El diccionario más pequeño de la historia

¿Por qué los censurados se vuelven censores con tanta facilidad? ¿Por qué los que han sido silenciados por padres, regímenes, iglesia, escuela, apenas pueden tratan de cortarles las alas a los que aún se animan a hablar sin rodeos? Preguntas curiosas, entre otras curiosidades de esta época. Es que hoy, si hiciéramos un listado de las palabras que no se deberían decir, chistes que no se pueden hacer, piropos o insultos que no se pueden exteriorizar, tendríamos el diccionario más pequeño de la historia, tanto que se podría memorizar.

Más curioso aún es que no hay opinión de intelectuales donde no abunden las defensas de la lengua como (quizá) el capital simbólico más importante de una cultura. Pero basta con que ese capital se ponga en marcha para que aparezcan los ofendidos: chistes de mogólicos no, piropos no, palabras que supuestamente hieren no, expresiones machistas no. El diccionario versión small está en marcha. Ahora, ¿sería mejor el mundo sin chistes de judíos, de gallegos, de pelados, de gordos? ¿Sería mejor el mundo si los irreverentes se callaran la mitad de lo que piensan? ¿Por qué? Nadie tiene una respuesta para esto. No la hay.

Usted me dirá que no se puede promover el desprecio y el odio. Es verdad. Pero, ¿promueve el odio un chiste de gallegos? ¿O es la libertad que los seres humanos necesitamos para no tomarnos todo en serio? ¿Odia a un judío el que cuenta un chiste de judíos? Claro que no. O quizá lo odia, pero el chiste no activa el odio sino que estaba allí desde antes y apenas lo pone en evidencia. Incluso un chiste podría ser una muestra de afecto escondido, un detalle de atención. O sólo una broma. (Y no me vaya a citar esa tontería de que toda broma tiene algo de verdad, por favor). Sin embargo, la época ha decidido que toda broma, todo mínimo exceso verbal, debe ser censurado, incluso en novelas y canciones escritas hace décadas.

Yo también he pasado por esto. En defensa de las buenas costumbres o vaya a saber qué otra porquería, he censurado. Hoy digo: “deje que piense, escriba y opine lo que se me da la gana. Si no le gusta, simplemente siga de largo”. Es que al volvernos censores de un primo o amigo virtual estamos avalando la censura institucionalizada desde el principio de los tiempos, cuando por nombrar al diablo te quemaban, por decir que el sol no giraba alrededor de la tierra te empalaban. Si yo no puedo contar un chiste de gangosos, entonces deben haber tenido razón las iglesias al censurar las palabras de connotaciones sexuales, razón debe tener Facebook al censurar pezones y las palabras culo o teta, debe tener razón la derecha cuando quiere prohibir el nombre de Evita. ¿Por qué nosotros deberíamos tener razón y ellos no? Otra pregunta sin respuesta.

Claro que hay censuras más obvias, tanto que parecen necesarias. Porque hay gente que cree que si las cosas no se pronuncian, desaparecen. La prueba de que esto es falso es que hace décadas que en muchos países está prohibido editar Mein Kampf o reivindicar a Hitler para que no vuelva el nazismo, y ¡el nazismo volvió igual! Hay gente que cree que si nadie revindica a Videla es porque ya nadie lo quiere. Pero mientras usted me censura a mí y yo a usted, los que promueven el odio son los diarios en sus portadas, las iglesias en todas sus formas, la televisión con meritocracia de rubios y blancos y su desinformación militante.

Así se avanza peligrosamente hacia un mundo pretendidamente pasteurizado que, curiosamente, está estallado desde la realidad política y económica. En el medio, un temeroso individuo —usted, yo—, que cree que usar las palabras con libertad hacen peligrar el mundo. No se puede decir esto, no se puede decir esto otro. Como si uno antes de abrir la boca debiera pensar en lo que cree la mayoría, como una especie de pensamiento Zelig, que se acomoda a las circunstancias.

Ahora, si llegáramos a la conclusión de que hay cosas que no se pueden decir, por ejemplo un piropo, yo pregunto quién es el que decidirá ese límite. ¿Usted? ¿Yo? ¿Un colectivo autoconformado según problemas coyunturales? ¿El Papa? Aquí es donde las ganas de muchas personas de no permitir el libre albedrío chocan con la realidad. No se le puede decir negro o gordo a un camarero o a un primo. No se le puede decir linda a una mujer linda que pasa. No se puede bromear con las palabras que definen enfermedades, defectos físicos, condiciones únicas. De ahí a gente que dice saber lo que Rep debe escribir sobre Evita hay un paso. Y otro más a decir que ciertos libros no deberían existir o deberían ser vendidos con una faja de “cuidado, palabras peligrosas”. Hay gente en España que ha sido castigada por bromear sobre el rey, que es una broma en sí mismo. Si nosotros censuramos nos ponemos a esa altura. No cuenten conmigo.

Y aclaremos que aquellas palabras u ofensas que sean un delito, serán juzgadas como delito. Eso no se discute. Yo hablo de usted y de mí. Todo sin olvidar que nuestra lengua viperina es una herramienta —una de las pocas, quizá la más poderosa—, contra el poder en todas sus formas. Entonces, ¿debemos callar?

Solo los mediocres le tienen miedo a la palabra. Pensemos por un instante cuántas cosas desaparecerían si los tibios tuvieran razón: el stand up, el humor negro, la mitad de las películas, de la poesía… La libertad misma. ¿Entonces no hay límites, Chiabrando? Claro que sí. Los límites están en los anticuerpos que se generan en cada ambiente, en cada círculo. ¿Acaso no ha ido desapareciendo la tendencia al piropo grosero? Es el resultado natural de las luchas. Y el límite final lo pone el que no quiere oír tonterías y pasa a leer o escuchar otra cosa. ¿Le molestan los chistes groseros de un cómico?, entonces no vaya a ver el espectáculo. ¿O acaso vamos a pedirle el libreto antes para aprobarlo?

Tanto importan controlar las lenguas que casi todos los procesos políticos lo intentan. Los golpes de estados quieren ser llamados rebeliones y las rebeliones quieren ser revoluciones. Puertas adentro, siempre, pero siempre, prohíben palabras o nombres. Que Perón, que el Che, que Trotsky. Y no crea que las revoluciones del palo no lo hacen. Y luego la autocensura, esa voz que te sugiere cautela, como cuando preparando unos blues decidí no incluir en el repertorio “Nena boba”, de Spinetta, canción que obviamente ya no se podrá volver a cantar nunca más porque no faltará alguien en el público que se dé por aludido/a.

Curiosa época ésta, en la que conviven en las mismas personas el defensor de las libertades varias y a la vez el censor. Gente que defiende la diversidad en la teoría pero que en la práctica se somete a alguna de las variadas formas de pensamiento único que circulan. ¿Cuál es el problema de ofender a alguien? Lo peor sería dejar el control de las palabras en manos de los mediocres, de los asustadizos. O de los que negocian con nuestro miedo.

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