Semilla

La vereda, ese espacio perdido, era nuestro territorio para figuritas, bolitas, rayuelas y escondidas. Teatro abierto vespertino en donde los adultos practicaban el bello arte de la conversación, cada cual con su propia forma de ver y filosofar. Los más sabios sabían escuchar, interpretar silencios, revelar detalles mínimos que iban a contrapelo de un discurso mentiroso, sillas de paja y madera, plateas preferenciales frente al anfiteatro de la vida cotidiana. Actores de vestimenta sencilla y gustos populares desfilaban con sus personajes incorporados en la puesta en escena diaria. Fugitivos de un pelotero de prohibiciones, jugábamos a los espías para saber de qué cosas hablaban los grandes. Avivados de los reyes magos y el ratón Pérez, flotaba en el aire un misterio del que se hablaba en voz baja. Una especie de ente que estaba entre volver y no volver. Una historia oculta entre niebla de espanto. Distintos eran sus apodos según los parientes visitados, el general, en lo de mi tío Santiago, el tirano, en la boca de mi tía Amelia. Para finales del mes de julio, en algunas casas prendían velas por los rincones, en otras se hablaba fríamente sobre otro aniversario de la perona. El mito generaba distintas posturas, nunca indiferencia. Diariamente, a la misma hora, todos nos convertíamos en oyentes. Al igual que la bocina del tren, el vocear de Semilla se escuchaba desde lejos. Era dueño de un clamor único, su grito agudo no descansaba en las vocales abiertas de la palabra diarios, más bien hacía equilibrio sobre las íes como protagonizando un lamento, fabricando hiatos, multiplicando sílabas en su interpretación. Su creatividad, tan inocente como punzante, se desplegaba en titulares absurdos mientras era recibida con alegría por un público heterogéneo. " ¡Dííí a rííí oss! Gardel está vivo. Escondido en la selva colombiana, canoso, quemado y viejo no quiere volver, su voz está intacta! ", “¡La tribuna dííí a rííí oss, otro avance de la ciencia! ¡Se descubrió quien nació primero, si el huevo o la gallina! Miraba fijo, serio y sorprendido a todo aquel que se animaba a poner en duda lo anunciado, no prestaba material gráfico, sólo aconsejaba buscar los temas citados en algunas de las páginas impares, "a las pares, no las lee nadie".  Una calurosa tarde noche, todo fue distinto. Con rostro desencajado y su voz más aflautada que nunca pudimos percibir que no estaba actuando. Los vecinos, lejos de reír, se mostraron conmovidos, posiblemente angustiados por presentir una prórroga en su esperanza de volver a sentirse representados. Fue la primera vez que oí gritar en la calle el nombre prohibido. Corrí con la plata hecha un bollo en mi puño izquierdo, pero llegué tarde, agotada la mercadería no pude cumplir con el objetivo. En mi regreso vi por primera y única vez llorar a mi viejo, un llanto premonitorio lo inundó por dentro, quizás el duelo de la ilusión de volverlo a ver. Corrí hasta la esquina para insistir con la misión de conseguir un periódico y me choqué con la figura triste del vendedor caminando derecho, con el cinto de cuero negro colgado de su cuello, sin contrapeso de papel entintado. Un silencio espeso se adueñó de mi calle, fileteado por los ecos de su pregón. "¡Urgente! Perón fue detenido en Río de Janeiro. Traición sindical. ¡Sigue vigente la falsa democracia!". Mi psicóloga dice que esa semilla germino en mí, que de alguna manera yo tomé la posta, cargué con aquellos diarios ausentes, que no voceo porque nadie grita en un desierto ante un pueblo preso detrás de sus rejas de miedo, inmolado noche a noche frente al televisor. También acota que tampoco tengo la necesidad de mentir ya que el engaño viene impreso en los titulares. Nunca voy a saber en realidad si asisto a sus sesiones para que me ayude a conocerme o para disfrutar de su imaginación. Por el número de matrícula y su sonrisa hundida, es muy probable que haya formado fila, al igual que mi hermana, para ingresar en la Meresunda del Instituto Di Tella. Todo era Siam en mi casa, heladera, cocina, moto. Mi padre solía utilizar la enorme puerta del refrigerador como un pizarrón blanco, para explicar el significado, tan mentiroso como esclarecedor, de la sigla incrustada sobre un ángulo superior del armatoste, “ven... aquí está el secreto para que los imperios no nos coman crudo, Sustitución de Importaciones A Muerte". El núcleo de mi familia tipo estaba dividido por una duda ditelliana. La industria frente al arte. Mi posición estaba basada únicamente en la venganza. Una de mis debilidades, las aves, estaba sujetas a mi gran debilidad, mi vanidad, pensaba que, al encerrarlas, cantarían sólo para mí. La discípula de Marta Minujín me había sustraído una jaula como material necesario para su expresión de arte moderno previa suelta de un zorzal colorado que la habitaba. "Nene... ¿qué tenés en la cabeza? no ves que nació con alas, el pobre bicho no tiene la culpa de que nosotros vivamos encerrados en un departamentito", las palabras de la artista hicieron estériles mis reclamos. Su obra, un corazón de lata pintado de rojo colgado adentro de la pajarera con un cartel pegado en la puerta, “El auténtico amor no es una decisión ni es libre. El corazón, sobre todo el corazón, no es libre. El amor es inevitable, es el reconocimiento de lo inevitable”. Albert Camus. " Ahora le llaman arte a cualquier cosa, traidores, eso es lo que son, ingenieros haciendo pavadas en vez de dedicarse a la industrialización de Sudamérica, pobre Torcuato, menos mal que se murió a tiempo", era el repetido discurso de un tipo golpeado. Mi madre avivaba el fuego de la discusión, “¿por qué no vas a contestar a Odol Pregunta y dejás que la nena disfrute de la vida? Hablás siempre del pasado, del tiempo de los esclavos !". El soldado de la resistencia se retiraba balbuceando verdades, “¿y qué se creen ustedes que somos los obreros sin las leyes laborales?" Un pibe al que sólo le interesaba cazar pajaritos y jugar a la pelota aprendió en aquellos años que a una idea se la defiende desde adentro, desde el centro mismo del corazón enjaulado. Dicen que el tiempo pone las cosas en su lugar, los pájaros en el aire, las uvas en copas con amigos. De mi época de carcelero de seres alados supe guardar una prisión de alambre y madera, en su interior baila la danza del viento un corazón formado con corchos, sordos trinos de risas del alma guardados para siempre. Las visitas dicen que es un adorno de mal gusto que afea la galería, pueden que tengan razón, pero los símbolos no se explican, se sienten. Allí están mis muertos convertidos en recuerdo. Mi viejo se fue una noche de lluvia unos meses antes del paraguas de Rucci, mi hermana partió en medio de una sociedad globalizada, debilitada por una Sobredosis de Importaciones, Adicta a Manufacturas innecesarias en donde todo valía dos pesos. El ave fénix no vive en cautiverio. Vientos de libertad reavivan sus cenizas. Su canto libre , la voz del pueblo.

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