La nueva diplomatura en Educación Sexual Integral generó un record de inscripciones. Graciela Morgade, decana de Filosofía y Letras (UBA), cuenta por qué.
Toda educación es sexual
El lanzamiento de la primera diplomatura para docentes sobre Educación Sexual Integral (ESI) de la Universidad de Buenos Aires fue un éxito: se anotaron 480 personas y otras 250 quedaron en lista de espera. Graciela Morgade, decana de la Facultad de Filosofía y Letras y creadora de la diplomatura, habla de este éxito y explica por qué implementar la ESI es tan urgente como entender cómo piensan y actúan los sectores ultraconservadores que trabajan para frenarla.
Imagen: Jorge Larrosa

¿Por qué sostiene que toda educación es sexual?

Cuando la sociología crítica de la educación dice “toda educación es política” se discute el supuesto de la neutralidad. Desde la perspectiva feminista, se discute la neutralidad en el aula desde la perspectiva de género y la tendencia a la reproducción de las relaciones patriarcales. La investigación va mostrando las diferentes dimensiones de esa presencia y ausencia de cuerpos sexuados en el aula. En todas las prácticas educativas y en todos los niveles, en el patio del recreo, los libros, el trabajo docente, los contenidos curriculares, se están jugando siempre significaciones que tienen que ver con los cuerpos sexuados.

¿Sería algo así como decir que se brinda educación sexual tanto por lo que se dice como por lo que se omite?

Sí, pero, cuidado: si toda educación es sexual, entonces, se nos podría replicar: ¿para qué quieren un programa y una ley? Toda educación es sexual, pero no toda educación sexual es integral, con enfoque de géneros y de derechos humanos. Dediqué gran parte de mi carrera a estudiar el tema de los cuerpos sexuados en el aula, empezando por el cuerpo “blanco y puro” de la maestra. Los sindicatos docentes a partir de la ESI empezaron a incorporar la dimensión de género en el análisis del trabajo docente. Hay cuestiones de esa lucha que afectan a las maestras en tanto mujeres, las políticas de cuidado, por ejemplo. ¿Cuándo no hay políticas de cuidado quién se queda con los hijos e hijas de las maestras?

¿A qué atribuye el furor que generó la diplomatura en ESI?

Por un lado, hay una vacancia de formación en las políticas públicas. Es inaceptable que en esta ciudad, que es la ciudad más rica del país, no se logre capacitar a los, las y les docentes que están en ejercicio. En el profesorado del Instituto Joaquín V. González y en la Escuela de Maestros, hay ofertas para formarse en ESI, pero los cupos son muy restringidos. Por otro lado, está el deseo de saber, que es lo que nos entusiasma políticamente. Y además las profesoras y los profesores saben que hay una demanda desde el alumnado. 

La ESI fue una consigna de peso en las tomas de colegios del año pasado…

¡Sí! ¿Cuándo se ha visto que los reclamos estudiantiles incluyeran en su pliego cuestiones específicas de la enseñanza? En general, los centros de estudiantes piden comedores, boleto estudiantil, denuncian arbitrariedades pero no es frecuente que se reclamen contenidos. Es evidente que hay una pregunta instalada sobre estos temas que la formación docente debería atender.

¿Cuáles son los pilares teóricos de la diplomatura?

Hay una mirada sobre la vida cotidiana de las instituciones educativas desde la pregunta por la igualdad. Hay muchas situaciones en las que las escuelas no contribuyen a la igualdad sino a la reproducción de estereotipos. Recurrimos al corpus de los feminismos, la teoría de géneros, los derechos humanos, la construcción del cuerpo, las identidades sexogenéricas y el corpus de leyes que nutren este proyecto. La ley de ESI se articula con otras leyes. Después recorremos las áreas curriculares: cómo abordar la ESI en Matemática o en Historia. Otro tema es la dimensión de la identidad docente, que en el nivel inicial y primario tiene un fuerte sesgo femenino.

¿Cómo entra el lenguaje inclusivo en la currícula?

Lo tomamos como un nudo de otros debates. Discutir si el lenguaje inclusivo es importante o no, en sí, es una discusión política. La respuesta a eso hoy está en construcción. Aunque alargue mis intervenciones, después de haber estado décadas peleando por aparecer por detrás del gran masculino, yo prefiero hablar de “ellas, ellos y elles” y no transformar todo mi discurso a partir de la e. Pero entiendo que es un debate totalmente abierto. En la Diplomatura lo vamos a ver como analizador político. Sus implicaciones lingüísticas son otras discusiones que se irán dando.

Usted fue una de las impulsoras de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI) sancionada 2006. Trece años después, y aun con todas las trabas que hay para su implementación, ¿qué mejoras se le podrían hacer y en qué sentidos puede haber quedado vieja?

La ley salió como pudo salir, con negociaciones, como toda ley. En el 2006 había una serie de herramientas teóricas y políticas que todavía no tenían la fuerza o la validez que después adquirieron. La ley tiene un texto pero se va reglamentando y actualizando con los lineamientos curriculares y hubo un enorme salto con el debate del matrimonio igualitario y de la ley de identidad de género. Nosotras decimos que la ley se hace feminista en 2015. ¿Era una ley feminista? Es difícil decirlo. La ley consiste en diez artículos, pelados, producto de una ardua negociación. Dice la palabra género ¡una sola vez! Si hoy se reescribiéra, sería muy distinta. Creo que políticamente es preferible exigir su financiamiento, su cumplimiento y que llegue a los diseños curriculares de todas las provincias, que impulsar hoy por hoy una modificación (que hoy de hecho está propuesta). Después de que no se aprobó el aborto, hay grupos de derecha muy empoderados. No me parece el momento político para avanzar con esas posibles modificaciones. 

La ESI fue tomada por los grupos antiderechos como uno de los focos de la discusión y hasta como bandera. Hubo quienes decían: “no al aborto, sí a la educación sexual”…

Fue un “como si”. Nosotras tácticamente saludamos a quienes expresan su apoyo a la educación sexual. Pero si miramos de cerca, vemos que no estamos hablando de lo mismo. Los grupos antiderechos, y dentro de ellos los que están alineados con determinados sectores de la iglesias evangélicas, piensan a la educación sexual desde una perspectiva moralizante, desde la moral de su religión. Esa la educación sexual que piden. 

Son los mismos sectores que luego hacen bandera con “Con mis hijos no te metas”.

Ese eslogan es toda una pátina moral para esconder las formas de violencia que existen dentro de las casas, de las familias, de lo doméstico. Ese lema de propiedad sobre los hijos e hijas remite ya no a una concepción previa a la ESI, ¡sino anterior al siglo XX! Anterior a la educación pública. Es plantear que la infancia es propiedad de las familias. En este marco es importante poder distinguir aquello del temor genuino que puede tener una abuela que tiene miedo porque en su propia casa la sexualidad siempre fue un tabú, porque le dijeron que la homosexualidad es un peligro. Los maestros y maestras deberíamos poder trabajar con esos temores. Hay que distinguir esos temores del proyecto político internacional, con financiación, orquestado desde afuera de nuestro país, a partir de campañas desarrolladas por algunas iglesias evangélicas, que básicamente buscan poner diputados para luego digitar un presidente. Eso es una lucha política y nuestra herramienta, entre otras, es la ley. Ahora, el temor o las dudas del padre o la madre son otra cosa, pueden ser genuinos. La escuela tiene que poder ejercer un rol pedagógico también con las familias.

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