VERANO12 › ENRIQUE MOLINA

Cross

El cielo infinito

FINALMENTE, ¿qué quedará de lo que fue nuestro instante?

¿La imagen de una ola, de una boca, de una

lágrima?

¿Qué será de nuestras posesiones más queridas

luego de interrogar desesperadamente

cada materia y forma de este mundo

que no dejó de exaltarnos, sin tregua,

con la sentencia de estar

sólo de paso,

de saber que todo amor se desvanecerá,

que el agua de los ríos se llevará también nuestra esperanza

de perdurar?


Y el gesto de mirar por la ventana, de pasarse la mano

por la cara,

el torbellino de los amores, ciertas partidas,

el eco innumerable de los viajes,

del vino, de las diarias comidas,

la velada a la vera de los muertos,

el cielo ciego del olvido, la luz de la memoria.

¡Oh Dios! Fue todo tan hermoso y tan trágico

que de algún modo ha de quedar un eco,

un reguero de sueños y nostalgia en la otra orilla.

Algo que vibrará como una luz perdida

en el cielo infinito.


El adiós

UN día más, sólo un minuto más, para estar vivo

y despedirme de cuanto amé.

Para decir adiós a las cosas que vi y toqué mientras moría

desde el instante mismo en que nací.

Y vino el niño con el premio que sacó en el colegio por su

sabiduría,

y el ala de la gaviota golpeando en lo infinito con su vuelo,

vino la cabellera derramada y el rostro de la misteriosa

mujer que estuvo a mi lado, en el lecho, sin que yo lo supiera,

y el río con su lenta corriente musculosa

a través de cada mueble, de cada objeto y cada gesto

de quien me ve partir, ¡oh Dios mío!


Un instante más aún en el suelo que pisé,

en el aire de mi respiración

sofocada por el amor, en los vestigios de la pasión,

con cuanto –mosca o sol– me deslumbró en este extraño

planeta, donde perduré año tras año, presintiendo

este límite de espumas, este revuelto torbellino

de la despedida, yo, que tanto fui deslumbrado

por la centelleante atracción de la tierra,

por cuanto fue caricia o solamente un espejismo del mundo

en mi destino.

Así, pues, despídome de los caballos, de la canoa,

los pájaros, el gato y sus costumbres. Déjame

una vez más mirar las flores y la lluvia. Es este

el trágico instante en que uno descubre

el delirio misterioso de las cosas, sus raíces secretas,

el instante supremo de decir adiós,

a cuanto se adoró en esta vida.


El eterno retorno

EL tiempo ya maduro del pasado

se vuelca lentamente del ramaje pero aún

quedarán todavía algunos días para llegar al precipicio,

a la inmensa llanura sin horizonte de la nada.

Es el momento de que rememores

felicidades, crímenes, desastres, adioses

y deslumbramientos,

el abrasador rastro del día que desaparece,

la manzana mordida y el furor de su secreto

donde de nuevo arde la locura y la esperanza.


Pero nada quedó sino esa losa lavada

bajo la que yaces para siempre,

un palo de golf y una estela marina.

Lo que apostaste y lo que para siempre se perdió

en la aventura,

lo desesperadamente querido con un amor insaciable.


Mas la raíz de las cosas que compartiste en la

travesía,

cuerpos palpitantes, llegadas a los límites,

encuentros en la fuente,

volverán a envolverte y brillarán en el cielo para

homenajearte

en las costas furtivas y su estrépito

donde amaste con ciega vehemencia.


La fuerza misteriosa que desarrolló su fantasía

a lo largo del sueño hasta el valle postrero de

la perdición

no dejará de mecerte, igual que las olas cuando

navegabas

o tu corazón, desbordado por el aluvión del deseo.

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  • EL ADIOS, POR ENRIQUE MOLINA
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    Por Esther Cross

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