INTERNACIONAL
El precio del fetiche
Año a año, diversos rituales de regeneración marcan el comienzo de la primavera en el Hemisferio Norte. Uno de ellos es la competencia para la elección de International Mister Leather, cada vez más agobiada por los fantasmas del capitalismo, que se celebra en Chicago. Soy estuvo presente catando cueros.
Imagen: Sebastián Freire

Desde Chicago

La multitud

La temporada hot de Chicago funciona entre dos festividades: Memorial Day (lunes 29 de mayo, este año), el primer fin de semana largo que anticipa la primavera y Halloween, que inaugura el otoño y abre las puertas del infierno (es decir: del invierno).

El lobby del Congress Plaza Hotel en el centro de Chicago estaba, como era de esperarse, atestado de asistentes a la edición 2017 de la competencia International Mister Leather que, basada en criterios cada vez más oscuros, elige al rey anual del fetichismo del cuero. En los pasillos de la planta baja, en los salones del hotel, en el tercer piso, las multitudes deambulaban de aquí para allá, luciendo sus arneses, sus glúteos, sus pectorales peludos (oh sí, en esta edición la pelambre cotizaba alto), sus botas y sus progresivas borracheras. Durante cuatro días, las puertas de ciertas habitaciones estuvieron abiertas (y así lo anunciaban las páginas de contactos) a quien quisiera pasar para descargar su stress o su renovada potencia primaveral en el indiferente recipiente del huésped del hotel (por lo general, con los ojos vendados).

En los quioscos instalados en cada rincón disponible, la compraventa de artículos relacionados con el cultivo del estilo de vida “cuero” y más en general la festichola con cotillón, alcanzaba niveles delirantes (tanto por los precios como por la velocidad del intercambio). La habitación más concurrida (porque era la que más y mejor habilitaba al manoseo distraído) era donde se exhibían los dildos de última generación, de inverosímiles tamaños y textura tan “realística” que en el silencio sólo se escuchaba un coro de suspiros de boca de fresa.

Los lobbistas

Por supuesto, una vez que el ojo se acostumbró al régimen perceptivo que el evento proponía, comenzó a fijarse en las personas vestidas, que resultaban las más escandalosas. Son, claro, quienes trabajan en y para el evento, haciendo prensa, organización o lobby. 

Acorde con su posición política en los Estados Unidos, The New York Times hizo campaña en favor de Ali Mushtaq, un paquistaní-americano de Los Ángeles, el primer concursante musulmán en toda la historia del evento. Pero no es en relación con esos altos ideales que se dirimen los ganadores.

El triunfador resultó ser Ralph Bruneau de California, un actor que se presentó a la competencia esponsoreado por la asociación Gay Naturists International (GNI) que le había dado la corona GNI Leather 2016.

Mucho antes de que se conociera el resultado, la promoción de campamentos nudistas (en Wisconsin, en California, en el Estado de New York, en los Everglades) era abrumadora.

La vida homosexual masculina norteamericana se parece cada vez más a un gigantesco crucero temático, cuyos desplazamientos en masa se inducen a través de eventos como IML, donde gana quien ofrece el mejor recorrido para los negocios del verano.

El fetichismo

Como se sabe, para Karl Marx, el fetichismo de la mercancía es un proceso más bien misterioso que participa de un registro fantasmagórico. El fetichismo suprime el carácter social de las cosas producidas por los hombres y lo proyecta como si fuera una  propiedad material propia de la cosa, transformada en mercancía. El resultado del fetichismo aniquila la relación entre las personas, poniendo como actor principal la cosa, desprovista de todo significado social en el proceso de intercambio. Tanto Marx como, posteriormente, Freud, tomaron la noción de la etnografía, donde el fetichismo es una forma de creencia en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos. El maestro de Viena denominó fetichismo a la relación erótica desplazada hacia un objeto (el zapato, ejemplarmente) o la parte del cuerpo de una persona (los pectorales o los despreciables músculos abdominales). 

Severo Sarduy derivó de esas lecturas un elogio del fetichismo (por la vía del tatuaje) al señalar que éste permite “desmentir la ilusión antropomórfica, el engaño de un cuerpo iìntegro”. El fetichismo cita la escena “del demembramiento nocturno, de la ceremonia saìdica, la preparación del doble infernal”, es la “presentacioìn o materialización -como se dice en brujería de un fetiche, en el sentido etimoloìgico del teìrmino: del portugués fetiço, lo hecho, el hacer que se ve”. Sea. Con gusto suscribiríamos esas hipótesis en relación con rituales primaverales de regeneración, la potencia de la tierra y el tamborileo enloquecido de cuerpos orgiásticos alrededor de una fogata. Pero el capitalismo, que es de una astucia que hiela la sangre, ha conseguido convertir en mercancía incluso al fetichismo, esa fantasmagoría o desplazamiento del deseo. La festividad se resuelve en un Leather Market y la magia y la brujería del fetiche renuncia a su potencia en favor de una sexualidad cada vez más administrada. La signatura que los cuerpos exhiben en IML ya no se relaciona con los astros, ni con la tierra, ni con las comunidades flotantes ni con el deseo. La signatura dominante es la del precio y a nadie se le ocurriría pensar si tal o cual tendrá una buena performance sexual porque lo que importa es encontrar el propio lugar en un escaparate. 

Superpoderes

La potencia de la causa leather (con sus imaginarias mazmorras, sus sacrificios rituales controlados y el chasquido del cuero sobre la carne trémula) parece haberse agotado y arnés es ya un básico del armario de la loca. Un poco por eso, la edición 2017 de IML incluyó una matinee de superhéroes (esa abominable invención). Durante dos horas posaron para las cámaras una multitud de Batmans, un Red Robin, una Lilu, varias Sailor Moons, algunos (pocos) Supermans, Flashes para todos los gustos. El sondeo de marketing resultó positivo: la edad promedio de los cultores de la doble identidad y los poderes aumentados era mucho menor que la de los cultores del cuero, cada vez más parecidos a lo que Leo Bersani alguna vez caracterizó como una comunidad de rotarios. Los quioscos por venir pasarán seguramente por versiones cada vez más gay de las clásicas COMIC-CON (no es casual que el prestigioso matutino La Nación comience a vender figuras oficiales de superhéroes con su edición de los miércoles: ¿quién lo hubiera supuesto?) o, en los márgenes de las ciudades, campamentos nudistas que poco tienen que ver con el naturalismo utópico, contracultural y anticivilizatorio que cultivaron los jóvenes en las primeras décadas del siglo XX (y contra los cuales, qué duda cabe, se levantaron los estados fascistas). 

Los muchachos que nos venden la verdura en el Parador Fruit de Moreno, porque pescaron alguna foto del evento en Facebook (otra invención espantosa), nos dijeron que quieren ir el año próximo. Les dijimos que vayan, claro, como quien recomienda ir a la Fiesta del Tomate o al Salón del Automóvil.

De fetiches neutralizados por su conversión (¡al cuadrado!) en mercancía estamos ya un poco hartos. Investigaremos los campamentos nudistas porque Soy debe estar allí donde exista la posibilidad de que algo pase, de que algún acontecimiento desbarate la estrechez de los horizontes que organizan los comportamientos de las multitudes. Pero iremos guiados por Kafka (nudista, vegetariano y célibe), quien decía que “hay esperanza en el mundo, pero no para nosotros”.

Sebastián Freire