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Viernes, 25 de marzo de 2011

LUX VA AL CASAMIENTO DE DANIEL LINK Y SEBASTIAN FREIRE

Te doy mis botxx

Con el pañuelo listo para recoger las lagrimitas que siempre se le escapan en estos casos, Lux va a una boda de gala y se desorienta enseguida: ¿intercambian votos o botox? Le preguntó a un asistente de apellido Cozarinsky y nombre de escritor y cineasta que apenas pudo contestar algo más que “me embarga la emoción cívica”. Pero respuestas no era lo que buscaba nuestrx cronista, sino fiesta. Y de eso sí que hubo.

Lo siento por los esposos, pero antes de abundar en las maravillas de la boda voy a presentar mi queja: amigos míos, ¿por qué me abandonaron? Solx y al mediodía me desperté bañadx en lux en lo que se suponía que era un dark room al que llegaba nítida, nítida la aspiradora que se estaba llevando los restos de nuestros brillos, nuestras plumas, nuestras perlas, nuestras mejores galas. ¡Nuestra noche así acabada como esos sistemas solares que quedaron estampados en mi vestido y cuya procedencia me resulta imposible de rastrear! Nuestra noche, porque así fue la boda, de ellos dos, Link Freire/ Freire Link, y de todxs lxs que renovamos votos de amor en una noche de luna llena, llena como lleno estuvo de fantasía el salón del Club Español donde alguna vez disertó García Lorca y el viernes pasado el garfio de Bellatín hizo malabares con las alianzas de oro para que ellos se las donaran el uno al otro. ¡Qué no hará con ese gancho! Le dije a él al oído, mientras me agarraba las partes, no fuera que me tomarx desprevenidx. Igual le di todo, lo que me pidió y lo que no me pidió, porque a un maestro de ceremonias como él no se le puede negar ni el dolor de ser engarfiadx. Con él había empezado la noche. O con él había seguido después de que los novios cruzaran el salón donde hasta los frisos de estuco se sonrojaron de tanto intelectual vestidx de fiesta, en riguroso blanco, negro y plateado. Porque los muchachos le exigieron a la concurrencia, impusieron su código de vestuario y salvando un artista plástico con bienal propia que robó con una túnica gris de seminarista empolvado, el resto cumplió con la consigna sacándose chispas en la alfombra roja. Travas de dos metros más tacos y sombrero abrieron el paso nupcial tirando plumas para ahorrar trabajo a los novios, que dieron el sí en el escenario con una cohorte de testigos que incluyeron madrinas en alturas diversas entre el metro cincuenta y el metro ochenta —esta última bastante mal depilada y con poca gracia para el taco—, pero solemnidad al tono y padrinos con menos variedad pero la misma emoción a flor de piel. Es que los votos de Link arrancaron lágrimas y también algún estúpido comentario feminista que se escuchó antes de que terminara la frase y cerrara el “Sebastián, no sos otra cosa que lo que yo hice de ti” con un: “y yo no soy otra cosa que lo que vos hiciste de mí”. Como si alguien ahí dentro hubiera necesitado defensa alguna. Anegadx en lágrimas que secaba con un pañuelito blanco, una crítica literaria se acomodaba el jopo a tono con el vestuario mientras una bella Paula Mafia se colgaba la guitarra para entonar clásicos italianos de amor loco. ¿Fue antes o después del vals? De los valses, una joya cada uno, no es fácil guardar postales porque fue un ir y venir de manos y pisotones que sólo el bálsamo de cinco go dancers de pecho lampiño y bombachita roja podían curar. Claro que enseguida se vino una caravana de tortas que portaban a su vez unas ídem en forma de pastillitas de la felicidad —desde Prozac hasta bichitos—, que bien podrían tomarse a modo de consejo matrimonial para quienes todavía aspiren a la larga duración. Ahora, debo decir que las tortas que las acarreaban no tomaron ninguna, porque si hubo sexo en la pista fue por esas chicas venidas de Berlín a Lanús que comieron tantas bocas como tachas tenía el atuendo leather de mi vecino de Soy Positivo, que evidentemente no se recuperó del jolgorio porque aquí me dejó solitx y mi alma. Por suerte tuve a mi osito pelilargo, cinéfilo y en pollera para acunarme en tiempos de resaca. Y a los tiradores de los novios para sujetarme en tiempos de éxtasis. Y el abrazo del maestro de ceremonias para quedar colgadx, como a mí me gusta, más allá de la fiesta. Porque me habré despertado sin más compañía que el sonido matutino de la aspiradora, pero es sólo porque no me resigno a que tanto preparativo termine en una sola noche, ¿no podremos hacer un bis?, ¿quiénes serán lxs próximxs?

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Imagen: Gaston Depetris
 
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