VERANO12

La gran cadena de los panaderos

 Por Marcelo Cohen

A la puerta de su panadería Braulio Fossey se repone de parte de la jornada en una silla de plástico. Son las seis y media de la tarde. Una luz pletórica cavila al borde de Fossey como si dudara de poder mostrarse en las muchas facetas de su cuerpo, o un rapto de caridad la detuviera. Aunque está fresco, bajo la bata no muy limpia la piel de Fossey no se eriza ni reacciona. La acidez del aire no llega a ser corrosiva. Fossey ha entornado los ojos. Entre los párpados asoma un festón blanco que mantiene la luz a raya. Al lado de la silla hay un parasol verde y rojo, junto al parasol una mesa de plástico y en la mesa un vaso con granizado de limón. Unos bichitos voladores van a inmolarse en los añicos de hielo. Los que no mueren siguen zumbando al borde del vaso. La conciencia de Fossey prepara sus polirritmias para un momento supremo, aunque Fossey se ha identificado tanto con la silla que él mismo se pregunta si lo sabe, si sabe que se acerca un momento imponderable. El colosal corpachón resplandece en su inmanencia. Fossey descansa y vela. Es buena parte del todo. No todo el todo, porque algo diferente de él se apresta a importunarlo.

Este Fossey derramado en la silla es un hombre intenso y desprendido. Más de sesenta y cinco años ya. Discordias superficiales; lucidez intermitente. Tiene la carne fofa por las cantidades de pan que ha comido y firme por los miles de panes que ha amasado y acarreado; tiene la piel blancuzca de harina y rubicunda por el calor del horno. Expresivas pompas de pensamiento se desprenden de la calva de engrudo seco, pero la luz se apresura a capturarlas y las revienta. La boca de Fossey agradece con un pliegue risueño. Después se pliega en otro sentido, el sentido de la sombra. Fossey se rinde a la silla como si ya hubiera cumplido, no sabe con qué.

En la mente se abre un intervalo. A espaldas de Fossey, el cuerpo rendido se disputa el cristal con muchos otros reflejos y con el cartel que él mismo pintó hace unos años: Panadería El Firmamento. Detrás del escaparate la jovial mujer de Fossey y su hija mayor venden uno que otro pastel o los regalan a los mendigos del vecindario, y al fondo, en un rectángulo de penumbra ambarina, el aprendiz vigila la última horneada, que más tarde Fossey repartirá a pulso por fondas y cafetuchos de la zona. Al lado de la panadería el hijo mayor repara motos en el taller que Fossey construyó después de comprar el local de la panadería. Más allá una vendedora de empanadas atiende las súplicas de su novio en un pequeño telefonín visuable. El aire huele a levadura y canela. A la puerta de la panadería las azaleas de la señora de Fossey arden sin consumirse en un rosado triunfal.

Todo está en su punto, incluso el caos. La verdad, Fossey, que hoy amasó los primeros panes a las cinco de la mañana, no ignora totalmente con qué ha cumplido. Tampoco ignora que ya no quiere sólo media hora de quietud para beber limonada. El mantra de su conciencia le repite que está muy cansado, pero mucho. Es un rumor que anima a esperar algo, probablemente la indiferencia. Como si esperase lograr la indiferencia, Fossey está majestuosamente derrumbado en la silla. Por ahora gana el cansancio. Lo que el pan no tiene de peso lo tiene de volumen.

A un lado y otro del parasol abstraídos peatones andan chocándose por la acera. Hay un ritmo cardíaco en la decepción de los comercios. El rincón de las imágenes – Bálsamos naturales – Frenos y dirección del automotor – Frutas por unidad - Minicomponentes y clases de audio – Se hacen llaves. Delante de Fossey la avenida es un estruendoso algoritmo de camiones. Las vías del tren elevado se desgañitan en chirridos. Marañas de smog irisan la luz. A pocos metros de la silla de Fossey una banda de adolescentes juega con esos dados que en cada cara traen una imagen famosa que parece gesticular. El hardware físico de los muchachos no logra disfrutar, ni saber quién gana o pierde en cada tirada, porque le han comprado el juego a un reducidor de bienes robados y el programa está en otro idioma. Avanzada como está su atrofia gramatical, tampoco pueden comunicarse sensaciones complejas, ni acaso tenerlas. Sin embargo gritan. Dejame a mí que a esa tarada le hincho un ojo – Mirá, mirá cómo le entra la pena – Dos que se ríen y soy un campeón. Aunque el entusiasmo de los muchachos no se aviene en un espacio mental unitario, como red orgánica tienen una entidad. Sus alaridos compiten con los bocinazos. Ahora que terminan de rodar por las baldosas, los tres dados muestran la cara ilusionada de la misma cantante, que en cada uno canta una melodía diferente. Bailoteando sobre esa disonancia una chica grita “Hurra” y levanta velozmente el pozo de las apuestas. Es la hija mediana de Fossey, una desaforada, y nadie se atreve a discutirle si es cierto que ha ganado o no, ni siquiera Fossey.

A lo lejos se suceden varios ruidos. Frenadas, choques, alaridos de dolor, una explosión, latigazos de luz giratoria. Un patrullero hiende el tráfico para incrustarse en la batahola. Corren vecinos gritando La pisó, la pisó, mientras otros gritan Al hospital del quemado. De la cloaca que hay a los pies de la silla sube un hedor a tripa. La luz entra en un vórtice, pero ante la colosal inmovilidad de Fossey recupera nerviosamente el equilibrio. Todo huye o prefiere no tocarlo. Fossey reposa dentro de su campo de fuerzas, a la espera de algo que podría suceder en el momento menos pensado.

Esperar aumenta el cansancio. Un rezongo de la nariz chata comprime toda una vida. Muchos creen conocer la utilidad de lo útil. Muchos ignoran la utilidad de lo inútil. ¿Cómo saber si los muertos no se arrepienten de desear la vida? ¿Y esto quién lo dice? La hiriente agudeza de esa voz arruga la frente de Fossey. Una ceja tironea, como resistiéndose a un falso llamado divino. Majestad. Majestad. Pasa el tiempo y al fondo de la panadería el aprendiz vigila la horneada que Fossey deberá repartir. Las bolsas de pan van a pesar bastante cuando en cada fonda Fossey las saque de la camioneta, y eso es porque está cansado. Una vez más, y varias veces aún, tendrá que contar lo que ha visto en la vida y en el día, explicar por qué reparte el pan él mismo, retribuir el amor que le dan; tendrá que inventar consejos y cantar tonadas a los nietos, y oír chistes que contará sin gracia, volverá a emocionarse con la frescura de su mujer. Tendrá que amasar. Hacerse radiografías. Lavar la dentadura postiza. Operarse una vez más de la hernia, despertarse de la anestesia. Contar el dinero de la caja y repartirlo. Padecer los pies planos bajo sus noventa y seis kilos. Tendrá que ver morir, todavía. Tendrá que transmitir experiencia a los chicos, él, que sería tan poco propenso a modificar vidas ajenas, si supiera en qué dirección conviene. Cansancio y majestad.

Con un crujido hueco la mandíbula inferior de Fossey cae de pronto sobre el pecho monumental, como una puerta de ventilación activada por un termostato; pero por cansado que esté Fossey, y hasta plácido, la temperatura mental no le afloja. Tampoco es que Fossey necesite mucho aire interior. Quiere seguir adelante. Para seguir adelante necesita un descanso. Cuanto más adelante siga más grande será la necesidad. Este debate es grandioso; de ahí quizá la placidez. Fossey no querría entregar a la muerte sus escombros. Los escombros temen y crujen y él tiene que ir pensando en la paz. Pero ahora le bastaría alargar la mano para atrapar el momento imponderable.

Los ruidos del tráfico y el aroma a canela se ordenan en un mandala. En la luz tan amarilla la enharinada mole del cuerpo de Fossey es un iceberg de tiempo que se funde por la médula. Ya no sabe si está plácido en su silla o el cansancio le impedirá volver a levantarse. Adelante. Quieto. Hacia el tránsito.

Hay una tradición en la isla que recomienda plantar el gran árbol viejo e inútil en las llanuras de la nada. Los que todavía la escuchan piensan que es más farmacéutica que metafísica. Fossey siempre ha mantenido su tradicionalismo en segundo plano, para no desentonar con las actualizaciones del medio ambiente. Desde ese segundo plano, rendido en la silla, piensa ahora en las llanuras de la nada. Pero la tradición dice que el anciano cansado sólo puede retirarse de los afanes cuando haya recibido el esclarecimiento. Pero lo esclarecido sólo aparece cuando el cansancio es auténtico e insuperable. Sólo entonces el anciano puede ir a plantarse en las llanuras de la nada. Dejar el timón en manos frescas; apreciar sin desvelo el horizonte que no alcanzará: hay una bocha de expresiones para expresar el gran derecho a hacer sebo. Los chicos las desdeñan porque son frases que exigen cierto dominio sintáctico. Pero antes incluso de retirarse el candidato debe reconocer él mismo que algo se le reveló, con una certidumbre tan precisa que cuando lo cuente los demás comprendan en un santiamén que ese hombre es un sabio. Tiene que dejarlos boquiabiertos. Entonces sí el árbol viejo podrá ir a echar raíces donde dice la tradición, para los que la escuchan.

Fossey ha vivido todos los pasajes que le correspondían. Se destetó a tiempo de una madre no poco absorbente. Pasó él solito de la niñez a la virilidad y de la virilidad a la hombría, luego de la hombría al amor, de la jactancia al compañerismo, de la obsecuencia a la firmeza, de la ambición a la humildad, de la diletancia a la concentración, de la sordera a la atención, del hambre a la satisfacción, de ser hijo a ser padre y de ser padre a ser abuelo, de la insatisfacción al contento y de la precaución a la entrega, todo esto en palabras de la tradición que ya nadie escucha, y, como nadie le daba instrucciones, cada pasaje le costó una barbaridad de esfuerzo. Ni siquiera sabe si realmente pasó en cada ocasión al otro lado, o meramente se hizo la idea. Ignora si hacerse la idea no es ya un modo de haber pasado las pruebas. Está la posibilidad de que su cuerpo monumental se haya quedado siempre del lado de allá del primer pasaje, y Fossey sea aún un niño exhausto que aún tiene por delante una vida de labores. Qué horror. Desde luego que esta ignorancia dificulta el pasaje de por sí trabajoso que tiene que dejarlo listo para ir a plantarse en las llanuras de la nada. El asesor espiritual de Fossey le ha dicho que una combinación de acoples amorosos con su mujer y retención de la semilla le darán una nitidez mental muy grande, al cabo de varias sesiones; así, lúcido a fuerza de penetrar sin derramarse, le dará grandes placeres a la mujer y entrará lozano en el derecho al descanso. En cambio el médico de Fossey dice que excitarse a menudo sin descargar la semilla terminaría matándolo de cáncer de próstata, esto antes de haber hecho el tránsito a las llanuras de la nada. De modo que Fossey viene haciendo el amor con su mujer como siempre.

Fossey sólo quiere una excusa íntima. No cree que vaya a explotarla. Es para su tranquilidad, para poder estarse dos o tres horas más por día mirando cómo pasan camiones por la avenida. Hay incluso un aromo mustio, en la remota vereda de enfrente, donde al mediodía van a picotearse unas tortolitas.

La luz ha caído uno o dos grados, como si el gentío que rodea a Fossey se hubiera aunado para correr una cortina. Atrás se redobla el olor a masa puesta al horno. También adelante la fetidez de la cloaca. No queda mucho tiempo. No falta casi nada para tener que empezar una vez más. Todos esperan verlo cargar las bolsas de pan en la camioneta para decir Ahí va Fossey a repartir el pan del atardecer. Fossey piensa en lo apacible que es abandonarse a la silla y se cansa más. Puede que esta mezcla insostenible de placidez y agotamiento sea el anuncio de un saber, el salvoconducto.

Las manazas de Fossey se crispan hasta donde se lo permite el tamaño, la consistencia y la pereza. El plexo metódico eleva y declina en su tejido. La conciencia se deslinda en una doble cinta helicoidal y es como si la cabeza redonda se ovalara. Inmovilidad. Majestad. Un esfuerzo.

Nace una visión.

Por encima de los vahos del tráfico, lamiendo casi los techos, unas nubes menudas derivan como retoños de las vidas que Fossey no vivió. A Fossey lo reconfortaría este encuentro con sus posibilidades truncas si se imaginase al menos qué puede haber dejado de ser él. Respira, y el aliento aparta la luz. La imaginación de Fossey trabaja brutalmente sobre las nubecitas platinadas. Late una vena. Las nubes se desdoblan, segregan cada una un ser acabado y exhausto, cumplido, diferente. Se ven claro, estos Fosseyes. Lívidamente atraviesan las ristras de camiones, los espectros de un hombre con gran aparato de herramientas colgadas de un correaje, otro con el pelo y la ropa manchados de pintura, otro con arreos de taxista, otro con una bolsa de cemento al hombro, todos corpulentos, y algunos más dentro de la gama de profesiones que día a día Fossey ve en su barrio. Esos espectros son de una niñez larga y macerada, un desasosiego tan inocente que Fossey querría acunarlos. Pero la compasión lo impacienta y, como si entendieran que no van a revelarle nada, los Fosseyes opcionales revientan en una miríada de centellas.

Es una pobre pirotecnia. Fossey resopla. Llovizna de vidas deshechas sobre humo de escapes. Ruedan otra vez los dados. Si tocás te parto la jeta. La tradición dice que el que muere sin haber descansado pasea su ansiedad por las azoteas de los vivos. Duros como corchos, los labios de Fossey murmuran una pregunta. Las centellas quedan suspendidas a ras del pavimento, donde caben entre los autobuses, y como si un deseo las elevara se agrupan en dos o borbotones, se subdividen y configuran en nuevas pautas. Ahora son todos panaderos. Con el poder de penetración típico de las visiones, ocupan el cuerpo de Fossey. Desde adentro lo coronan como último eslabón provisorio de la inmemorial cadena de hacedores de pan. Son tantos que si les diera por ponerse a amasar el cuerpo de Fossey estallaría. Y en cierto modo vibra, lo bastante para que los chicos holgazanes quieran apartarse unos metros. Se van con sus dados y sus frases faltas de potencial, de subjuntivo, ese idioma donde nada cuaja. En cierto modo es una reverencia. Pero Fossey no siente satisfacción sino pesadumbre. La pachorrienta hélice de la conciencia se pone a moler la noble tropa de predecesores de Fossey, y después de hacerlos pasta sigue raspando las paredes del cráneo, y eso duele. Es decepción, es desesperación, es lo poco que falta para que el pan esté horneado, para tener que amasar el de mañana: es la confianza de la familia en que Fossey seguirá saliendo muchos años a repartir el pan de la noche. Todo tan compacto que al fin Fossey se escapa.

Mientras la tarde palidece, las últimas resistencias musculares se desvanecen en una entrega total. La silla de plástico se ofrenda sin una queja. Fossey se ha dormido.

Es una nube. Dentro de esta nube menuda, a la deriva en un bel canto de atardecer, la conciencia está tan plena como abarcadora es la visión. Una nube puede desprenderse de su marco de cielo, bien que la avenida truene de camiones, si tiene muchas ganas de acercarse a una escena. Aunque las nubes ven con una nitidez de presente inamovible, sin intermitencias ni rayas, tienden a sintetizar las imágenes. Son muy subjetivas. Silencio. Discreción. Imagen absoluta. A la puerta de su panadería Braulio Fossey se repone de parte de la jornada en una silla de plástico. Son las seis y media de la tarde. Una luz pletórica cavila al borde de Fossey como si un rapto de caridad la detuviera. Aunque está fresco, la acidez del aire no llega a ser corrosiva. Fossey ha entornado los párpados. Nada en su piel se eriza ni reacciona. Al lado de la silla hay un parasol verde y rojo y sobre la mesa de plástico unos bichitos se inmolan en un taller de nubes. Firmamento en el subrepticio hedor a tripa horneada. La conciencia de Fossey zumba como amarillentos añicos de hielo. Polirritmias de un momento imponderable se acercan a importunar al corpachón demarramado en la silla. Discordias intermitentes, lucidez superficial, este hombre sería parte del todo si la carne fofa no hubiera transportado la piel blancuzca. A las llanuras de la nada todas las bolsas de pan que ha comido mantienen la piel firme por el calor de calvas pompas de pensamiento. La luz de engrudo pliega la boca en el sentido de la sombra. Majestad. Quietud. Balanceo del horizonte que no alcanzará. Chirridos en la cadena de hacedores de pan. Velozmente suplica el farphone una batahola de dados pastosos. La espalda no sabe con qué ha cumplido. Lo que el pan no tiene de peso lo tiene de reflejos en las llanuras de la nada. Una policromía detrás del escaparate recoge al aprendiz y la hija menor de Fossey en un rectángulo de penumbra. La mujer de Fossey, el cuerpo jovial rendido. Los crotos del vecindario atienden los logros del horizonte que no alcanzará. Levadura y canela del mantra de la conciencia repitiendo el taller de motos. El aire incluso el caos gritan de entusiasmo en un iceberg de tiempo que se funde por la médula. Panadería Ambarina no ignora con qué ha cumplido. Quietud. Firmamento. Se hacen llaves irisadas a un reducidor de otro programa. Majestad. De una ceja tironea el pozo de las apuestas. Ebriedad que él mismo pintó hace unos años. El aire en media hora repite que está exhausto del horizonte que no alcanza. Fossey derrumbado en el pan como si esperase conquistar la indiferencia. Las seis de la mañana, no ignora lo que el pan tiene de peso. Majestuosamente un rumor de Alineación y vida intermitente. Marañas de peatones en un estruendoso algoritmo de ansia majestuosa. El ritmo cardíaco de los Minicomponentes hiere la batahola defraudada. Una red orgánica de la hija mediana trae la julinfa le hincho un ojo de un espacio interior unitario. En la inmovilidad colosal el firmamento se agudiza. Pisan los muertos la decepción de disfrutar quién gana o pierde. Inutilidad de cantantes diferentes quema los dados desgañitándose en un vórtice de camiones de llanura. Dos o tres grados de luz tienen que declinar el pan en una camioneta de radiografías. Un salvoconducto para la perplejidad del firmamento acuna a Fossey la semilla de plástico, pero las tortolitas en acoples amorosos retienen el tránsito hacia las llanuras de la nada. Entrega. Precaución. Firmeza. Contento. Placer de la señora Fossey recoge la perspicacia de un momento imponderable. Truena el mantra del nieto al abuelo. La pintura del padre instruye si ha pasado las pruebas. Aun si un niño monumental da lucidez para jactarse, da raíces de platino en la llanuras de la nada, la indiferencia escalerece la cadena de los panaderos, con tal certidumbre que el anciano es coronado en timón de manos que no alcanzan. Escapa el pensamiento en nubes menudas. Sobre la nariz de engrudo el grandioso debate del firmamento. Luces giratorias de temperatura mental en granizado de pies planos. Pletóricos bichos rojizos se inmolan en pirotecnia de camiones. Un patrullero cumplido ulcera el firmamento. Noventa y seis kilos de estruendo se disputan una imagen en imperceptible evolución gestual, en atrofia sintáctica, en smog caritativo, y por las azoteas remotas pasea el cansancio que no entrega a la muerte sus escombros. Grasiento platino del mandala. Se aúna el cuerpo esclarecido para alcanzar el rezongo del momento imponderable. Y así la nube sigue y sigue componiendo lo que mira, desaforada como la hija menor del hombre que descansa en la silla, tan ruidosa que Fossey empieza a comprender dormido aún que está soñando y pide, pide que la nube lo toque, pide tocarse como si lo esclareciera un ángel, y siente en la mejilla el dorso algo pesado de la mano, y se despierta.

Ni la tradición ni el asesor espiritual de Fossey han explicado nunca de qué manera llega el esclarecimiento. Es posible que sea apenas un parpadeo, pero Fossey no tiene tiempo de considerarlo porque al tocarse la mejilla que la nube acarició se encuentra, depositado en una rugosa cavidad de su moflete derecho, un objeto cúbico que susurra una canción. Es uno de los dados de látex con imágenes, que se les ha escapado a los muchachos. Fossey tarda unos buenos segundos en despegárselo de la piel. La expectativa temerosa de los chicos se debate en frases como muñones verbales. Ese rumor le facilita a Fossey el afloramiento. En realidad se levanta con tal agilidad que la silla, mientras Fossey se tambalea por la inercia, cae hacia atrás en una polvareda de harina. La fuerza de gravedad se ha reducido. Y aunque el cansancio perdura, hecho casi agotamiento, Fossey termina de estirar el cuerpo en un nimbo de levedad, no porque el sueño fuera una versión indisciplinada de la realidad que ahora vuelve a incluirlo, sino porque esta realidad que él ve ahora, los dados en las manos de los ciberbrutos, los camiones, la luz almidonada, los bichos en el hielo, la panadería El Firmamento, es un arreglo superior a lo que el sueño apuntó.

Todo está igual que antes, pero un poco diferente. En el ocaso hay un centro claro, y en el tráfico un bullicio curioso, y el cuerpo de Fossey es el todo como si las cosas se alegraran de que haya vuelto.

Esta diferencia le da permiso. Desde las superpuestas capas de inútiles tejidos de su cuerpo, se enfrenta con los verbobrutitos. Les arroja el dado. Pero antes de que ellos se abalancen a recogerlo Fossey los frena alzando una mano, sólo hasta la altura del abdomen, la palma hacia adelante con sus costras de harina y sus estrías. No está del todo seguro de lo que va a decir. No obstante lo dice.

“Ustedes no pueden imaginarse, muchachos, todo lo que hay que ver para el que está dispuesto.”

Los muchachos asienten. Fossey baja la mano y se la limpia en la bata. Para esconder la turbación se retira. Detrás del chancleteo de sus pies planos, algunos muchachos se rascan; otros ríen como si se desagotaran. Echando una mirada a las fogosas azaleas del tiesto, Fossey entra en la panadería. Como siempre, la belleza de su mujer lo deja aturdido. A Fossey le basta mirarle los ojos irritados para recordar lo poco que le importa a ella meditar sobre su propio cansancio. Detrás de la caja, la hija mayor se instruye leyendo un manual de psicometría. Un cliente reflexivo duda ante varios paquetes de galletas iguales. En la parca iluminación del local se vuelca la luz del atardecer, y en esa confluencia el cansancio de Fossey, la simpatía de la señora de Fossey y el grupo humano en general titilan en la tensión de un momento imponderable. Esto piensa Fossey. La señora de Fossey le da un beso y le pregunta si está más repuesto. “Más que repuesto”, dice Fossey entonces: “Tuve un sueño”. “No me digas.” “Sí”, dice Fossey, procurando no chocar con la lámpara de techo: “Tuve un sueño increíble. Un sueño que no cabe en la cabeza. Habría que ser un burro para querer contar un sueño así. Soñé que era... Me parece que no sé si se puede decir qué. Me parece que... en fin. Habría que ser un zoquete para pensar que se puede decir lo que soñé. Yo no creo que alguien haya visto algo así, no creo que alguien lo haya oído. No creo que haya palabras, no creo que quepa en la cabeza de nadie soñar eso. No se puede decir nada de lo que soñé; habría que escribirlo porque en el fondo no era nada”.

En la panadería ya no se ve gran cosa. Pero Fossey piensa que él debe estar espléndido, porque la mujer se cala los anteojos como cuando va a abrir un regalo. “Es un sueño lindísimo, Braulio”, dice. Fossey prevé nuevos y largos acoples sin derrame de semilla. El cliente reflexivo le paga las galletas a la hija mayor de Fossey. “¿O sea que no vas a repartir el pan?”, dice la chica. El sobrio Fossey le acaricia la nuca, febril de una jornada entera en funcionamiento. Con ese calor en la palma emprende el traslado de sus muchos kilos hacia el taller del fondo. La temperatura sube bastante. El aprendiz, que ya está sacando las bandejas, le pregunta sin mirarlo si quiere que reparta el pan por él. Fossey le dice que no, que está bastante despejado y que se vaya a su casa. Las aristas menos visibles del taller se resignan a adaptarse a la inconveniente magnitud de su cuerpo. Fuera, más que camiones, se ven ahora ristras de faros. En la lejana vereda de enfrente el cielo rojizo se va tragando las nubecitas una a una, y a veces de a dos. Fossey mira el caudal del tráfico como si fuera el río que baña las llanuras de la nada. Abundancia. Disolución. El crepúsculo de la mente dura más que el del firmamento. No se extingue. Una amplia bolsa de hilo sintético se despliega entre las manos de Fossey, ávida de recibir panes calientes.

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