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Viernes, 16 de octubre de 2009

La palabra

 Por Dr. Trincado

La palabra “gay” no sonaba cuando yo era chico: era “puto” la palabra. Y si sabías que podías ser puto, aprendías a no decir nada. Era parte de la inocencia, cuando no de cierta picardía. Yo me di cuenta de que era gay sin saber que existía la palabra gay, una vez que a mi viejo lo escuché decir: “Ahí llegó el puto de tu primo”. Mi primo (pongámosle Mario) se cambiaba mucho el pelo, se lo aclaraba, era un tipo moderno, y él me regaló los primeros vinilos de música disco (corrían los años ‘70). De lo que me di cuenta entonces era que ser puto estaba mal, pero a mí no me importaba. No me preocupaba lo que dijera esa palabra, ni lo que pudiera decir en boca de mi viejo cuando decía: “Si yo tengo un hijo puto, lo mato”. En mi familia eran todos fachos y ése era el discurso que circulaba en mi casa. Era un folklore familiar (me acuerdo de tíos y primos que aportaban lo suyo), en el que hablar del puto de la esquina, del puto tal o cual, del puto de mi primo, de los putos, era algo cotidiano. No sé si ese puto del que hablaban mi viejo y mis tíos era yo justamente. ¿Mi primo lo sería? Lo dudo. Capaz que él también se negaba a sentirse interpelado por esa palabra que era de ellos y no mía. Porque yo no era ese puto del que ellos hablaban.

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