turismo

Domingo, 7 de febrero de 2016

SANTA CRUZ > CIRCUITO DE CAMPAMENTOS EN EL CHALTéN

Carpas entre montañas y glaciares

Un circuito por senderos de montaña durmiendo en tres campamentos, donde al llegar ya están la carpa hecha, la bolsa de dormir lista y la comida caliente. Cuatro días de caminata relajada –sin carga en la espalda– hasta las lagunas Torre y de los Tres, al pie de glaciares colgantes.

 Por Julián Varsavsky

Fotos de Julián Varsavsky

A El Chaltén se viene, esencialmente, a caminar. Y como hay al menos una decena de circuitos, lo complejo es definir qué hacer. La opción más confortable es tomar como base un hotel del pueblo para subir y bajar de la montaña cada día. La desventaja de esta decisión –en comparación con dormir en los campamentos– es que cada ida implica un regreso en el día y la caminata es el doble de larga. Además del menor esfuerzo físico, la ventaja de optar por el campamento es el contacto directo y permanente con la naturaleza más virgen del Parque Nacional Los Glaciares.

Antes de partir, hay que revisar los implementos por llevar para una travesía de este tipo: empezando por una mochila de 40 litros de capacidad, botas de trekking y campera impermeables, dos pares de medias sintéticas, pantalón cómodo, cubrepantalón con Goretex o Ultrex, dos remeras de manga corta, gorro de abrigo, guantes y cantimplora. Bien equipada, puede animarse cualquier persona que haga caminatas de montaña o deportes aeróbicos de manera regular y tenga una buena condición física para su edad. Sí hay que tener en cuenta que las caminatas son de cinco a diez horas y dormir en carpa suele ocasionar un desgaste adicional a quienes no estén acostumbrados.

Entre los senderos de la montaña hay varios campamentos donde se reponen fuerzas para seguir al otro día.

UN ECO-CAMP Arrancamos nuestro circuito de cuatro días de caminata durmiendo en las cabañas de madera del Eco-Camp Fitz Roy Adventure, a diez metros del río de las Vueltas (tener en cuenta que los baños con ducha de agua caliente son compartidos). Aquí en el llano se puede instalar también la carpa propia o alquilar una. Pero la gracia de este circuito es que el caminante no tiene que llevar absolutamente nada, salvo la ropa y una cantimplora. Porque en los campamentos montaña arriba también se alquila la carpa ya armada, con su bolsa de dormir, y hay letrinas y comedor con sillas y mesas.

El Eco-Camp –ubicado 17 kilómetros al norte de El Chaltén– es una especie de “campamento de lujo”, tanto por sus pequeñas cabañas como por el edificio central con comedor y sala de lectura con vista panorámica, excelentes vestuarios y gastronomía de calidad. El complejo se autoabastece de electricidad con una pequeña turbina que aprovecha el cauce de un arroyo sin afectarlo.

La razón por la que arrancamos el circuito en este complejo es que desde aquí se hacen tres excursiones exclusivas del lugar: un paseo en kayak, otro en bicicleta hacia el lago del Desierto y un espectacular trekking de ocho horas a la Loma del Diablo, donde se ven glaciares de altura. Si el móvil del viajero no es una de estas opciones, probablemente lo ideal le resulte hacer base en los campamentos Poincenot y Thorwood.

Llegamos por la tarde al Eco-Camp y optamos por salir a remar en kayak observando la belleza filosa del cerro Fitz Roy. Vamos río abajo al impulso de la corriente y una pareja de patos maiceros pasa a vuelo rasante sobre el agua. Al desembocar en la laguna Cóndor navegamos junto a un gran paredón de piedra hasta detenernos en una playita a tomar café.

Al día siguiente “levantamos campamento” –un trámite menor en estas circunstancias– y un transfer nos lleva hasta un sendero junto a la hostería El Pilar. En los próximos tres días nos acompañará un guía de Fitz Roy Expediciones (aunque estos circuitos se pueden hacer de manera autoguiada).

Nuestra meta de hoy es la laguna de los Tres, el trekking más exigente de los de complejidad media, un esfuerzo premiado con el paisaje más espectacular de las caminatas que parten desde El Chaltén. Avanzamos a buen ritmo entre bosques de lenga y ñire y en un momento vemos la cadena completa de picos que dibujan el singular perfil montañoso de El Chaltén: los cerros Mermoz, Fitz Roy, La Silla, Poincenot y Saint-Exupéry. De manera inesperada nos cruzamos con un guía del Eco-Camp trayendo dos llamas blancas que sirven para portear víveres hasta los campamentos.

A las dos horas de caminata llegamos al puente de madera que cruza el río Branco, una buena noticia porque significa que estamos cerca. Pero comienza aquí la parte más exigente: un desnivel de 400 metros finales con mucha inclinación. Ascendemos por un estrecho sendero rocoso con precarios escalones naturales donde hay rocas flojas y sería factible doblarse un tobillo si uno no llevara botas de trekking. No hay, de todas formas, precipicios detrás ni a los costados: en caso de tropezarnos no llegaríamos muy lejos.

El último tramo nos insume una hora extenuante de la que nadie se arrepiente: arriba aparece una laguna circular color turquesa llena de fragmentos de hielo con un glaciar al fondo. Nos sentamos sobre una gran roca –alguna vez transportada por el glaciar– a observar el espejo de agua, como en la parte baja de un gran anfiteatro de piedra, casi al pie de los 3405 metros del cerro Fitz Roy (Chaltén en lengua aborigen) que se eleva como una descomunal flecha de granito apuntando a los dioses: su cima es uno de los desafíos más peligrosos de la tierra para los escaladores. Por encima nuestro, a 50 metros, un cóndor gana altura volando en círculos al impulso de una corriente térmica.

Luego de un picnic en estado de gracia, rodeamos la costa hasta la laguna Sucia y sus glaciares colgantes.

A media tarde bajamos al campamento Poincenot, a una hora de caminata desde la laguna de los Tres y al abrigo de un bosque de lengas. El personal –conectado por radio con nuestro guía– ya tiene la cena lista: sopa, pastas con crema de cebolla, verdeo y panceta, y duraznos con dulce de leche.

En el domo-comedor conversamos con caminantes de Australia, Holanda, Inglaterra y México, quienes intercambian información sobre trekking en la cadena del Himalaya, en las chilenas Torres del Paine, en Nueva Zelanda y Costa Rica. Todos ellos se sienten hoy –huelga decirlo– en una de las mecas mundiales de su gran pasión deportiva. Tomamos un té y a la bolsa. Una pareja de alemanes elige dormir a la intemperie.

Ya cerca de la cima del cerro, rumbo a laguna de los Tres, un imán para los aventureros.

AL CERRO TORRE Un suave toc toc nos llama la atención mientras remoloneamos al amanecer en la bolsa de dormir. Abrimos el cierre de la entrada y a unos metros de la carpa un pájaro carpintero magallánico agujerea una lenga en busca de gusanitos.

El desayuno está listo. A media mañana emprendemos la caminata hacia la laguna Torre sin apuro, “saboreando” los paisajes. Desde el camping hasta la base del cerro Torre hay ocho kilómetros en descenso. A medida que nos acercamos, el perfil granítico con punta de aguja del Torre se va agrandando con sus aires de catedral. Ya cerca, atravesamos un sendero por una planicie tapizada de flores amarillas y algunos renovales de lengas que parecen arbolitos bonsai.

Cada tanto cruzamos viajeros de todo el mundo con bastones de trekking, incluso caminantes cuyas arrugas delatan 70 años de edad. A las dos horas, después de atravesar valles tallados por el paso de un glaciar, llegamos a la base del cerro

Torre. Allí una gran hoyada circular encierra una laguna que nace del frente de un glaciar, donde flotan témpanos que cada tanto se desprenden con estruendo.

Bajamos hasta el borde de la laguna para darnos el gusto de tocar los témpanos que se derriten en la orilla. Allí ponemos unas cervezas a enfriar en el lago y nos recortamos a contemplar el panorama. Hasta que aparecen dos caranchos muy mal acostumbrados por los caminantes a recibir comida. Nosotros no les damos –porque pierden el instinto cazador y podrían morir de hambre– pero una pareja de chinos les arroja unos huevitos de codorniz que las águilas se disputan a picotazos: una sólo come.

El verdadero lujo de la Patagonia: lagunitas solitarias donde sentarse a tomar mate en soledad absoluta.

CUESTA ABAJO Por la tarde, luego de bordear toda la laguna para ver mejor el frente del glaciar Torre, emprendemos el regreso hacia el campamento Thorwood. Llegamos cansados, con algo de frío por el viento y hambrientos: lo último que quisiéramos en la vida en este momento sería ponernos a clavar estacas de carpa, armar su estructura y calentar comida. Pero otra vez la mesa está servida y la carpa bien plantada al pie de una lenga centenaria. Y no tenemos ni que lavar los platos.

Uno esperaría guitarreadas nocturnas junto a una fogata como en todo campamento. Pero el ambiente es muy distinto. Los que vienen aquí son caminantes con cierta inclinación deportiva en busca de lo agreste en una naturaleza muy virgen y silenciosa. En El Chaltén los acampantes son disciplinados y madrugadores: mañana, a las 5:00 estaremos otra vez frente a la laguna de los Tres contemplando el perfil del Fitz Roy, con su efímero tinte rosado que le da el primer rayo del sol: es la gran foto del viaje.

A PIE SOBRE EL GLACIAR El otro trekking fundamental desde El Chaltén es el que se hace sobre el glaciar Viedma. Un micro nos lleva hasta orillas del lago Viedma para navegar en un catamarán con ventanales panorámicos hasta la formación de hielo, viendo pasar los témpanos. A lo lejos aparece el frente del glaciar, esa gran muralla blanca agrietada de 2,5 kilómetros de ancho. Desembarcamos para caminar con grampones de hierro bajo las botas en un grupo de 15 personas en fila india. Los primeros pasos de robot son algo torpes, con las dentadas suelas clavándose en el hielo. El aspecto más fascinante del conjunto es la irregularidad: cada metro cuadrado es distinto del otro y surgen a cada paso extrañas formaciones. La sensación es la de atravesar un sinuoso laberinto con lomadas de hielo y filosos picos que forman pirámides casi perfectas. Pero de repente se abren a nuestros pies grietas de 40 metros de profundidad, al fondo de las cuales corren arroyos virginales. Cuando nos adentramos en la dimensión blanquecina, se ve hielo a los cuatro costados hasta el infinito. Y nos invade la sensación de estar avanzando, a paso firme, hacia los confines de un mundo blanco que encierra los misterios más recónditos de la Patagonia.

Un trekking de complejidad media desemboca en la laguna Sucia –que está muy limpia– junto a la laguna de los Tres.

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Un carancho se mimetiza con los picos de granito que enmarcan estos paisajes majestuosos.
 
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