El 9 de marzo de 2012, en la ciudad de Mikolayiv, en la Ucrania de Viktor Yanukovich, tres muchachos violaron a una chica de dieciocho años antes de golpearla, estrangularla, envolverla desnuda en una frazada, quemarla y tirarla en una zanja. Un transeúnte la encontró a la mañana siguiente con más de la mitad del cuerpo calcinado. Seguía viva. Había permanecido allí durante diez horas a 20 grados bajo cero. En el hospital le amputaron ambos pies y un brazo hasta que, tres semanas después, una hemorragia pulmonar acabó con su agonía. Los asesinos, hijos de notables funcionarios de la región, fueron inmediatamente puestos en libertad. Ella se llamaba Oksana Makar. Era hija única, su madre la enterró con un vestido blanco y una discreta coronita de flores en la frente. Conocida como vinok en la cultura folclórica ucraniana, la gran corona formada por doce tipos de flores distintas, y decorada con cintas de colores que caen armoniosamente de cada lado, es parte del atuendo tradicional y simboliza la hermosura y el honor de las vírgenes que aún no han sido casadas. Hermosas, desde el punto de vista de cierto estereotipo de belleza, muchas mujeres ucranianas lo son sin duda, aunque explotadas y oprimidas por el autoritarismo patriarcal post-soviético, por el diktat de la Iglesia y por la industria del sexo, que ofrece a los hombres de Europa y del mundo los cuerpos de las hijas de un proletariado sin trabajo. 

En aquel mes de marzo de 2012 faltaba poco para el inicio de la Eurocopa que tuvo lugar en Ucrania, evento para el cual, al igual que durante la última Copa del mundo en Rusia, la dictadura se vistió de gala y el país se convirtió en un gran prostíbulo al servicio del turista futbolero. Si los tres asesinos de Oksana Makar fueron finalmente juzgados y condenados fue porque Yanukovich se vio obligado a darle un lavado de cara a su política dictatorial, luego de que los medios de comunicación extranjeros hubieran sido alertados por varias acciones radicales de protesta pacífica en Mikolayiv, Odessa y Kiev, llevadas a cabo por un grupito de jóvenes estudiantes ucranianas. Con los pechos desnudos y pintados con mensajes que reclamaban justicia, el puño en alto y la cabeza coronada por una vinok multicolor, esas chicas que se autodenominan FEMEN le estaban mostrando al machismo de Estado que las mujeres son capaces de vencer el miedo, y que la insurrección feminista es efectiva y real. Así como la marea verde está revolucionando el estilo de la militancia feminista de nuestro continente y desvelando una inagotable fuente colectiva de creatividad, la estética del movimiento “sextremista” FEMEN se nutre de la imaginación y del talento artístico de sus militantes.  A la memoria de una de ellas va dedicada esta nota. 

SANGRE ANARCO

También se llamaba Oksana, Oksana Shachko, pero su madre le decía Ksiusha. Nació en 1987 en la triste ciudad de Khmelnytsky que algunxs de lxs argentinxs con antepasadxs judíxs alguna vez hemos oído nombrar, ya que no pocxs cruzaron el Atlántico huyendo de los progroms antisemitas allí perpetrados a principios y finales del siglo diecinueve y, luego, de las ejecuciones nazis. De chica, su familia, ortodoxa practicante, la anotó en una escuela de arte donde aprendió los secretos de la pintura de los íconos ortodoxos. Su padre la impulsaba y la apoyaba, pero cuando se vino abajo la Unión Soviética y lo echaron de la fábrica, se puso a beber y se hundió en la indiferencia. Fue la madre quien, multiplicando los trabajos, logró sacar adelante a sus hijxs. Oksana frecuentaba la Iglesia y pasaba largas horas pintando sumida en la contemplación, hasta que un día, a los catorce años, decidió hacerse monja. Su madre consiguió disuadirla, pero algo en ella estaba gestándose y ya no volvería a ser la jovencita tímida que había sido hasta entonces. Comenzó a leer filosofía, metafísica y dialéctica, se dio cuenta de que la Iglesia manipula al pueblo y rechazó definitivamente el moralismo retrógrado y opresivo característico de esa institución. Conservó la fe en el arte y en el ser humano, y sin dejar de pintar iconos ingresó a la carrera de Filosofía de su ciudad. Allí conoció a Anna Hutsol, Sasha Shevchenko, Irina Serbina, Yevgeniya Kraizman, con quienes fundó en Kiev el movimiento FEMEN en 2008, al que un año después se sumaría Inna Shevchenko. Oksana se encargaba sobre todo de lo artístico. Siempre andaba con los dedos manchados de pintura, en jeans y zapatillas, vivía en su taller pintando íconos religiosos a los que daba un significado feminista. Le gustaba buscar materiales en los lugares más insólitos, recortar retazos de telas, pedazos de cartones o alambres, para imaginar a la nueva mujer anarcofeminista que reemplazara a la monja que alguna vez soñó con encarnar.

Juntas, las FEMEN decidieron subvertir los símbolos de la opresión machista y usarlos como instrumento de reivindicación política. La corona de flores ya no era sinónimo de pureza virginal, sino un emblema de insumisión. Esta versión de las nuevas amazonas que estaban ideando debía ajustarse a los cánones de la feminidad puesta al servicio del consumismo machista. Nadie hasta entonces había visto nunca a un objeto sexual reivindicar la soberanía sobre su cuerpo ni desafiar de frente al patriarcado. Ni mucho menos tener suficiente resistencia psicológica como para plantarse delante de la sede del KGB, tal como lo hicieron en diciembre de 2011 Oksana, Inna Shevchenko y Alexandra Nemchinova cuando viajaron a Minsk, Bielorrusia, para oponerse a la política del dictador Aleksandr Lukashenko. Con coronas de flores, los senos desnudos, bigotes postizos y hombreras de militar, alzaron pancartas que clamaban por la liberación de los presos políticos del régimen. Unos agentes del KGB las secuestraron en el camino de regreso. Fueron sometidas a 24 horas de interrogatorio y tortura en medio de un bosque. Los “ángeles de la muerte” de Lukashenko les vendaron los ojos y las obligaron a desnudarse, las golpearon, les cortaron el pelo con un cuchillo, les tiraron pintura, gasolina y plumas y las forzaron a llevar carteles con cruces esvásticas. Luego las abandonaron al borde de una ruta bajo el frío de aquel clima. Con todo, en agosto de 2012 las FEMEN volvieron a oponerse al terror dictatorial, en signo de apoyo a las Pussy Riot que acababan de ser condenadas por un tribunal de Moscú a dos años de encierro en un campo de detención, por haber cantado, en febrero del mismo año, una oración punk en la catedral del Cristo Salvador de Moscú, pidiéndole a la virgen que destituyera a Putin. Le tocó a Inna Shevchenko realizar la acción que consistía en derribar con una motosierra una alta y maciza cruz de madera en la Plaza central de Kiev. Amenazadas de muerte, en enero de 2013 algunas FEMEN ucranianas se exiliaron a Francia, donde pidieron asilo político. Las demás fueron severamente castigadas por los servicios secretos rusos. Hoy las Pussy Riot están desaparecidas tras haber sido secuestradas por esa misma policía. Oksana había conseguido el asilo en 2016, llevaba ya dos años fuera del movimiento y estudiaba en la prestigiosa escuela de Bellas Artes de París. Con su pintura expresaba un antirreligioso activismo al que llamaba Artodoxia iconoclasta. Algo de esa iconografía le recordaba quizás también a su madre, que solía compararla con Clara Zetkin y Juana de Arco. Un amigo suyo me habló de la herida perceptible en ella, a la que colmaba en las fiestas con intensidad y poesía, y a menudo en exceso, hablando de arte desde una necesidad profunda. Hace dos semanas publicó en Instagram una nota denunciando la falsedad de este mundo, y puso fin a sus días en su departamento parisino. El movimiento FEMEN continuará fracturando la lógica del patriarcado. Y mientras nos siga sonando el lema “Every woman is a Riot”, Oksana Shachko seguirá descansando en rebeldía. ,