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Viernes, 6 de diciembre de 2013

Fuera de órbita

Con la trolez como cachiporra, la poesía dada vuelta y un vozarrón milicoide que nunca daba órdenes sino desórdenes, Alejandro Urdapilleta irrumpió en los ochenta volviéndolos salvajes, lisérgicos, llenos de escupitajos, semen, sudores y sangre. Actor, dramaturgo, escritor, pero sobre todo inventor del más allá de todo. Murió este domingo.

 Por Fernando Noy

La primera noche que nos vimos, Batato me había tendido una trampa al comentarme, como si nada, con esa risa de enigma que ambos compartían: “Anda una loca en la vereda queriendo actuar”. Y era cierto. De pronto veo descender desde la enorme escalera como entrada, tropezándose en un escalón y en otro, a una desubicada mamarracha seguramente de alta alcurnia, preguntando si allí quedaba Michelangelo.

Sin que nadie lograra detenerla, se encaramó de súbito en el centro del escenario y después comenzó a decir anécdotas descabelladas sin parar, mientras las risas iban en crescendo vertiginoso como un orgasmo colectivo. Luca Prodan –que estaba cerca, en la barra– susurraba: “E grossa esta donna, troppo grossa, bravísima, la loca”.

La semana siguiente, en el itinerario de presentaciones clavado con chinches por Omar Viola u Horacio Gabin, entre los sucesivos nombres que estaban escritos con marcador, vi, como una alarma que comenzara a sonar, el de Alejandro. Iba a estrenar un monólogo: La Luna. Otra vez el impacto de su incluso brutal genialidad y al fin, todo el mundo aplaudiendo enloquecido.

“Como actor sos un gran poeta”, le dije al verlo regresar a los casi derruidos camarines.

Cuando quise saber quién era el autor de semejante texto, Alejandro, como dando una estocada triunfal mientras de un trago vaciaba otro vaso de ginebra, respondió: “Es mío. Lo escribí anoche para hoy. Y si te gusta o no, en realidad a mí no me importa”.

Me fascinó su tono altivo a lo Merello. O sea que, además de actor alucinante, era un poeta de la puta madre. Lo más cercano al gran chamán capaz de exorcizar con el fuego del espanto o la lluvia de la risa intercalados, tantos detalles hasta ahora no percibidos que estaban frente a nuestras propias narices: conformismo, hipocresía educada, la pose ante los flashes, el falso buen humor, la educación ortopédica y malsana heredada al cabo de los siglos por casi todo el mundo. Menos ellos: Alejandro, Batato, Tortonese.

Antidivas feroces contraculturales, legítimas señaladoras de una nueva dimensión para el placer sin límites. Sus armas desconchadas, las tres pelucas al mismo tiempo, zapatos dos talles menores de lamé, pero con los tacos dados vuelta como alas para el sublime chusmerío poético total.

Collares con los que incluso si se les cantaba podrían estrangular a alguien mientras se sentaban en las rodillas de los más guapos con abanicos marchitos, abanicando sus braguetas y, ya que estamos, de paso hurgar hasta volver al escenario, esa maldita palabra.

Alejandro, piel de azucena y ojos de charol o codorniz plateada, moviéndose más rápido que el tiempo. Todos veíamos que además de hacernos carcajear, como un alquimista sacando algarabía de la nada, se retroalimentaba con su propia risa de todos nosotros. Sin disimulo ni importarle mostrar los hilos del títere hechizado.

También me parece ver a la maravillosa poeta Adelia Prado que, luego de oírlo declamar sus poemas recientemente editados en español, me comentaba, estremecida hasta las lágrimas: “Que bom este Alessandro, ¿quem e ele? ¿quem e?”.

Lirismo celeste y blanco como la bandera de su patria a la que había regresado después de tanto horror, con esas salidas imprevistas tipo: “El underground queda al fondo a la derecha, señores”, mientras señalaba los baños. O: “La muerte se pasea por las galerías debajo del Obelisco, en esos locales donde venden todo usado”.

El Ogro travesti fabuloso trituraba el pasado, pesado y pisado, saltando sobre los añicos con el más sensual desparpajo nunca visto. Pero atrás de su furia había una inmensa ternura agazapada, esperando disfrazarse de cachetada verbal, de trompis imprevisto, para seguir jugando hasta lo máximo que fuera posible. Hasta podría afirmar que él mediumnizaba una especie de trío inmemorial como Antonin Artaud, Copi, el mismísimo Oscar Wilde, elevados a la enésima potencia y sinfonías de Richard Clayderman mientras “una vela de velorio bailaba toda la noche al compás del gran pianista”. Siento que, incluso ahora, ha instaurado el tiempo en que la fatal muerte ha sido imposible.

No sólo porque su valiosa herencia siga viva en los libros y la memoria de quienes tuvimos la dicha de encontrarlo. Hay algo más allá de los curriculum gloriosos y los galardones que pueden demostrarlo. Incluso Antonio Gasalla acaba de remasterizar para YouTube todos los sketches que grabaron juntos en Canal 7 cuando todo el canal prácticamente se detenía para ir al estudio a disfrutarlos. Semejante osadía creativa no puede tener un punto ni un puto final. Al contrario. Las lágrimas de nuestra tristeza mágicamente mutan en cubitos de hielo para brindar al sentirlo siempre vivo. Y no sólo desde la pantalla o lo que fuera.

Hace apenas tres meses, nuestro querido amigo Tino Tinto también logró llevar a escena textos de Alejandro seleccionados por ambos en las tardes de otoño por las plazas.

“Miel de avispas”, casi como un milagro, logró rescatar la dulzura envenenada de poesía en tres actrices desopilantes dentro del espacio Le Claque, que recuerda incluso a la cueva mitológica ancestral. Alejandro tal vez iría a verla. Hace meses me contó de este proyecto muerto de risa. Lo llamé para acompañarlo, pero nadie atendía, aun usando la clave secreta por muy pocos conocida. Hasta que el jueves pasado, mientras organizábamos algo en común con su vecina y compañera de tablas, la gran Rita Cortese, ella misma me anunció una triste realidad: Alejandro se está yendo. No, del barrio no. Está agonizando.

Después, todo sucedió vertiginosamente. Y ahora estoy seguro de que si el “Vive la Mort” fue consigna de otros tiempos, con Alejandro se ha instaurado justamente todo lo contrario. Matar la muerte de estos dioses sin tiempo ni templos. A no ser, eso sí, nuestros propios corazones por siempre a la deriva guareciéndolos. No habrá límites posibles entre vida y muerte a partir de este instante. Dormí en paz, Alejandro, que mañana nos vemos.

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