Teatro Gran Rex
Trova Rosarina: esas bellas canciones que hicieron historia
Un puñado de músicos queridos y respetados por el público recrearon su repertorio con un aplomo y una solidez que nada tienen que envidiarles a "aquellas" versiones originales. 
Abonizio, Gallardo, Baglietto, Garré, Goldín, voces para una noche inolvidable. Abonizio, Gallardo, Baglietto, Garré, Goldín, voces para una noche inolvidable. Abonizio, Gallardo, Baglietto, Garré, Goldín, voces para una noche inolvidable. Abonizio, Gallardo, Baglietto, Garré, Goldín, voces para una noche inolvidable. Abonizio, Gallardo, Baglietto, Garré, Goldín, voces para una noche inolvidable. 
Abonizio, Gallardo, Baglietto, Garré, Goldín, voces para una noche inolvidable.  

Adelante, de izquierda a derecha alistan Adrián Abonizio, Fabián Gallardo, Juan Carlos Baglietto, Silvina Garré, Rubén Goldín y Jorge Fandermole. Como la máquina de River, pero en voces. En la retaguardia, como la defensa del Boca del “Toto” Lorenzo, pero en instrumentos, forman Baglietto hijo (Julián, en batería); Adrián Charras, en teclado y acordeón; Leandro Itroini, en bajo y contrabajo, y Juancho Perone, percusionista rosarino de esos que están en todas. Los hay de la primera hora. Los hay de los llegados después. Los hay ortodoxos, los hay heterodoxos… pero todos son la trova. Esa Trova Rosarina que emerge una vez más, con notable calidez y exquisitez, ante un Gran Rex repleto, entregado en cuerpo y alma a esas bellas canciones que hicieron, que hacen historia. Que vienen a ofrecer su corazón. En rigor, tal canción del gran ausente (Fito Páez) es la que recibe en escena a la agrupación completa, tras un precalentamiento que había estremecido de entrada nomás, con Baglietto y Garré solitos haciendo “Era en abril”; y con el resto de la vanguardia, encarando una atildada versión de “Oración del remanso”.

El contexto es el ideal para relajarse y disfrutar. Las suaves brisas de este diciembre, los cambios reales que espera la sociedad, y el renacer de ciertos anhelos cuajan justo con ese puñado de gemas que la trova proporcionó como un enorme mejoral a esas ánimas desgajadas, desmembradas, de finales de la dictadura. Es ahí, en esas heridas, donde van y calman versos como “Sentado al borde de una silla desfondada / mareado, enfermo, casi vivo / escribo versos previamente llorados / por la ciudad donde nací”, provenientes de “Mi Buenos Aires querido”, según Juan Gelman. Es ahí, también, donde el dolor colectivo supura a través de aquella zamba hermosa, inoxidable, llamada “Historia del mate cocido”, cuyo arreglo litoralizado a cargo del tecladista es uno de los altos momentos sonoros de la noche. Ahí están esos versos que aporta “La música me ayuda”, cantados --en parte-- por su mismo autor (Gallardo). Ahí están, lúcidas nostalgias que vuelven una y otra vez, titilantes, en “Los días por vivir” o “Actuar para vivir”.

Pero hay momentos cumbre en la noche. Instancias que sobresalen. Ciertas piezas que, por su alto impacto emocional, quedarán registrados por un “algo deben tener” que los vuelve a ubicar en tiempo y espacio. En época. Una es “Dormite patria”, tremenda canción de Abonizio que conjuga letra y música en dosis iguales de belleza. Y es bien de acá. Dormite patria que suena la radio y alguien que te nombre lo dice cantando / quiero llevarte porque siempre es invierno / y no tenés un techo y están los lobos sueltos / Malena, Carlitos Gardel y los caudillos / las madres de los pañuelos / y los hijos de mis hijos”. Estremece. Otra es “La vida es una moneda”, que todo el mundo corea como si los treinta y siete años que median entre el disco que contiene la original (Tiempos difíciles) y hoy, no hubiesen pasado.

Lo mismo con “Mirta, de regreso”, claro, donde Baglietto y Abonizio ensayan un contrapunto vocal impecable. Mientras su autor la rockea con voz ronca de bronca, ríspida, Juan conjura y dulcifica con sus armónicos agudos ¡”Esas voces…. Dios!”, se escucha gritar en la platea. Y sí… esta crónica quedaría huérfana de sentido y forma si no remarcaría que las seis voces del frente se oyen perfectas. Que conviven en absoluta sinergia con un sentido de la belleza, que no se ha perdido en cuarenta años. Que, incluso, destilan un aplomo, una solidez tal vez ausentes ante la vertiginosidad y el delirio de los primeros ochenta. De esos años en que, de tocar para veinte, treinta amigos en algún pub rosarino, estos muchachos pasaron a llenar Obras en Buenos Aires, casi sin que se dieran cuenta. Se notan voces maduras, que se han cuidado mucho con el paso del tiempo. Que, si bien no llegan a las pesadas y pasadas profundidades de “El témpano”, por caso, se las arreglan muy bien para que se note lo menos posible.

Pero no todo fue nostalgia, claro. La noche también se nutrió de otras canciones que hablan de un devenir, aunque disperso, presente: “El árbol”, especie de pop latinoso de Gallardo es una. “Basura en colores” y “El ogro y la bruja”, compuestas por Goldín ya bien entrado el siglo XXI, son otras. También una del otro siglo, pero no tan atrás, que Garré define como una canción de amor a Buenos Aires (“En blanco y negro”). Otra que el comandante Baglietto anuncia como proveniente del Caribe rosarino y delega en su autor (Fander), el mando para empezarla. Se llama “Marina”. Todo y un plus emotivo que engloba. Desde la pluma de Lalo de los Santos, el que ya no está, la trova se alza entera al ritmo amigable y cadencioso del “Tema de Rosario”. En un péndulo múltiple entre pasado y presente; entre letra y música; entre voces y sonidos; va trascendiendo entonces un concierto hermoso, que seguramente quedará inserto, por un buen tiempo, en el lado más nítido de las almas de quienes estuvieron ahí.

Se dice que fue la despedida. Se espera decidida y férreamente que no. 

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