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Domingo, 7 de febrero de 2016

ESTADOS UNIDOS > LOS JARDINES DE LA BOK TOWER

La torre que canta

En el centro del estado norteamericano de Florida, a un paso de los conocidos parques de diversiones, se levanta una rareza que parece haber volado -como si la hubiera arrastrado el mismo huracán que arrancó la casa de Dorothy- desde el frío norte de Europa al sur de esta península tropical. Detrás del monumento hay un hombre, y una historia.

 Por Graciela Cutuli

La vida de Eduard Willem Bok -Edward William en la versión pasada por el crisol de razas estadounidense- podría ilustrar perfectamente el itinerario del «sueño americano». Nacido en Holanda, a los seis años emigró junto con su familia a Estados Unidos y desembarcó en Brooklyn, donde sus biografías cuentan que empezó a trabajar tempranamente para ayudar a su familia, tan pobre que solía salir por la calle a recoger el carbón caído de los trenes de carga. Otras versiones matizan la historia explicando que los Bok -muy acomodados en su tierra natal- cruzaron el Atlántico después de algunas malas decisiones financieras tomadas por el padre. Como sea, el joven Edward mostró pronto un espíritu empresarial que hacía honor a su nueva patria y lo llevó, con el correr de los años, a convertirse en el editor del Ladie’s Home Journal, una revista icono del siglo XX que formaba parte de las llamadas «siete hermanas», es decir, sendas revistas femeninas que se disputaban un público creciente: no sólo en número, sino sobre todo en poder de decisión dentro y fuera del hogar. En 1903, bajo su dirección, la revista superó el millón de ejemplares. También fue quien convenció a Hellen Keller -la brillante escritora sorda y ciega que marcó un giro definitivo en la educación de las personas con déficit sensorial en Estados Unidos- de escribir sus memorias. Pero Bok tuvo además una intervención lingüística inesperada en la vida cotidiana de millones de personas, que traspasó sin duda las fronteras de su país de adopción: se le atribuye haber bautizado living-room a la habitación de la casa hasta entonces llamada parlor o drawing-room, un espacio generalmente bien amueblado que sólo se usaba para mostrar a las visitas y en ocasiones solemnes como un funeral. Jugando con el doble sentido de la palabra drawing, afirmaba: «Tenemos lo que se llama drawing-room. Sólo que nunca supe hacia qué llama la atención, sino es hacia el demasiado dinero y poco gusto». Después de exitosas décadas al frente de la revista, Bok se retiró de la actividad editorial y literaria que le había valido un premio Pulitzer. Pero estaba lejos de quedarse de brazos cruzados.

El publico que asiste, por la tarde, al concierto de campanas que inunda los jardines.

UN JARDIN EN FLORIDA Promotor de la paz mundial y agradecido con el suelo que había recibido a su familia, Bok decía seguir habitualmente un consejo de su abuela: «Debes hacer del mundo un lugar mejor, o más bello, porque has vivido en él». Lo hizo de varias formas, pero una en particular terminaría convirtiéndose en Monumento Histórico Nacional en las tierras por entonces remotas de Lake Wales, en el estado de Florida, adonde Bok había viajado en busca de huir del crudo invierno de Pennsylvania. Durante su visita, el editor quedó atrapado por la belleza del paisaje y la vista del entorno desde uno de los puntos más altos de la península: le pareció el lugar perfecto para establecer allí un santuario de aves, y con ese objetivo compró el terreno de más de 700 hectáreas, que poco a poco transformó de colina árida y arenosa en un amplio jardín rodeado de tierras destinadas a la conservación de la naturaleza y coronado por una torre -la Singing Tower o Torre Cantante- con un carillón de 60 campanas. El 1º de febrero de 1929, un año antes de su muerte, presentó el conjunto como un regalo al pueblo de Estados Unidos, en señal de agradecimiento por las oportunidades que había recibido.

Los Bok Tower Gardens -ubicados en el condado de Polk, en el centro de Florida- soy hoy día el refugio de más de 120 especies de aves, tortugas cuya supervivencia está en peligro y plantas endémicas que no pueden encontrarse en ningún otro lugar. Sin embargo, son las ardillas el hit de los chicos que conocen los jardines, porque con mucha audacia y ninguna timidez suelen acercarse durante todo el año a comer de la mano de los visitantes.

Detalle de la Singing Tower, con azulejos que representan animales y plantas.

LA TORRE NEOMEDIEVAL La visita, una buena alternativa para conocer algo más que los parques de diversiones que son el gran motivo de convocatoria, tiene varios puntos de interés. Empezando por Pinewood Estate, una mansión de 20 habitaciones construida en estilo mediterráneo en los años 30, después de la muerte de Bok, rodeada por la Oriental Moon Gate, la Frog Fountain, el Vegetable Garden y los jardines diseñados por el pionero del paisajismo tropical William Lyman Phillips. Sin embargo, el plato fuerte de los paseos guiados es la Singing Tower, de 62 metros de altura, que sorprende no tanto por la altura como por el estilo: una ecléctica combinación de arquitectura neogótica y art-déco, famosa por su carillón de 60 campanas, cuyo peso oscila entre los ocho kilos y las casi doce toneladas. La torre, rodeada de un gran foso-pecera de cuatro metros de profundidad, se refleja sobre una pequeña laguna vecina, duplicando serenamente su imagen.

Todos los días, entre la una y las tres de la tarde, se hace silencio en los jardines. Es cuando se concentra el público para escuchar los bellísimos conciertos de campanas que inundan todos los alrededores de la torre, coronada en la parte superior por azulejos de colores que buscan representar el equilibrio entre la naturaleza, la especie y el género. Sin duda no es el único simbolismo: la puerta de bronce de la Singing Tower representa el libro bíblico del Génesis, desde la Creación hasta la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén, en tanto otras puertas de hierro forjado en el lado norte de la construcción fueron confeccionadas a mano, y muestran figuras zoomorfas con alas como para emprender el vuelo: al fin y al cabo, todo esto nació como un santuario para las aves.

En el lado sur de la torre fue instalado en 1928 un reloj de sol, cuyas 12 horas están marcadas por sendos signos del zodíaco. Una varilla de bronce, apoyada en una serpiente también de bronce, se encarga de marcar el paso del tiempo bajo ese sol de Florida que parece no apagarse nunca. El interior no se puede visitar, pero tiene una biblioteca: es la Anton Brees Carillon Library, que se jacta de tener un récord, el muy curioso perteneciente a la biblioteca más grande del mundo… alojada en un carillón.

Alrededor de la Singing Tower, un jardín subtropical despliega sus mejores colores. Arboles, arbustos y flores brindan una sombra refrescante para personas y animales: hay cientos de helechos, robles, pinos y palmeras, entre azaleas, camelias y magnolias. Un espectáculo digno de ver sobre todo en la primavera, cuando también luce en todo su esplendor el Pine Rige Nature Preserve and Trail, un sendero bordeado de pinos con un exuberante sotobosque que se puede recorrer a pie a lo largo de unos mil metros, conociendo la riqueza de este ecosistema que era el de todo el centro del estado antes de que llegara el imparable desarrollo del siglo XX.

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La torre del carillón, reflejada en la laguna diseñada para duplicar su imagen.
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