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Domingo, 7 de febrero de 2016

CHILE > ANCUD, EN LA REGIóN DE LOS LAGOS

Testigo del Pacífico

Primer asentamiento de Chiloé, de neta impronta portuaria, la comuna atesora mucho más que bellas iglesias de madera y riqueza en la producción de mariscos. Un pasado cargado de memoria evoca a los primeros colonos, la visita del naturalista Charles Darwin y los relatos del terremoto más importante de la historia.

 Por Pablo Donadio

Fotos de María Clara Martínez

Un peñón rectangular de unos tres kilómetros de ancho por cuatro de largo sobresale en la naturaleza errante de la isla. Casi acorralada por el mar, su comuna mira al Pacífico con ironía y cierta indulgencia que sólo otorga el paso del tiempo. Ancud es un paraíso armado sobre las colinas y planicies del lado sur del golfo de Quetalmahue, bueno para la pesca y la cría de mariscos, con una decena de miradores donde el océano se funde con el cielo. Una tierra siempre verde que huele a curanto, y que recibe los frescos de la vecina cordillera andina. Esta misma tierra, su flora y su fauna, enamoraron nada menos que al joven naturalista Charles Darwin, que halló aquí algunas especias endémicas.

Relatos en primera persona, uno de los privilegios del pequeño y sufrido pueblo de Ancud.

MEMORIAS Margarita González se apoya sobre las tejuelas blancas de la iglesia San Francisco y sonríe. Su piel está tan ajada como la de las tejas, pero su sonrisa es perfecta, y aún vive en ella una mujer irresistible. Sigue tímida, dice, pese a sus años. Porque si bien se codea “con periodistas y visitas del mundo” por su tarea en la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé, le da vergüenza que le saquen fotos. “Esta es una iglesia harto importante. Además de lo bonita, aquí puedes ver que las bóvedas de los santuarios (los techos) son similares a cascos de barcos invertidos, que era la construcción que mejor manejaban los isleños y antiguos conquistadores”, cuenta.

Esta comuna aglutina a tres de las cinco parroquias de la Zona Pastoral Norte y la Comisión Diocesana de Cultura Chilota, instancia que dio vida al Programa de Protección y Desarrollo del Patrimonio Arquitectónico de Chiloé, que implementó proyectos de recuperación aquí y en otras comunidades del archipiélago para las iglesias de madera, muchas de ellas declaradas Patrimonio de la Humanidad por Unesco en 2000. “Este paisaje nos ha puesto siempre en relación con el mar, y eso nos ha dado satisfacciones, y también penas: el Pacífico no siempre ha sido pacífico…”, dice y hace un silencio.

Habla sin precisarlo del megaterremoto de mayo 1960, conocido también como el Gran Terremoto de Chile, el más potente registrado en la historia de la humanidad según algunos especialistas. Si bien su epicentro se dio en las cercanías de la ciudad de Valdivia, fue tal la magnitud (9,5 en la escala de Richter) que afectó no sólo al sur chileno, sino a puntos más alejados como la costa californiana, el archipiélago de Hawai, Nueva Zelanda y hasta Japón. “Los animales se espantaron unos segundos antes y la mayoría nos tiramos al piso sin entender nada por la intensidad de aquel terrible movimiento. No terminaba nunca”. Como si el calvario no fuese suficiente, un tsunami entró minutos después y arrasó lo poco que quedaba en pie. “Tengo muy nítida la imagen de las casas del centro, amontonadas sobre las veredas de las calles Pratt, Serrano y Chacabuco, algunas apuntaladas con tirantes para sostener sus restos. Cuando pasó el temblor, tres olas aplastaron contra el cerro el barrio de palafitos La Arena, y se llevaron algunas casas como si fuesen botes sueltos. La ola arrastró el puente sobre el río Pudeto también”, concluye.

Mayo era entonces el mes de extracción de ostras en la bahía de Ancud, y fueron cientos de botes los que sufrieron ese terrible episodio sobre el agua. Al otro lado, a lo largo de la Carretera Austral, se estima que la catástrofe dejó miles de muertos y más de dos millones de damnificados. Algunas de esas fotos estremecedoras pueden verse en espacios públicos como la biblioteca popular y el museo regional, con epígrafes que explican que tal y tal pila de escombros pertenece a lo que fuera el edificio de la intendencia o la catedral, que debió ser demolida por los daños sufridos. La reconstrucción de Ancud ha sido desde entonces una muestra de superación personal y comunal en muchos aspectos, apuntalada quizá por algunos rasgos que diferencian a los isleños del resto del país, desde la fortaleza que el aislamiento genera, a las fuertes creencias indígenas y mitológicas que siguen reuniendo a las familias cada domingo, en torno al folklore local.

La costa del Pacífico exhibe varios carteles y sirenas para alertar a la población sobre posibles tsunamis

PISPEANDO AQUÍ Y ALLÁ Pequeño y lleno de cosas por descubrir, el pueblo es perfecto para recorrerlo a pie. Es que Ancud sigue siendo hoy el segundo sitio en importancia en el archipiélago después de Castro, la capital provincial. Si bien las 40 comunas de Chiloé han crecido notablemente en los últimos años, algo fácilmente comprobable por la edificación incesante de casas en cada uno de los valles, Ancud no ha detenido su avance desde su fundación como puerto y fuerte español. Primero porque representó la mejor vía de comunicación naval con el continente, principalmente en las rutas hacia el Pacífico Sur y el Cabo de Hornos, y luego porque el asentamiento de colonos –producto del auge del comercio maderero– dio gran impulso y dinamismo a su nueva tierra. Si se llega aquí no sólo como lugar de paso, hay mucho para ver, como las iglesias. Tanto la Mayor como el templo blanco de San Francisco son parte de un patrimonio histórico religioso que merecen un buen rato si quiere apreciarse el detalle las tejuelas e interiores perfectamente encastrados en madera. Enfrente a la Iglesia Mayor está el museo Aurelio Bórquez Canobra, que acumula infinidad de objetos fundacionales, dedica un rincón a los prolíficos mitos y leyendas chilotas, y prestigia el trabajo y la vida de la escritora, poeta y luchadora por los derechos de la mujer Gabriela Mistral. El museo exhibe también un impresionante esqueleto de ballena azul, y en su patio se encuentra una réplica de la goleta Ancud, que llegó hasta el Estrecho de Magallanes en 1843.

Pocos años antes de eso llegó al puerto de Ancud otra embarcación, no menos relevante: el Beagle. Allí estaba Charles Darwin en su segundo viaje de expedición, y durante 1834 y 1835 recorrió en tres oportunidades los paisajes de Chiloé, incluso viajando a caballo desde Ancud a Chacao por el antiguo camino que hoy puede recorrerse en la Estación Biológica Senda Darwin. Esas visitas le permitieron hallar el zorro chilote (Pseudalopex fulvipes); el Chucao (Scelorchilus rubecula), ave endémica del bosque nublado; y el sapito vaquero (Rhinoderma darwinii), que cría a sus pequeños manteniéndolos en su saco bucal. Los escritos del naturalista ponderan también al alerce, codiciado por su excelente madera, y el michay, un arbusto colonizador de espacios abiertos que sirve aún a los nativos para teñir la lana.

Se puede navegar, claro, hacer senderismo y la nueva moda de las bicis, pero la otra visita imperdible desde el puerto de Ancud lleva a la explanada del antiguo fuerte español San Antonio. Resguardado aún por los desvencijados cañones de bronce, restos de gruesas pircas de piedra y una panorámica ideal de la bahía, allí está la historia misma. Camino al mar, hay dos visitas destacadas más: una remonta la calle Antonio Burr y se aleja por fuera de la urbanización hasta subir el cerro Huaihuén, que muestra el canal de Chacao, el islote Cochinos, la costa frontal y sus acantilados, y la caleta de Carelmapu. Ya por la costanera norte, el otro destino lleva al balneario de la playa Arena Gruesa, un llamador de turistas en vacaciones cuando los calores del verano suben la temperatura naturalmente templada de la isla. Finalmente, la Avenida Salvador Allende, una de las calles más pintorescas con varios monumentos y parques, es la ideal para el paseo nocturno, que si hay luna llena ofrece vistas panorámicas de la ciudad y la bahía, siempre con un buen relato a cuestas.

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La iglesia de tejuelas blancas –la construcción en madera es una especialidad local– consagrada a San Francisco.
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