su cola de paja, evidencia “qué se podía esperar” de un escándalo protagonizado por Manucho, aun cuando se tratase de un padre de familia, periodista de La Nación, funcionario de dictaduras, etc.

Y es que había ido demasiado lejos. El conflicto de “La larga cabellera negra” pone en escena privada estas tensiones políticas, reflejando a un Mujica Lainez más solo que nunca ante la encrucijada: ya no es tiempo de ambigüedad, esa herramienta con la cual ha logrado un poco más de felicidad que la permitida. Siendo él mismo la encarnación de un núcleo de la subcultura gay, estetizante y liberal, que en el cuento está representado como el taller de Aída Carballo, puede decirse que toda una tradición ha llegado con él a un límite. Debe pasar a otro tipo de acción, pero no sabe cómo.

Al mismo tiempo, la nueva generación —la que encarna su amante “melenudo” y a que él es incapaz de ver— también resulta incapaz de verlo sino como a un enemigo: un figurón inoperante cuya ambivalencia era funcional al poder dictatorial; una “antigualla humana” en la que, como sugiere Blas Matamoro, terminó por convertirse en el ambiente de los exiliados de Madrid del ’77; y los veinte minutos que duraba la bizarra recitación de Monesterolo. Es este sentido, es interesante notar que si hacia 1979 la figura de Manucho había perdido toda capacidad de revulsión —de hecho fue uno de los escritores más reconocidos por la dictadura—, “La larga cabellera negra”, en su nivel profundo, aún es capaz de sus preguntas cada vez más profundas a los lectores de tres décadas.

UNA MIRADA ACTUAL

“La larga cabellera negra” y su construcción de “la cara oculta de Manucho”, permiten dudar de que Mujica Lainez “representara” un personaje en público, por lo menos en el sentido de un disfraz que se quitara en la intimidad de su casa. Parece más adecuado suponer que se había olvidado de que representaba un papel, terminando por asumirlo como una personalidad nueva, laboriosamente construida según las leyes de la literatura, olvidado también de lo que había sido cuando cumplía ese otro personaje pensado para él por la “sociedad” argentina.

¿Es la anacronía un elemento reaccionario? ¿Todo lo que genera un reaccionario inevitablemente lo es también, o, como decía Isak Dinesen, su voz sabía más que él mismo? En este caso, por ejemplo, “La larga cabellera negra” es un cuento del futuro. Su imagen de Escritor “anacrónico” socava por exageración la idea de una identidad natural, la idea de que hay algo que somos “por naturaleza”, una esencia a la que tendríamos que ser fieles es si queremos ser felices. Manuel Mujica Lainez aparece como un epígono de Oscar Wilde tanto en la propuesta de “construir tu vida como una obra de arte”, como en “la importancia de no hacer nada”, modo de resistencia a la razón eficiente del capitalismo. Y resulta interesantísimo comprobar hasta qué punto Mujica Lainez imaginaba primero como ficción literaria lo que luego convertía en realidad, empezando por la casa de El Paraíso que primero concibió como escenario de una novela y luego “encontró” en la serranía cordobesa y adonde decidió retirarse con sus amigos íntimos “como a un convento”.

Esa interacción entre ficción y realidad nos hace pensar ante todo en el papel de la literatura como “taller” de nuestras vidas, como “carnet” en que apuntamos “nuestras obligaciones y felicidades”, y nos preguntamos cuánto de lo que hoy forma parte de nuestra “naturaleza” de gays y novelistas es obra de artistas secretos u olvidados. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de la “obra” de Mujica Lainez? Tradicionalmente, entendemos por literatura gay la transmisión de determinadas “historias secretas”, cuando en realidad se trata también de transmisión de capacidades y hasta de competencias para comprender y comunicarnos, para solidarizarnos, para vivir y construir y fortalecer un colectivo. El planteo radical de Mujica Lainez permite pensar, incluso, que si la naturaleza imita al arte, deberíamos aplicar categorías literarias para el análisis de toda vida. Wilde también decía que había puesto el talento en sus obras, y que sólo en su vida había puesto el genio; también parece ser el caso de Mujica Lainez, cuyas obras son, comprensiblemente, cada vez menos leídas, pero cuya figura y sus textos autobiográficos empiezan a concitar la atención que se reserva a las leyendas, como si al fin hubiera conseguido insertarse en la mitología general de nuestra “joven nación”. Esteban Buch, en su investigación sobre el escándalo de Bomarzo, tuvo acceso a los archivos de su casa de El Paraíso y asegura que un centenar de estos carnets todavía nos esperan; si es así, algo muy profundo de nosotros mismos queda todavía por descubrir.

Foto de Facundo de Zuviría incluida en Manuel Mujica Lainez en “El paraíso”, Maizal Ediciones.

* Autor de Historia de un deseo: el erotismo homosexual en 28 relatos argentinos contemporáneos. Editorial Planeta.

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Manucho con peluca, una de las tantas fotos graciosas que solía sacarse y que circulaban en círculos de amigos.
 
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