¡Splash!

Desde su Australia natal, Brad Walls –reputado fotógrafo aéreo que enfoca su trabajo “en la simetría y las líneas guía”– ha querido apreciar la belleza geométrica del nado sincronizado, como previamente lo hiciese capturando en lo alto y por lo alto a gimnastas, tenistas, bailarinas de ballet. Valiéndose de un dron, surgió Water Geomaids, su última serie, que a su decir pretende subsanar “la notable falta de imágenes que capturan las formas y los patrones creados por nadadoras sincronizadas”. A conciencia, Bradscanvas –tal es su mote artístico– planeó entonces por anticipado qué quería que dibujasen sus sirenas en pleno momento acuático, bosquejando rutinas con la asistencia de una experta en la temática, la excompetidora Katrina Ann, que antaño participase en torneos de primerísima línea. Ella ayudó al muchacho a armar coreografías que lograsen el cometido: enfatizar los motivos geométricos, poner el acento en la capacidad de estas deportistas de generar círculos, triángulos, cuadrados, rombos, etcétera. Hasta quince veces repitió cada rutina el equipo femenino de natación sincronizada de Sídney que, con entusiasmo, accedió a participar del proyecto, luciendo prístinas mallas blancas, en ocasiones sosteniendo sombrillas, extendiendo con pericia sus extremidades en pos de lograr los patrones pretendidos por el artista con los que –a su entender– “comienza la propia compresión de la vida”. No le costó convencerlas de hacer una y otra vez los movimientos en tanto “están acostumbradas a pasar horas y horas del día trabajando para conseguir la perfección”. Meticulosidad aparte, admite el australiano que deja un poquito de espacio para la espontaneidad en cada sesión, a sabiendas de que “siempre habrá un encuadre no planificado que salga increíble y que no se hubiera podido adelantar; de eso, al final del día, se trata el arte”. Y ya está.

Lo peor de lo peor

A diferencia de la vasta mayoría de los concursos de canto, un programa en ciernes está a la pesca de concursantes que no encandilen con sus voces privilegiadas; por el contrario, quieren a personas que chillan en la ducha, pero –ojo– sin intención de mofarse de sus poco agraciados caños. “Quedan invitados los peores cantantes de Reino Unido e Irlanda a participar de nuestra nueva serie, Anyone Can Sing, que se emitirá a finales de este año”, invita la señal Sky Arts, cuya iniciativa tiene serio basamento: trabajarán codo a codo con la Ópera Nacional Inglesa (ENO, por sus iniciales originales), prestigiosísima compañía que se ocupará de encauzar a los seis valientes que, durante tres meses, se esforzarán para sostener media nota. Serán acreditados profesionales de la lírica quienes les den clases de tutto, desde técnica vocal hasta interpretación, para así concretar la premisa del show: de contar con correcta guía, cualquiera –incluso el más terriblemente desafinado– puede aprender a cantar decentemente. Cuenta Edgar-Jones, director del canal, que la idea surgió durante una charla con ENO, discutiendo los beneficios de su programa Breathe, que ayuda a personas que están en recuperación poscovid con sus problemas de respiración y ansiedad: “Durante esa conversación, hicieron la audaz afirmación de que podían enseñar a cualquiera a hacerlo decentemente bien. Les dije que si yo me pusiera a cantar, escaparían por las colinas, me rogarían de rodillas que pare, pero ellos me aseguraron que podían lograrlo”. Et voilá Anyone Can Sing, experimento que no solo busca lograr lo aparentemente imposible: quiere además mostrar los beneficios en salud física y mental del canto. “Es una actividad muy atlética, con cantidad de músculos en juego”, ofrece el tenor Nicky Spence, uno de los entrenadores fichados, para el que no existen causas perdidas; o al menos, no tan perdidas como se pensaba.

Van Gogh en tu nariz

No solo de postales viven las tiendas de regalos de galerías, y el Van Gogh Museum, en Ámsterdam, no es la excepción a la extendida regla, emperifollando cuanto ítem venga a la cabeza con motivos de cuadros del afamado pintor. A disposición: pendientes, floreros, acolchados, papel tapiz, tablas de skate, abanicos y obviamente mascarillas, entre un sinfín de artículos a los que pronto se sumará un peculiar producto. A partir de agosto, anuncia la pinacoteca, habrá además perfumes inspirados en obras del estimado Vincent, que actualmente está desarrollando la marca de fragancias británica Floral Street con sus maestros perfumistas. Aunque no hay aún precisiones acerca de qué pinturas están oficiando de musas, cabe suponer que no sea la mejor de las opciones que narices interpreten eximias piezas como La habitación en Arles o Autorretrato con la oreja vendada en clave aromática. Gozan, sin embargo, de sobrada materia prima con la que trabajar: acaso La noche estrellada pruebe ser difícil para condensarse en frasquito alusivo, no así la celebérrima serie de girasoles, flores que en la natura proveen de aroma fresco y suave. Asimismo Almendro en flor, Jarrón con amapolas, incluso Campesinos comiendo patatas parecen buenas alternativas para la fragante adaptación; hasta Café de noche, de dejar volar los perfumistas un cachito la imaginación hacia granos tostados; nunca torrados, hagan el favor... “La intención es ofrecer una forma nueva, diferente de experimentar el arte de Van Gogh”, ha dicho Emilie Gordenker, directora general del museo, a tono con los tiempos que corren: nótese que, solo en los Estados Unidos, a razón de 50 shows inmersivos hoy día invitan a zambullirse en la obra del posimpresionista neerlandés en forma interactiva. Por lo demás, recuerda la web especializada Artnet que no es la primera vez que museos experimentan con aromas: en 2015, el propio Van Gogh Museum organizó una muestra para no videntes que incluía elementos olfativos; y prepandemia, el Louvre creó ocho perfumes basados en sus obras maestras. No se olvida, claro, de mencionar al proyecto Odeuropa, que promete recrear olores históricos para exhibir diversos tufillos de siglos pasados.

Viejos son los trapos

Puede que, durante cinco décadas, sus populares párvulos nunca crecieran: ni Charlie Brown ni su pandilla ni el fiel beagle Snoopy, protagonistas de una de los cómics más queridos de todos los tiempos. Lo cual no quita que el historietista Charles M. Schulz, genio detrás de las tiras de Peanuts, no incursionara en el universo de quienes están a más de un palmo del suelo. De eso dará cuenta Adults by Schulz, inminente muestra que inaugurará el 17 de junio, en Santa Rosa, California, centrada en “el mundillo adulto”, montada en el Charles M. Schulz Museum, que permitirá recorrer obras menos conocidas del adorado artista. Por caso, primeras obras publicadas en el Saturday Evening Post; la serie Young Pillars, de un solo recuadro, con moralina cristiana, con personajes adolescentes; también It's Only a Game, vinculada a los deportes, creada en colaboración con Jim Sasseville, que desarrollaron en tándem entre 1957 y 1959. Dicho lo dicho, lo que genera especial entusiasmo entre los muchos aficionados a su trabajo es la guinda del postre de esta esperada expo: una historieta de los años 50s con apenas siete entregas, que Charles tituló Hagemeyer, en homenaje a un amigo cercano que sirvió junto a él en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Normal la expectación visto y considerando que ¡extra, extra!, de las siete tiras, tres son completamente inéditas para el gran público; jamás han pasado por la imprenta ni han sido exhibidas en muestras. Se daban por perdidas, de hecho, pero fueron halladas y subastadas en mayo de 2020. Desde el descubrimiento, por supuesto que buena parte de la prensa ha caído en el facilismo de la comparación (odiosa), subrayando presuntas similitudes entre Hagemeyer y Peanuts. “Irascible, autoritaria y ruidosa, la gerente del almacén, la Sra. Hamhock, fácilmente podría ser la némesis de Charlie Brown, Lucy van Pelt, adulta. Y no es difícil ver a Elmer Hagemayer, un trabajador dócil y complaciente cuya alegría y optimismo proporcionan un contrapunto a la brusquedad de la Sra. Hamhock, como un Charlie Brown adulto”, ha señalado –como tantos otros– el Guardian inglés. En charla con el Washington Post, empero, Jean Schulz, viuda del caricaturista, explicó que “es un misterio para mí si mi esposo pretendía que fuera una continuación de Peanuts”. Más terminante ha sido el experto Benjamin Clark, curador de Adults by Schulz, para el que no existe conexión alguna, y Hagemayer debería ser disfrutada como lo que es: una obra independiente. Obra independiente que sirve como observación de costumbres de su tiempo: en una pieza, por ejemplo, Elmer usa equivocadamente el preciado café molido de la superior, un lujo para la era de posguerra, como aromático compuesto para limpiar pisos. Lo cierto es que Hagemayer fue una de las varias ideas que Sparky, como le decía su círculo cercano, nunca concretó como hubiera querido, rechazada por United Feature Syndicate, distribuidor global de su trabajo, que rogaba encarecidamente al autor que se concentrara en el éxito asegurado que había conseguido con Snoopy y compañía y no intentara diversificarse.