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Viernes, 15 de julio de 2016

Vidas cruzadas

¿Por qué Alton Sterling y Philando Castile, los dos jóvenes afrodescendientes asesinados por la policía la semana pasada en Louisiana y Minnesota respectivamente, tienen mucho más que ver con el sector de la población amuchado bajo el paraguas de la disidencia sexual que personalidades como Caitlyn Jenner, ex atleta y figura del reality de la familia Kardashian? Dean Spade, abogado, activista e investigador estadounidense, da algunas pistas para responder a esta pregunta en Una vida “normal”, su libro recientemente editado en español.

 Por Dolores Curia

Dean Spade es profesor de Derecho en la Universidad de Seattle y fundador de Sylvia Rivera Law Project, un colectivo que provee asesoramiento legal a personas lgbti de sectores populares. En Una vida “normal” (de Ediciones Bellaterra, con prólogo de Lucas Platero y disponible online en deanspade.net) se ha dedicado a tensar los límites de los reclamos en torno a la igualdad legal. A las fuentes de la segregación, dice Spade, hay que buscarlas mucho más cerca de lo que se cree. El libro incita a mirar más acá de las leyes para prestar atención a los métodos cotidianos y aparentemente banales con los que las instituciones administrativas clasifican y ordenan a la población. Una vida “normal” es un ensayo sobre cómo la violencia institucional, el racismo, la xenofobia, la criminalización del consumo de drogas –por citar algunos puntos– influyen sobre las vidas concretas de las personas lgbti más que aquellas otras cuestiones que, según las narrativas de gran parte del activismo clásico, son consideradas “problemas específicamente lgbti”.

¿Qué desafíos presenta hoy la cuestión lgbti a nivel global y en tu país?

–Los desafíos parecen no distinguirse demasiado de los de hace mucho tiempo: rechazo familiar, acoso policial, dificultad para conseguir trabajo, discriminación por parte del sistema de salud. Muchas de estas personas viven en la pobreza porque son marginalizadas en el empleo y la educación; se ven obligadas a recurrir al trabajo criminalizado, como la prostitución, y por su vulnerabilidad terminan encarceladas o, si son migrantes, deportadas. En lugares donde existen algunos servicios sociales, como los programas de vivienda, salud u otro tipo de apoyos, muchas veces las personas lgbti no pueden acceder a ellos. Todo esto es parte de una historia conocida y mucho no ha cambiado. Sin embargo, el discurso global sobre la cuestión lgbti sí ha cambiado en los últimos años.

¿En qué sentido?

–Estos temas se volvieron muy populares y han sido tomados por políticos de otros modos. En EE. UU., por ejemplo, la administración Obama empezó a hablar sobre estos temas y, durante su segundo mandato, a apoyar a los derechos lgbti abiertamente. Sólo ha sido una estrategia para que la administración Obama (y ahora la campaña de Hillary Clinton) dé la impresión de ser progresista para tapar lo que ha sido realmente un récord en guerras, deportaciones –mucho más que otros presidentes de la historia de este país–, expansión del espionaje ilegal mediante, por ejemplo, drones, y más.

Sostenés en tu libro que esto ha sido más discursivo que una decisión orientada a mejorar las vidas concretas.

–Es un momento complejo en el que los derechos lgbti son usados para cubrir otras cuestiones por parte de los gobernantes y las corporaciones, sin embargo, las condiciones de vida de las personas lgbti de hoy no se distinguen mucho de las de otras décadas porque son esas mismas instituciones las que todavía están expandiendo la guerra, la criminalización, la pobreza, el reforzamiento de las fronteras y la destrucción ambiental. Y todas esas cosas están haciendo que la vida de las personas lgbti sea peor, así como la vida de todos los demás.

¿En qué tipo de políticas se puede ver esto?

–Hoy es común ver departamentos de policía participando en marchas del orgullo y promociones que muestran una policía pro lgbti, cuando en verdad, la policía representa para las personas lgbti una amenaza mayor que cualquier otra. Algunos teóricos se refieren a este tipo de procesos como “pinkwashing”. A lo que hay que agregar que detrás de estas fachadas no sólo las vidas de las personas lgbti no perciben ninguna mejoría, sino que muchas veces representa todavía mayores peligros.

¿Con qué otros movimientos sociales te identificás?

–Dentro de Estados Unidos, algunos de los movimientos más importantes hoy son Black Lives Matter, el movimiento por los derechos de los migrantes (#Not1More Deportation), el movimiento de justicia para las personas con discapacidad, el trabajo de resistencia por parte de los pueblos originarios, el movimiento de abolición de la policía y la prisión, el movimiento para el boicot, desinversión y sanciones a Israel y el movimiento contra el cambio climático. Algo que está faltando en mi país es un fuerte movimiento antiguerra.

¿Y cómo se vinculan estos movimientos con las luchas lgbti?

–Muchos tienen líderes trans y queer. Y progresivamente, van incorporando la idea de que la liberación queer está profundamente conectada con lo racial, lo económico y la justicia ambiental. Tomamos como una gran inspiración a otros movimientos que estudiamos alrededor del mundo: luchas anticoloniales, de los sin tierra y los sin techo y movimientos feministas.

En Una vida “normal” hacés énfasis en la idea de que las estrategias que apuntan sólo al aspecto legal tienden a volver conservadores a los movimientos, ¿por qué?

–En los últimos 50 años, la equidad legal se ha convertido en la máscara que mantiene el status quo de la inequidad material. En EE.UU. el racismo, el sexismo y el capacitismo llevan décadas siendo considerados ilegales, sin embargo, la inequidad material de esos sectores incluso se ha incrementado durante ese periodo. La brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado, y las mujeres, los afrodescendientes y las personas con discapacidad se han visto perjudicados por esto. No solo muchas más personas se han vuelto pobres, sino que también, el sistema de prisiones y de control de fronteras se ha expandido dramáticamente. EE.UU. hoy contiene al 25 por ciento de las personas privadas de libertad del mundo, sin embargo, representa solo el 5 por ciento de la población mundial. Los presos por migración se ha cuadriplicado desde 2001. Por eso, al mismo tiempo que el racismo se vuelve supuestamente ilegal, el sistema que verdaderamente clasifica a las personas según etnia y color se ha vuelto más y más significativo.

¿La equidad legal es una pantalla de esto?

–Durante la primera mitad del siglo XX el modo en el que el racismo, el sexismo y el capacitismo han operado ha sido impulsando al gobierno a proteger abiertamente a los blancos y a los hombres, marginalizando al resto. Pero frente a los grandes movimientos disruptivos de los 60 y 70 hubo un cambio de estrategia. Ahora el gobierno dice proteger a las personas marginadas mediante leyes antidiscriminatorias, cuando en realidad las condiciones no han mejorado. Cuando los movimientos toman estrategias en búsqueda de la equidad legal, muchas veces terminan afirmando esas condiciones.

¿Podrías darnos un ejemplo?

–Los impulsores de los derechos gay en EE.UU en general han pedido “ser protegidos por la ley, como lo son las personas negras”. En realidad, los afros son los más acosados por la policía por más que haya leyes que digan protegerlos. Ahora el tema está muy en boga por los hechos de público conocimiento, pero este tipo de cosas son un modo de operar, pasan todo el tiempo. Lo que estos hechos ponen en evidencia es que necesitamos generar un análisis más sofisticado de la diferencia entre lo que la ley dice y lo que la ley hace. Cuando los movimientos se forman en torno a tratar de que las leyes digan “cosas buenas” sobre los grupos marginalizados, en general fallan en percibir quiénes son aquellos que muy probablemente no se vean beneficiados por estas reformas, y terminan afirmando el sistema que querían desmantelar.

En tu libro te referís bastante a la lucha por “ser incluidxs en el ejército”.

–Cuando las personas lgbti han luchado para ser incluidas dentro el ejército, los argumentos han sido promilitares, proyectando al ejército como un gran lugar donde trabajar, haciendo cosas importantes por el país. En realidad, el ejército de mi país es un empleador brutal, un explotador con muy altos niveles de violencia sexual y una de las más atroces fuentes de violencia en el mundo. La paradoja: tratar de conseguir el reconocimiento legal muchas veces significa que los movimientos terminan promocionando instituciones dañinas y fallan en conseguir un cambio real en las vida de las personas que quieren proteger.

La interseccionalidad –la interacción de múltiples discriminaciones– es crucial en Una vida “normal”. ¿Por qué pensás que es tan difícil construir alianzas entre las luchas lgbti y otros movimientos?

–Construir movimientos que abarquen múltiples objetivos es muy difícil cuando quienes los lideran son las personas menos marginalizadas del grupo. En mi país cuando el movimiento gay empezó a institucionalizarse en los 80 y 90, se empezaron a construir organizaciones mayormente dirigidas por hombres blancos de clase media, muchos abogados, financiados por gays con dinero. Construyeron una agenda que tenía sentido para ellos. Como blancos, eran más confiables para la policía y en vez de unirse a los movimientos por la justicia racial, que trabajaban para detener la violencia policial, optaron por dirigir sus esfuerzos a incrementar las penas por crímenes de odio y construyeron alianzas con la policía, que por su parte necesitaba más fondos para llevar a cabo esta tarea. En lugar de construir políticas gay antimperialistas, querían ser parte del ejército.

¿Y qué pasa con este tema hoy?

–En ese entonces, esas políticas gays no tenían en cuenta lo interseccional porque habían sido pensadas por los más privilegiados en varios sentidos, excepto por su orientación sexual. Pero también había movimientos de base queer y trans que se centraban en la justicia racial y económica, liderados por pobres, inmigrantes y otras voces. El movimiento gay blanco es todavía hoy el más visible en EE.UU., porque sus mensajes están alineados con lo que las corporaciones mediáticas quieren retratar y sus metas en general no comprometen el status quo. Así y todo, la interseccionalidad racial y la justicia económica sostenida por los movimientos queer y trans es bastante fuerte y está bastante interconectada, con controversias clave que cada tanto explotan en mi país, como está sucediendo, como ya dijimos, en torno a la violencia policial. Los líderes estos movimientos, como las mujeres de Black Lives Matter, son una muestra de cómo las políticas interseccionales trabajan en la base.

¿Considerás que las leyes crean nuevos deseos dentro de la comunidad, que no existían antes? ¿Qué es primero: la ley o el deseo?

–El deseo a veces tiene que ver con la propaganda. Mucha gente cree que si cambiamos las leyes, cambiarán las vidas de las personas. Pero cuando hablo con las personas acerca de cómo el racismo ha sido ilegal en mi país durante décadas pero las condiciones para los afrodescendientes han empeorado, se hace evidente la necesidad de replantearse este deseo de ser reconocidos por ley. Es una narrativa poderosa, una fuerte mitología, y dice mucho de la fuerte propaganda estatal. Muestra cuánto necesitamos seguir trabajando para construir habilidades críticas frente a estas propagandas.

Si el problema es que la legislación antidiscriminación no resuelve el racismo y la homofobia del sistema, ¿cuáles son las propuestas para mejorar la calidad de vida en el corto plazo?

–Se está trabajando mucho. Este trabajo incluye proveer viviendas para las personas trans, acceso a la salud, dar a apoyo a las personas trans privadas de su libertad y a las que sufren abuso escolar. Pero este trabajo también incluye objetivos más amplios. Por ejemplo, detener la construcción de nuevos centros de detención, luchar contra las leyes que dan poderes especiales a la policía, como la ley de drogas, que es algo que muchas veces lleva a las personas trans a la cárcel, trabajar para detener el reforzamiento de las fronteras. La clave es interconectar niveles: apoyar a las personas trans a enfrentar sus condiciones de vida hoy y por otro lado trabajar para desmantelar aquellos sistemas que generan tanto peligro para las personas trans y no trans.

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UNA VIDA “NORMAL”
(EDICIONES BELLATERRA),
DISPONIBLE ONLINE EN DEANSPADE.NET
 
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