Protágoras sin maquillar

Había estado leyendo a Jorge Jinkis, su libro: El anacronismo interminable. En alguna página, como a cuento de un relato histórico, un suceso o una anécdota, menciona a los “sujetos sin nombre” o “figuras sin rostros” que se multiplican y renuevan a lo largo de la Historia y “cuyo anonimato es el modo cruel de figurar su exclusión.” Existe una fascinación por la búsqueda de los hilos sueltos en el gran tapiz de la Historia que va desde las propuestas contra fácticas a los best sellers conspirativos, una cantera de relatos yace en el fondo mítico de las lecturas y prueba que la literatura está hecha de la desconfianza y la insatisfacción.

Estas divagaciones se abrían paso en mi cabeza cuando cerré los ojos. Supe, en esos breves minutos de duermevela, que había alcanzado un formidable descubrimiento. Siglos como segundos pasaban en un flashback y podía decodificar las entretelas de los textos, no importa cuáles, si sagrados o profanos, históricos o filosóficos. Vi a los viejos sofistas haciéndose cargo de los grandes temas de la época— que son los mismos de siempre: el Hombre, la igualdad, la justicia— revelando algo que iba a escribir aquí. La cuestión emergía llena de celebración poética, atrapada en ese modo de lectura al bies que se desliga de la causalidad aristotélica. Todo se abría ante mí hasta que, prosaicamente, me quedé dormido.

*

No he soñado dormido, así que tengo que andar soñando despierto. El día nace con la visión de un hombre casi reptando por la vereda. Me tropiezo con él al salir de un salón de ventas. Luego, en el semáforo de la esquina de Urquiza y Oroño, oigo las tribulaciones de Darío, el dueño de la ochava, que solicita a los conductores detenidos a las puertas de la ciudad, los cinco mil pesos para su “bono” y mezcla tangos y blues, improperios y groserías más o menos urbanas, según las proporciones alquímicas del Añejo Doble W que lleva oculto entre los fondillos del pantalón. Continúa así a puro reflejo que afortunadamente funciona como radar, como movimiento mecánico para salvarme del pisotón sobre las deposiciones caninas — cada vez más copiosas— de las veredas de la zona, hasta alcanzar el bar donde vengo a fumar y a tomar café, ya librado del deber de escribir una nota extraída de los entresijos de la Historia.

Por suerte, aún no ha llegado él. Miro desde la terraza, aguardo un andar impreso en la memoria que puede surgir de una calle lateral, en cualquier sentido, en cualquier momento. Se me ocurre imaginarlo como a los dioses griegos, con el poder para convertirse en animales o circunvalar la tierra en segundos y dejar una marca en nuestros mortales cerebros, un pensamiento. Eso, un pensamiento— me digo, la necesidad de un pensamiento. Está claro que vine a dialogar con mi amigo Trevisano y que, extrañamente, algo lo retiene en otro lugar. Me descalzo, como es mi costumbre y me dispongo a esperar.

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¿Qué diría Trevisano del género de los sueños? “Ahí está, ¿ve? ya lo ha encorsetado”. “¿A qué?” “Al sueño, en un género”— es posible que dijera y casi me molesta estar solo. Para matizar la espera retomo el curso de los pensamientos. Hay una escena en el libro de Jinkis: Protágoras dialoga con Sócrates y de entrada no más se declara “sofista”, así de una, aguantando la crítica platónica de la mala retórica y la trampa para cazar relativismos que le tiende Sócrates. (A propósito ¿dónde estaba Platón el día del juicio a Sócrates?) Protágoras al desnudo, sin maquillaje, defiende una práctica que no se identifica con ninguna de las artes, “aunque se sirva de ellas para contrariar alguna expectativa poderosa o las complacencias halladas en saberes que desconocen lo que expulsan de sí”. Al recordar este diálogo me doy cuenta que en esa escena está el entusiasmo por la revelación truncada anoche, perdida, olvidada en algún lugar del inconsciente donde quedó escrita en su mejor versión.

Eso me gustaría decirle a Trevisano ahora mismo.

***

Para Jinkis los sofistas son los primeros psicólogos, puesto que el inconsciente no conoce la contradicción y es permeable a las ambigüedades. Yo pienso en escritores como sofistas: en Joyce, en Proust, en Kafka, en Beckett que conocieron en sus novelas el inconsciente, el tiempo, las fenomenologías, antes que los filósofos o los psicólogos. Más adelante (en el libro y en la vida) se podrá ver que el vehículo de estas construcciones es el lenguaje del pasado en el presente, las combinaciones, y la puerta de acceso, el anacronismo, es decir: relatos que diseminan el sentido en una forma ajena a toda causalidad e identidad.

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Creo, empujando un zapato por debajo de la mesa, que Trevisano estaría de acuerdo con estos pensamientos. Si se hiciera presente. Me ha citado hoy aquí, en este bar, estoy seguro.

Descubrir el sinsentido y la relatividad de las cosas, justifica por lo menos la espera. Debo dejar atrás la duda, convencerme de que éste es el lugar que hemos acordado, asegurarme que toda esa gente sea real (toman cerveza, comen, charlan, hasta quizá oigan mis pensamientos, porque pensar también es oír).

¿Es posible que envíe un emisario? Miro otra vez hacia la calle. Lástima, tenía un discurso organizado. Mientras se espera, nada ocurre, pierden el valor las revelaciones. Trevisano no vendrá esta tarde. Seguramente, mañana lo hará.

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