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Viernes, 14 de junio de 2013

ESPECIAL DIA DE LA FAMILIA

Tolcachir e hijos

Cinco obras en cartel, un prestigio bien ganado y el deseo de tener un hijo, rondando argumentos y personajes de sus obras. Si alguien leyó en El viento en un violín un canto de amor a la familia deforme, vehículo de sangre, pero también de arena, podrá confirmarlo en esta charla.

Ver una obra de Tolcachir es adentrarse en ese tipo de experiencias en la que el público se ríe a sonorísimas carcajadas y al mismo tiempo, internamente, se pregunta de qué. En todas o casi todas sus obras el conflicto tiene aristas muy tremendas y amargas. Y en varias su obsesión por ser papá y su angustia por no serlo, dice él, se desliza sordamente. Entre sus personajes siempre hay gays, trans o lesbianas, o se de-sarrollan temas que, como en El viento en un violín, tocan de cerca a los de nuestra comunidad. “El asunto de ser gay me atraviesa y me sirve, como todo, como tener determinada mirada política, historia personal o haber nacido en este país. No tengo necesidad de hablar del tema gay, o de que sea mi carta de presentación, porque hay muchos temas que me conmueven igual o más. Y no siento ninguna obligación. Sí sé que hay mucha gente a la que le viene bien hacerlo para resolver el tema, porque uno pone en escena las cosas que le generan conflicto.”

Pero aparece el tema constantemente en tus obras a través de ciertos personajes.

–Ah, bueno, sí, porque no es un tema que me dé miedo tocar. A El viento en un violín la estrenamos primero afuera y nos fue muy bien; y cuando la estrenamos acá, contra todos los pronósticos, descubrimos que indignó mucho. Criticaban a esa familia de dos chicas con un varón, es decir, de dos madres y un padre. Y para mí es casi la única obra mía en la que se arma un final feliz que a este público que te menciono le pareció un horror, una deformidad. Una deformidad a la cual yo estoy acostumbrado, porque para mí la familia es deforme y me encanta que sea así. A mi familia yo la fui rearmando con cachos de la mía sanguínea y otra que adopté. Es lo que más o menos hacemos todos. Mi familia incluye gente de mi apellido y otra que no. Y el resultado final de El viento... es eso, algo de lo que yo siento en el mundo, que tratamos de meternos a toda costa en un lugar en el que no entramos, y de golpe dejamos de intentar eso y nos hizo bien armar nuestro propio espacio. Pero me llamó la atención la reacción del público, le impactaban los cuerpos de ellas, los besos, la confianza, y no era la idea provocar sino mostrar amor.

El viento en un violín está hecha antes de la ley de fertilización y vos planteás, sin decirlo, a la maternidad asistida como una posibilidad de una clase y no de otra.

–A mí me interesaba el planteo de quién tiene más derecho a tener un hijo: ¿estas dos chicas que quieren tenerlo porque lo desean o la otra parte de la familia, la de él, que para llevárselo arguyen que le pueden dar salud, educación, una vida genial? Las chicas ante eso no tenían respuesta, salvo decir: “Es nuestro hijo”. Que esa gestación se convirtiera en un botín político y que eso terminara en una explosión, y de esa explosión se armara una familia deforme y amorosa, era lo que me interesaba.

El de dos lesbianas en busca de esperma para engendrar un hijo no es un tema muy explorado. ¿Cómo apareció?

–En mis obras se ve la obsesión con el tema de ser papá. En Tercer cuerpo, por ejemplo, Sandra se inventa un papá porque le da mucha vergüenza querer tener un hijo y no saber con quién. Y en Emilia, Walter también se inventa a su hijo. Yo, que deseo ser papá, encuentro dificultades para concretarlo, ahí se puede pescar cierta angustia mía.

Jamón del diablo tiene personajes gays y trans. ¿Por qué pensás que estos personajes son tan frecuentes en el teatro de cabaret? ¿Por la cuestión de la noche, de la vida?

–El personaje de la travesti, que es Azucena, surgió por un tango que se llama “De mi barrio” y que es como el himno de las prostitutas; me pregunté qué pasaba si ésa era la historia de una travesti y me encantó resignificar un tango clásico. Y darle ese papel a un actor que no es travesti me interesaba porque me parecía que era ponerlo en problemas, un actor que jamás se hubiera travestido: yo quería un laburo actoral, que se compusiera ese personaje. Es una travesti con cierta oscuridad y algo aseñorado. Mucho de lo que dice está inspirado en mi abuela.

También está el personaje de la muerte en Jamón..., que se viene a llevar a la camarera seduciéndola; me pregunto hasta dónde no responde a cierto imaginario cultural para el cual la figura de la lesbiana sigue representando un peligro.

–Nosotros lo pensamos más desde la soledad de la muerte, más allá de la orientación sexual, algo de un cuerpo vivo que no la rechace, el deseo de un cuerpo joven que podría ser también el de un hombre, pero que la saque de esa soledad. La muerte habla del rechazo en la obra. Tiene algo de la muerte de los personajes de Lorca. No como una muerte mala sino necesitada.

Esa muerte refuerza la teoría de que el cabaret es el lugar nocturno que alberga lo que el día y la luz no quieren mostrar.

–Hay algo que a mí me atrae mucho de los marginales, porque yo me siento así. En el caso de El viento en un violín, las chicas que quieren tener un hijo no saben cómo, porque no tienen acceso económica o culturalmente y piensan que todo lo que puedan hacer para conseguirlo es marginal, por eso se sienten obligadas a violar a un hombre. Ellas no querían, pero en eso deriva la situación. No están invitadas a la sociedad y todo lo que hacen lo hacen muy mal. Son personajes que se acostumbraron a la desprotección y a que las cosas se hacen a la fuerza. Lo que tratan es torcer la realidad, al límite que sea.

¿Cómo surgió la escritura de esta obra?

–El viento... nació de la lectura de Lluvia de verano, una novela de Marguerite Yourcenar que trata sobre una familia que vive alejada, y a mí se me empezó a armar una sociedad que para los cánones sociales fuera criticable, pero que uno sintiera que los que la integran son felices ahí. Poder jugar con cierta contradicción entre lo que mi cabeza juzga y mi humanidad entiende, es lo que me interesa, porque nos cuesta mucho aceptar que alguien elija algo que se corre de la normalidad.

Tanto en El viento... como en Emilia se da un vínculo hiperabsorbente de parte de un personaje femenino con su hijo o protegido. Me hace pensar en la relación que tienen algunos gays con sus madres.

–Mirá, en el caso de El viento..., el personaje, Darío, no es gay, pero sí hay algo que a mí me divirtió en estas figuras femeninas que son más fuertes que los hombres, desorientados también por el cambio de rol que se vive. Creo que en general las mujeres son más fuertes y pueden resistir mucho más. En mi obra Tercer cuerpo sí hay un personaje gay que una vez que muere la madre, él empieza, ya grande, a vivir y termina enganchándose con un joven de veinte años, muy psicópata, y cae en las redes de un loco. Pero no sé si hay una relación directa con una madre fuerte. Yo, personalmente, creo que eso abonaría la teoría de que una determinada formación induce una personalidad o una elección sexual, y realmente creo que no. Defendería a muerte que no, que tiene que ver con otra cosa, con una naturaleza, con algo genético del deseo, de si te gustan los dulces o no, o si te gustan los chicos o las chicas. Me negaría a apostar que una determinada conformación familiar influyera en la elección sexual.

Hace un tiempo se estrenó una obra sobre la relación entre Tennessee Williams y Ana Magnani, donde se ve el estrecho vínculo que los unía. Aquí es una amiga la que viene a suplir el lugar de una figura femenina cercana a un gay; también eso se ve en la obra de Tantanian sobre la relación entre Montgomery Clift y Elizabeth Taylor. ¿Eso no te parece propio del universo gay?

–A mí me dan un poco de miedo esas estructuras del típico gay que tiene una madre fuerte o una gran amiga, o le gusta el arte o sale a bailar, porque eso permite un encasillamiento. Es como si me dijeras que al hombre heterosexual le gusta el fútbol.

¿Vos no tenés una gran amiga?

–Sí, pero también tengo otros amigos y amigas. Me parece que es una mirada extranjera ésa de tratar de reducir al gay a personaje. Y no me parece que todos los gays seamos iguales, ni que todos los policías sean iguales entre sí. No es verdad. Hay tanta diversidad de cabezas, de personajes, de maneras de llevar adelante una misma elección, con más o menos conflicto. Si no, es mirarnos como ghetto. Puede haber gustos en común, pero como un chiste; después hay gente muy diversa. Esa mirada generalizadora es, para mí, una mirada que juzga.

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