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Viernes, 10 de septiembre de 2010

DIA DE LOS MAESTROS Y MAESTRAS

El factor docente

¿Qué pasa cuando al frente de una clase hay una persona gay, lesbiana o trans? ¿Se puede hacer explícita esa presencia?, ¿servirá para habilitar el diálogo, para abrir el imaginario de alumnos y alumnas? ¿Quiénes están o estarían dispuestos a escuchar? ¿Cómo se trabaja esa escucha? Preguntas útiles en el camino de construir una sociedad con menos violencia, aunque todavía la mayoría se contesta con silencio.

 Por Marta Dillon

“Uno de los lugares que genera más temor a visibilizarse es el trabajo, y más si es una escuela primaria y sos maestra. La escuela no puede escapar de la lógica moralizante y disciplinadora con la que fue fundada. Y ahí estamos las maestras, desexualizadas, o en todo caso heterosexualmente sexualizadas, deserotizadas y guardianas de la (doble) moral hegemónica”, escribía Valeria Flores en su libro Notas Lesbianas –Hipólita Ediciones, 2005–, en el que daba cuenta de su recorrido en tanto maestra lesbiana dispuesta a hacerse visible en el aula de la escuela neuquina en la que trabajaba y trabaja. No se trataba, por supuesto, de compartir su intimidad con alumnos y alumnas sino de ampliar los límites de lo posible para quienes estaban en el aula, para las familias en las que se replicaría ese acto político. Y para ella misma. Porque si algo supo esta activista que no deja de nombrarse como “maestra lesbiana” con ánimo de desbaratar una supuesta normalidad que se aplica como ley y con violencia es que las primeras barreras que debería saltar eran las propias: “¿Qué me detenía? Creo que mi propia vergüenza. Esa voz secreta e íntima que te dice: ‘acá no es necesario’, ‘les puedo decir que me gustan las mujeres en vez de decir que soy lesbiana que suena tan fuerte’, ‘me pondría colorada’, ‘van a venir las mamás y los papás a decirme que les arruiné la vida a sus hijos e hijas’, ‘la relación con mis alumnos y alumnas va a cambiar, tal vez les dé un poco de asco’”. Cinco años después de publicadas, las reflexiones de Flores no sólo no han perdido actualidad sino que siguen siendo una isla a la hora de pensar y registrar cómo irrumpen en la escuela las identidades disidentes.

Ser gay o lesbiana y estar al frente de un aula suele ser algo que se oculta o, en el mejor de los casos, no se tematiza. Sí, en cambio, habrá debate y posiciones enfrentadas con eco en los medios cuando es una persona trans la que se propone como educadora. Sucedió, por ejemplo, en 2007, en Río Grande, Tierra del Fuego, cuando Melina Gutiérrez, profesora de secundario, comenzó a ser llamada por padres y madres que solicitaban su expulsión como “el profesor travesti” o “ese hombre vestido de mujer”. Es que permanecer en el closet para una persona trans no suele ser una opción. Ellas y ellos ponen el cuerpo en el más literal de los sentidos. Homosexuales y lesbianas, en cambio, suelen poder optar por el silencio o un disimulo que deja entreabierta la puerta del closet, como si poner en palabras ese rasgo de identidad que implica la sexualidad mereciera ser tematizado.

“Algunos de mis alumnos saben que estoy en pareja con una chica, otros no y otros no sé”, dice Virginia, 35 años, profesora de educación artística en varias escuelas primarias y secundarias de Olavarría, no sin antes aclarar que no da su apellido porque “es una forma de protegerme todavía. No ha sido fácil hacerme cargo de mi orientación sexual, tengo dos hijas de 14 y 9 años. Me echaron de mi laburo anterior por mi actual relación de pareja; me tengo que proteger”. Virginia no calla, pero tampoco habla. “Los alumnos se han ido enterando por sí solos, hablo de mi pareja con naturalidad, no explícito que se trata de una pareja homosexual, no por ocultarlo sino porque lo tengo naturalizado.”

“El sexo, la sexualidad, no es un tema de conversación durante la clase. Yo doy clase para chicos que tienen 12 y 13 años y todavía no hablan mucho del tema. Yo creo que la mayoría de ellos no conoce mi orientación sexual. Si alguno viene y me pregunta, por supuesto que le diré la verdad”, dice Roberto Trabucco, docente de las escuelas media Nº10, Nº12 y Nº16 de Tigre, que planea casarse con su pareja a fin de año. A pesar de que su materia es prácticas del lenguaje que dicta en segundo y tercer año de la secundaria, los debates que se dieron en torno del matrimonio igualitario no lograron atravesar la puerta del aula, “ni yo lo propuse ni los chicos propusieron hablar del tema”. No importa que la Ley de Educación Sexual tenga ya cuatro años de haber sido promulgada ni que se haya consagrado a sus contenidos básicos como transversales y no para ser ofrecidos desde una materia específica. Hay cosas de las que no se hablan, ni en clase ni con otros profesores o profesoras. “En ninguna de las escuelas manifesté abiertamente mi condición de homosexual. Los directivos y los docentes que trabajan en las escuelas se fueron enterando, o porque iba a reuniones con mi pareja o porque me veían hacer alguna llamada por teléfono. No hubo reacciones extrañas. Ni los directivos ni los docentes, ni el ámbito del sindicato”, dice Trabucco.

La experiencia de Virginia es distinta: “Mis compañeros de trabajo en general saben, algunos se dan por aludidos y otros se hacen los boludos y cambian de tema cuando hago algún comentario sobre mi pareja, noto que se sienten como incómodos. Los directores sí lo saben y con ellos no he tenido problemas. Con los docentes tampoco, no es que se quejaron, simplemente que yo noto que a veces se ponen incómodos cuando me refiero a mi pareja”. Es que la sala de profesores suele actuar a modo de laboratorio de lo que puede esperarse del resto de la comunidad educativa y que incluye también a padres y madres, a padres o madres. Para Lucía M., 30 años, profesora de lengua y literatura de una escuela católica de Hurlingham, hablar en el aula es más fácil que con sus pares. Ni a ellos ni a los directivos de la escuela les habló de su orientación sexual, “tampoco me lo preguntaron”. No lo saben, dice, “y si lo saben, nunca hicieron ningún tipo de comentario discriminatorio”. Ni de ningún otro tipo, aclara. Sin embargo, con sus alumnos y alumnas el diálogo es más fluido. Por interés propio, Lucía suele habilitar el diálogo, aunque nunca en nombre propio. “Tal vez algunos intuyan algo porque hay quienes asocian el hecho de tener una postura a favor de la igualdad de derechos con la homosexualidad. Pero nunca se dio que algún chico o chica me preguntara abiertamente si a mí me gustaban los hombres, las mujeres o qué”; ella, como Virginia, ni habla ni calla y ésa parece ser la constante en la que la mayoría se reconoce.

Norberto E. tiene 27 años, da clases en un colegio centenario de Victoria, en la provincia de Buenos Aires, y tiene a cargo un seminario para quienes cursan el último año de la secundaria de artes combinadas. El, como Lucía, que se enfrentan a grupos de adolescentes en su mayoría de clase media, reconoce que sus propios prejuicios y los de los y las docentes en general no son compartidos por el alumnado. En los chicos y chicas ven “una amplitud mental que la escuela no tiene”, según Norberto. O “una capacidad de querer escuchar y entender con menos pruritos que los adultos”, según Lucía. Aunque los dos reconocen, como Virginia, que es la institución la que cierra los espacios posibles para expresiones diversas: “Cuesta mucho identificarse con alguna otra identidad sexual que no sea la hétero en las escuelas. Todo lo que se respira y aprende en las escuelas va dirigido a la identidad heterosexual, sin posibilidad casi de dejar alguna grieta por donde surjan otros modos de relación, otras identidades sexuales. Creo que lo más importante de destacar es la falta de espacio que los mismos docentes cerramos para que los chicos se expresen”.

Es que aunque ninguno de los y las docentes que testimoniaron ahora tenga registro de haber sido discriminado –ni siquiera la maestra de Olavarría, a pesar de haber perdido un trabajo–, las pequeñas violencias cotidianas se advierten. Norberto, por ejemplo, cuenta que tuvo “un alumno que era visiblemente gay y que era blanco de gastadas. Hablé del tema con la directora de la escuela y me dijo que el chico era bien aceptado, que no era una situación grave, y que para la escuela era como una ‘nena’ más”.

“Es que los chicos son abiertos –agrega Lucía–, pero sienten la necesidad de responder a roles o mandatos que tienen que ver con la educación que reciben de sus padres. Si se animan a hablar en mis clases es porque entienden que lo que digan quedará ahí, en el aula, es un pacto implícito.”

¿Qué efectos de conocimiento, qué posibilidades para el imaginario, para el descubrimiento de los propios placeres y la propia identidad puede generar en chicos y chicas que una maestra o un maestro ponga palabras a su particular manera de ejercer la sexualidad? ¿Qué efectos puede producir que quien brinde sus saberes pueda hacerlo desde un cuerpo desobediente que desafía los supuestos de la llamada normalidad que no es otra cosa que la imposición de un deber ser hegemónico? Preguntas abiertas todavía en escuelas aún demasiado cerradas.

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