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Viernes, 15 de julio de 2016

MI MUNDO

Rosa de lejos

Dos apariciones para el Día de la Independencia parecieron gritar a quien quisiera oírlas: todavía hay fuerzas que desfilan. Todavía hay cadáveres. La voz de Perlongher se hizo oír en la Avenida 9 de Julio mientras unos cuerpos desnudos marcaban el paso de su poema legendario. Mientras tanto, su voz se multiplica en Correspondencia, la entrañable y fundamental edición de sus cartas realizada por Cecilia Palmeiro, que editó Mansalva.

 Por María Moreno

9 de julio. La casa de Tucumán tuvo, a distancia, un sentido evocativo de “la casa está en orden” gracias al desfile de las tres fuerzas con sus fashion distintivos y armas al alcance de los niños (¿en nombre de qué pedagogía?), una suerte de tren fantasma para sobrevivientes de campos de concentración, ex presos políticos, pueblo memorioso. Esta vez la paranoia de invasión convertida habitualmente en uno de sus argumentos preferidos para justificar su violencia, la provocaron ellos, los milicos: ese efecto marcha de zoombis, gremlins, Godzilla misma. ¿Pero cuántos son? ¿De dónde salieron tantos? ¿Adónde estaban?

Teloneros: un Borbón dado al safari, unas boutades discursivas que permitieron las burlas de la revista Barcelona y la edición tuneada del Seminario La angustia de Lacan. Un campo de Polo pretendidamente simbólico cual Plaza de Mayo.

Entonces en el centro mítico de la ciudad, la Avenida 9 de julio, unos jóvenes opusieron a la forma “Desfile”, la forma “Frente”; ubicándose uno al lado del otro, y luego en pelotas, para hacerse los muertos, apilados, mientras alguien recitaba Cadáveres de Néstor Perlongher. La performance del Frente Artístico de Choque Comunicativo (un frente como el Frente de Liberación Homosexual, como tantos otros) se llamó “Esto no es la independencia” y les tiraba en la calle a los actores principales su producto del ¿pasado? La Rosa había vuelto. Y aunque el libro Correspondencia de Néstor Perlongher, con introducción, compilación y notas de Cecilia Palmeiro (Mansalva, Campo real) no ha sido presentado aún, esa parece haber sido su presentación.

Perlongher a la carta

Cecilia Palmeiro va destejiendo ese largo foulard de lamé que tejen los nombres de los corresponsales, identificando a cada [email protected] (¿le hubiera gustado a Néstor la corrección política de la arroba, aunque más no fuera por su rulo ensimismado?), situando contextos políticos, íntimos y geográficos, dando a leer, más que aprovechando las notas para cristalizar su posición crítica como orden de lectura pero tirando tres líneas de insurrección que hacen al retrato de su objeto: “La historia que le tocó vivir lo confrontó con tres dispositivos de disciplinamiento corporal implacable: la anacrónica moralina de las dictaduras y su penalización de toda disidencia (así como su rebote en las organizaciones de izquierda setentistas), la normalización y estabilización de la identidad gay en el contexto de las transiciones democráticas y la crisis del Sida. Contra todos, su proyecto de escritura toma la lengua como arma. Esa punta de lanza afilada en la poesía se convierte en una lengua política.”

Hay cartas “profesionales” en donde los latiguillos conservan la marca de su estilo pero insisten en las cuestiones prácticas de la difusión de sus obras, el reclamo de ejemplares de las revistas y libros en donde ha publicado sus artículos (El porteño, Página30, Alfonsina, Fin de siglo). Hay otras donde la complicidad ideológica permite el sustrato de supuestos en común pero donde la cachada afectuosa hace resonar un carnaval de metáforas que se encabalgan hasta el mandala: “Concha y Osw: ha pasado demasiado tiempo, viejos y achacoso nos encontraremos finalmente tramitando la jubilación en Singapur, en la cola de un banco islámico (sin interés) adónde irán a parar nuestros magros ahorros resultantes de la tala de árboles y la recolección de ideologías”, “¿Qué pasó con vosotros iluminada Miluz, oscuro, impronunciable Osw? ¿Vuestro silencio se ha tornado denso como una noche ártica? ¿Acaso el espectáculo repetido, inefable, de la flota soviética anclada en la rada de Vladivostock obnubilado halos al extremo de no poder preferir hiato ni rima, ni hato de sílabas o elipses, ni desplazar por la cansada máquina los sarmentosos dedos que tronchan abnegadamente troncos, hachan?” (a Milu Gelbort y Osvaldo Baigorria que estaba haciendo una experiencia colectiva agro-libertaria en Canadá)

Las cartas dirigidas a Roberto Echavarren parecen una zapada de obra que llega a tener las vueltas del caracol Nautilius: “Echavarránica: Stórnica en desborde, amara el aura el esplendor del hueco al desbordarse el cuerpo en ingrávida bañera (de Ingres, de Marat, de Paso de los Toros o Agua Tónica), admirazione, signos de admirazione, puntos de admiración en el orillo al que se trepa quien desde la cisplatina banda yergue ojillos de complicidad más zambullidos en la fosa barrosa, en ese vado, en ese mantel a rayas + hulecito: ulular de hurón a su carnada: en el solar vacía”. Las enviadas a Reinado Arenas no mienten sobre una luminosa identificación “te admiro, como un espejo que se unta”.

Las cartas más frescas, mimosas, pedigüeñas son para las amigas Sara Torres y Beba Eguía, (“Sara Osara Adorasara”, “Beba divina en lo absoluto”), escándalos de antimisoginia y amorosa confianza.

Salvo en las respuestas a Eduardo Milán, provocadas por una encuesta, toda la correspondencia tiene poco de panfleto estético y de conciencia de posteridad: a veces los contenidos son variaciones sobre el exilio que van de la glorificación alocada a la retahíla de penurias cotidianas. Como señala muy bien Cecilia Palmeiro, a partir del diagnóstico y los avatares de su enfermedad, priman los vía crucis del cuerpo sometido al Estado Médico y la lengua se pone melancólica (tal vez una caída más dramática para el poeta que la de la enfermedad): “en la mayoría de sus cartas, prima la función poética antes que la referencial: su intercambio con otros escritores (con Roberto Echavarren en particular, pero también con Arenas) es un intercambio de textos literarios, que se va debilitando a medida que se debilita su cuerpo, su energía vital. El barroquismo de su escritura está directamente relacionado con las fuerzas del deseo. “A partir de que se enferma de sida, no sólo se retiran de la firma las variantes jocosas de su apodo ‘Rosa’ sino que aparece una urgencia angustiada por la publicación de sus textos, la negociación con los editores, los cálculos sobre probables contactos, lo que Barthes llama ‘la gestión’”. Pero no se trata de un acento utilitario sino de las estrategias de preservación de quien sabe que pronto vivirá solamente en sus textos. No es el Mozart que hace cuentas en sus papeles íntimos, ni el Gide que se cartea con Rilke para departir tediosamente sobre la pérdida de unos muebles, ni el Alberdi que pide una y otra vez desde el exilo que le regaran las plantas.

Cura y Barroco

Creía en la poesía del éxtasis, de la alucinación, del ritmo: era barroco hasta la elegía. Si jamás consintió en darle a su enfermedad ningún sentido más allá de su status de virus -ninguna enseñanza, ninguna sublimación espiritual, ningún reajuste ideológico- creyó en las manos iridiscentes del cura Mario Pantaleo, quizás porque sus milagros eran los de un lector: leía en los cuerpos y curaba con las manos como quien sostiene un libro. Beba Eguía, cuyas políticas de la amistad suelen expandirse en una internacional de artistas y escritores bulliciosos a quienes suele poner en red de afectos y de obras, fue la médium entusiasta del encuentro entre el trotskista que creía en el Alma y el cura cuyos chorreos de las iluminaciones aumentaban los linfocitos T, borraban la metástasis y hacía saltar de su silla a los cuadripléjicos.

-El viaje fue infinito. Creo que salimos de noche para llegar temprano a la fundación donde atendía el padre Mario para evitar la cola que solía ser inmensa. Cristo caminante queda en González Catán. Fuimos en el taxi del padre de Néstor, un auto con el chasis vencido. No podíamos mirar por las ventanillas porque íbamos como hundidos y Néstor, que se llevaba mal con el padre, iba peleando con él y, a cada rato, como si fuera el estribillo de un poema decía “¡Qué cosa, pero qué cosa!”. El padre Mario en esa época estaba muy viejito. Permanecía sentado en lugar de ir pasando entre los fieles bendiciéndolos con la mano. Ahora eran ellos quienes iban pasando lentamente y él los bendecía sin levantar la cabeza. Cuando le tocó, Néstor estaba muerto de miedo. Entonces el padre levantó la cabeza. Se paró con mucha dificultad y comenzó a caminar a su alrededor, como a rodearlo. No lo tocaba, iba acercándole las manos a distintas partes del cuerpo y haciéndole preguntas que yo no oía. Luego Néstor me contó que le dijo que tenía que ir todas las semanas. Él le contestó “pero es que no vivo aquí, vivo en Brasil “. Y el padre que era muy malhumorado, hizo un gesto brusco como de “¿Entonces qué puedo hacer?”

Cuando Néstor Perlongher volvió a Río, todavía “sentía” lo que el padre Mario había dejado en él; fuera lo que fuera estaba mejor pero poco a poco perdió la energía de esa bendición heterodoxa y ya lejana en el tiempo.

Dos cartas, una fechada en San Paulo el lº de junio de 1991 y otra en “Santa Pablilla la julia de la noventiúnica” del 5 de julio, llaman a través de la amiga, la fuerza del padre Mario: “Primero aquí en el trópico uno se sume en una melancolía caldosa. Problemas que revierten el tudo bem local. Y su color vira caracúlico. La cosa que la euforia no me duró más que un par de semanas (bastante). Siento que necesito sentir de nuevo la fuerza del padre Mario. Los primero días la sentía siempre, me emocionaba y rociaba la pupila de emoción del alma. Ahora preciso urgente ayuda del padre”. Un ganglio infectado en la ingle, un llamado telefónico a Beba y allí partió ella a González Catán en un taxi que estaba vez salió carísimo, llevando en la cartera la foto del amigo enfermo. En la segunda éste agradece “Beba divina, gracias de nuevo, tu carta, tu existir es una salvación (…) Gracias por haber ido a ver al santo padre Mario. Los milagros comienzan a acaecer como lluvia de maná. Te cuento ese día que te llamé al día siguiente tenía que ir a extraerme un ganglio inflamado para examen. Hete aquí que el increíble baño de energía y de fuerza del padre llegó y el cirujano desolóse con el espectáculo vacío de los ganglios desinflamados; sacarlos no pudo que la divinidad se los había ya llevado”. Estas escenas epistolares y peregrinajes de mediación sanadora más que hacer pensar en la fuerza de la fe o, en un lenguaje más laico, el poder de la transferencia, pueden ser leídas como lo que Alan Pauls llama literatura expandida, hecha de bloquecitos de vida: “los episodios de la vida literaria son simplemente parte de una práctica artística que estamos acostumbrados a ver desplegarse por medios e instituciones textuales (textos, libros, escritos); son la parte que se despliega por medios “existenciales”, a través de una serie de gestos, conductas e intervenciones que se efectúan “en la vida” misma. Así, quizás lo que llamamos “vida” no sea sino la continuación de la obra por otros medios. O viceversa “(…) Son trozos de vida, pero de vida estéticamente articulada , y en ese sentido son tan legibles, están tan preñados de sentido y reclaman tanta interpretación como cualquiera de las ‘obras’ reconocidas, identificables, que la crítica reclama que comparezcan para poner en marcha sus aparatos de lectura”.

Las cartas y la experiencia con el padre Mario fueron un trozo final de la vida de Néstor Perlongher, estéticamente articulada. Como todas las demás cartas y sus poses, el hijo mendicante pero seductor de las amigas, la profesora atildada que explica con claridad, el profeta furioso que mezcla en su tono la teoría con la mercería, el que goza diciendo que cuando más se sabe menos se goza.

O podemos pensar que como el padre Mario, Perlongher puede actuar después de muerto y entonces hizo planear su aura sobre el Frente Artístico de Choque Comunicativo contra el desfile abyecto de jinetas y armas largas y así podemos volver a invocarlo a través de todos su nombres: Rosa L. de Grossman, Rose La Lujanera, Roshina da Boca, La Rosa coja (arlteana), Rosa L.de Grossman (Perla de Pernambuco), La Rosa.

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