La deuda, el impuesto y la avaricia

Es admirable cómo el Presidente expone y se expone, con frecuencia y en su estilo sereno y paciente, para convencer a propios y extraños de lo que mejor hace: cuidar la salud del pueblo. Es uno de sus grandes secretos: su firme convicción de que siempre es mejor persuadir que imponer. Lo cual practica, y en mejor estilo incluso que el del recordado Raúl Alfonsín, uno de sus maestros y primero en instalar ese verbo en la política argentina.

Esa misma convicción es la que ahora invoca esta columna para insistir en que es necesaria, y urgente, la auditoría de la deuda que el Presidente anunció hace meses para determinar su legitimidad, legalidad y pertinencia.

Hoy cualquiera sabe -–y es oportuno recordarlo un 25 de Mayo–- que esos fondos se los fumaron, fugaron, afanaron o como quiera decirse. Y desde esa certeza se avanzó en la negociación de la deuda y con la bendición del mismísimo Fondo Monetario Internacional, que hasta hace unos meses era el Diablo reencarnado.

Y así hoy -–y no está nada mal–- todo el país está pendiente, y muchos encantados, del posible pago notablemente disminuido de ese endeudamiento que fue autorizado –(durante el macrismo) por el Congreso de la Nación. Salvo, aseguran economistas serios y respetados, "el Bono a 100 años que es el único que se puede discutir porque no estaba el pedido de autorización en el Presupuesto Nacional".

Es claro también -­–e imprescindible–- que esta deuda se siga auditando internamente. Y con urgencia. Porque no se trata sólo de establecer si afuera alguien compró y pagó los títulos que se reclaman. En realidad son títulos de deuda que emitió el Gobierno Nacional; por ende hay que pagarlos. Tal el razonamiento que le da fuerte sentido a las negociaciones que encabeza el ministro Martín Guzmán.

Pero sucede que para algunos ignorantes de la llamada “ciencia” económica, este razonamiento hace un poco de ruido. Porque está muy bien que la negociación se haga con los acreedores, sean fondos buitres sólo interesados en demandas judiciales millonarias en tribunales norteamericanos, sea el FMI. Y está mejor aún que se negocie como lo hace nuestro Presidente, un poco a lo chino, es decir de manera firme, paciente y clara, y de la mano de un ministro sorprendente.

Sin embargo –-Eppur si muove, dijo Galileo–, con eso no se termina la cuestión, porque falta auditar adónde fueron esos dineros. Y ése es el quid de la cuestión. Porque los nombres recién empiezan a aparecer y sólo una auditoría seria y profunda permitirá establecer las responsabilidades de los fugadores. Lo cual es fundamental para sentar criterios en el inminente debate por el impuesto a las grandes fortunas, que obviamente fueron las beneficiarias de la timba financiera en el gobierno anterior.

El momento es más que propicio, entonces, para apurar las auditorías. Es urgente y para antes de entrar en debate el impuesto a la riqueza desmesurada, pues [email protected] sabemos que entre los 10 o 15 mil apellidos o sociedades que nos tienen agarrados de las verijas están los "fugadores" de esos 350.000 millones de dólares que atormentan a la Argentina. Y que desde el vamos se beneficiarán por el bajo monto del previsible impuesto: pagarán, si acaso, el 1 o 2 % y por única vez. Lo que es un absurdo premio a la avaricia local, cuya actitud evoca el precioso cuento de Oscar Wilde del joven rey que soñó el encuentro de la Muerte con la Avaricia en un bosque oscuro, de animales horribles, frutos extraños y flores venenosas. Vio afuera una multitud de hombres que trabajaban como hormigas, haciendo hoyos profundos en el suelo y rompiendo las rocas con grandes hachas, mientras otros escarbaban en la arena.

La Muerte le dijo a la Avaricia: "Dame una tercera parte de ellos, y me iré".

La Avaricia negó con la cabeza: "No, son mis siervos".

Entonces la Muerte le preguntó: "¿Qué tienes en la mano?"

"Tengo tres granos de trigo; ¿qué te importa?"

"Dame uno para plantar en mi huerto --dijo la Muerte--, sólo uno y me iré.

"No te doy nada", dijo la Avaricia, y escondió la mano.

La Muerte lanzó una carcajada y tomó una taza, la introdujo en un charco de agua e hizo que de la taza se levantara la Fiebre Palúdica. Con ella caminó entre la multitud, y la tercera parte de ellos quedaron muertos.

La Avaricia vio, desesperada, que morían sus esclavos y llorando gritó:

-Has matado la tercera parte de mis siervos. ¡Vete!

-No --respondió la Muerte--, no me iré mientras no me des un grano de trigo.

Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes: "No te doy nada" repitió, y entonces la Muerte lanzó otra carcajada y agarró una piedra y la lanzó hacia el bosque. De la maleza salió la Fiebre en traje de llamas, atravesó la multitud y mató a cada hombre que tocó.

La Avaricia temblaba y reprochaba: "Eres cruel y horrible. Vete adonde te necesitan, y déjame mis siervos.

--No --respondió tranquilamente la Muerte--; Si no me das un grano de trigo, no.

--No te doy nada --dijo la Avaricia--. Nada!

Y entonces la Muerte soltó otra carcajada y silbó por entre los dedos, y por el aire vino volando una mujer. Su nombre era "Peste" y lo llevaba escrito en la frente, mientras millones de buitres flacos volaban en torno hasta que ningún hombre quedó vivo.

La Avaricia huyó entonces, gritando a través del bosque, y la Muerte subió sobre su caballo rojo y partió al galope. 

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