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Viernes, 15 de julio de 2016

¿Y AHORA QUé? > ANALIZANDO EL IMPACTO DEL MATRIMONIO COMO INSTITUCIóN QUE COMPARTEN HOMOS Y HéTEROS, UN AñO ANTES DE QUE LLEGUE LA COMEZóN.

Sí, quiero

El impacto de las maternidades lésbicas y la ley de fertilización en las múltiples miradas sobre la maternidad aquí y mañana.

 Por María Elvira Woinilowicz

Se embarazó, la embarazaron, quedó embarazada: modos por lo menos desatinados de expresar el embarazo en una lógica que siempre hemos aceptado como única, cruzada por la culpa y la pasividad. No nos embarazamos solas. En mi caso estoy embarazada por medio de un tratamiento de fertilidad asistida con donante de esperma anónimo, soy heterosexual sin pareja, tengo 43 años y no lo hice sola. Lo bello: lo digo, lo escribo y por momentos todavía me cuesta creerlo.

Siempre pensé que me iba a suceder, ser madre. Pero llegué a los 40 sin hijos y la pregunta sobre la maternidad se impuso. Lo primero que pude responderme fue “No quiero no ser madre”. Después, en el proceso de volver a preguntármelo, hacer consultas médicas, averiguar sobre el alcance de la Ley de Fertilidad Asistida, fue que llegué a tachar los “no” de ese primer axioma, para quedarme con un “quiero ser madre”. Un quiero –nunca impoluto– que hizo que llegara hasta acá a puro responderme una y otra vez con un “sí quiero” y acompañada de muchas voces, de historias de otras mujeres empujadas tras el deseo que se volvieron contagiosas, que se volvieron avales en la experiencia previa.

La maternidad hoy, y no desde hace tanto, es pregunta. Se nos para de frente y nosotras contestamos no o contestamos sí, y si le decimos sí, vamos y buscamos el modo. Transitar la pregunta sobre la maternidad no siempre nos deja del lado del hijx buscadx, pero una ya no se será la misma. Venimos de generaciones en donde la maternidad sucedía, entre las que podían quedar embarazadas y las que no. La maternidad no sucedía entre mujeres que no tenían hombre. No tener hombre a su vez, durante mucho tiempo fue no conseguirlo, no haberlo encontrado. Pasamos por otras generaciones en donde la anticoncepción le dio lugar al cuándo. El aborto, cada vez menos silenciado, siempre fue una opción con más, menos o tremendo riesgo según la clase, opción que aún esperamos sea legal segura y gratuita. Hoy las mujeres podemos decidir cuándo, cómo, si solas o con quién, con menos condicionamiento y más horizonte de posibilidad, aunque no libres de miradas heteronormativas. ¿Y el señor? No, no hay señor. Y si no hay señor la amiga que te acompaña es tu pareja. Los formularios son un campo aparte. En esta opción de maternidad hay que llenar muchos consentimientos, autorizaciones con el casillero siempre presente para él/la cónyuge, en algunos se inscribe la salvedad. Digo miradas heteronormativas y creo que la aparición de esa palabra en mi vocabulario es una posible respuesta a la pregunta sobre si hay alguna relación entre mi destino de ser mamá hoy y con estas condiciones y las leyes que reconocen los derechos de las personas por fuera de su condición heterosexual. La realidad de otras mujeres, muchas de ellas lesbianas, muchas no lesbianas, muchas con esposa, con marido y otras no, me ha ido mostrando en anécdotas pequeñas el peso abrumador de las reglas de sometimiento de un mundo preparado con sus casilleros no tan en blanco para ser lo más iguales, lo más normales, lo menos posible.

Quedar embarazada por medio de un proceso de fertilidad asistida no es cosa de una noche de verano, largas siestas o meses de espera y sexo. El proceso es largo, consta de infinidad de trámites e interlocutores varios de distinta índole, instituciones médicas, obras sociales en la puja del cumplimiento de la ley, banco de esperma, en caso de ser necesario. Pero es un camino elegido que lejos de hacerse con esfuerzo, valentía y sacrificio, las tintas se cargan sobre el verbo persistir.

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