El alma rusa, el gusto francés
Cuando lo descubre entre los años 1906 y 1912, apenas lo registra en sus célebres Diarios, pero no por eso Dostoievski deja de ser una presencia fuerte y una corriente turbulenta que entra a la vida de André Gide con ímpetu, dejando huella. Testimonio de ello es Dostoievski (Ediciones del susbsuelo), una serie de artículos y conferencias que revelan el impacto de lectura del gran novelista sobre un Gide que poco a poco se deja ganar por el conflicto existencial del alma rusa.

En lo que va de 1906 a 1912, los años en que descubre a Dostoievski, André Gide apenas lo menciona en su diario. Sus entradas registran situaciones culturales, novelas, poemas, óperas, viajes, encuentros con amistades más o menos famosas, la afinidad y el disenso con Paul Valery, que puede anularlo, la relación tensa con Paul Claudel, la afectación y el egocentrismo de Giovanni Papini, la actuada intensidad de Gabriele D’Anunzio, la distancia enigmática de Stefan George. La mundanidad de Gide apabulla. En sus diarios predomina con exquisitez el respeto a las formas aún en los patinazos existenciales. Si bien abundan sus raptos neuróticos, ganan la crónica de vida intelectual, las desavenencias y coincidencias en el ambiente parisino. El cuidado de la frase, la creación del clima en cada estampa, cada retrato, son sus dones. El registro de costumbres, por su lado, remite a un tiempo donde la elegancia se trasunta en una sutileza del lenguaje, que es de clase. Su diario es no sólo uno de los más voluminosos y paradigmáticos del género. También deviene entretelón de la inquietud de un escritor en busca de sí mismo, y como en todo diario de escritor, no faltan el bloqueo y el recelo en la detección de un tono propio, además del previsible afán de quedar bien en la foto póstuma.

Dostoievski, con su turbulencia emocional y su desgarramiento, personalidad antitética a la del francés atildado, se plantea como un ejemplo salvaje y visceral explorador del yo para quienes deciden llevar un diario. Lector agudo, sensible, Gide no podía menos que dejarse seducir por su lectura intempestiva. En su vastísimo arco de intereses de típico intelectual francés, Dostoievski irrumpe huracanado, lo arrebata de sus anotaciones frívolas,de los devaneos y vacilaciones y le detona una apasionada serie de artículos y conferencias, material que leído hoy se presenta como introducción lúcida a la obra del ruso y ahonda en aquellos temas que no perdieron vigencia: la libertad y sus límites, la cuestión de la pena de muerte, la enfermedad como vía cognoscitiva y problema moral, el amor a los otros.

Gide aborda a Dostoievski a comienzos del siglo XX, cuando sus  novelas comienzan a divulgarse en Francia. Las traducciones son torpes y tratan de ser amables con los remilgados lectores franceses. Algunas se ofrecen en versiones condensadas. Otras, con los títulos cambiados. Los editores encuentran en Dostoievski un autor atractivo pero, con ese temperamento tumultuoso, es “demasiado ruso” para el gusto francés. Apartándose del prejuicio, Gide se adentra en su obra a partir de una versión teatral de Los hermanos Karamazov. El primer acercamiento profundo al mundo dostoievskiano lo hace a través de su correspondencia. A medida que se interna en su narrativa, observa que no es Tolstoi, como se había pensado hasta entonces, la cima de la novela rusa. “Uno espera encontrarse con un dios y aparece un hombre, enfermo, pobre, siempre esforzándose y singularmente desprovisto de esa pseudocualidad que él reprochaba a los franceses: la elocuencia. Para hablar de un libro tan descarnado (Gide alude a la correspondencia) intentaré dejar a un lado cualquier otro sentimiento que no sea la probidad. Si algunos esperan encontrar en esas líneas arte, literatura o algún divertimento para el espíritu, les aconsejo vivamente que renuncien a esta lectura”. Una cita de Nietzsche, que se había deslumbrado con Memorias del subsuelo, acude como refuerzo de sus ideas: “Dostoievski, el único psicólogo del que yo he tenido que aprender algo. Uno de los más bellos golpes de suerte de mi vida, aún más que el descubrimiento de Stendhal”. 

Más de una vez se ha señalado que en Dostoievski el origen de la epilepsia data del instante del fusilamiento, que sería providencialmente indultado ante el pelotón de tiradores. Pero hay antecedentes de la enfermedad mucho antes de su participación entre los conspiradores de Petrashevski y la condena a muerte. También se ha conjeturado que su intervención como activista revolucionario fue relativa: se debió más a la curiosidad y la búsqueda de documentación para ser utilizada en la ficción que el propósito subversivo. Después del perdón del zar, Dostoievski es enviado a Siberia donde pasará años de calvario. Aquí, otra consideración suya: “En la cárcel no hay animales salvajes sino hombres, tal vez mejores que yo, quizá más dignos”. La convivencia con asesinos y ladrones, lejos de desbarrancarlo en la autocompasión lo enaltece inclinándolo a la beatitud. Cuando le enseña a leer a un penado joven, se maravilla con la gratitud del otro. Dostoievski se relaciona con la ralea social como uno más, solidario, sin dogmas ni reticencias. Es uno más, un cristiano más. Y se comporta con una entereza sufrida que despierta la devoción de los presos. Está convencido de que Dios le asignó este destino. Su pasaje por “la casa de los muertos”, medita, se trata de un aprendizaje de la pureza. A Gide le llama la atención el empecinamiento de sus personajes - rasgo también de Dostoievski-, la búsqueda de una ansiada pureza que conecta con la santidad, pero en su terrenalidad más absoluta. Es en los pequeños gestos donde se cifrará su literatura, pero en esos pequeños gestos, así como en la subordinación a los detalles,  se vislumbra la angustia que arrastra a hombres y mujeres a actos sin retorno. “En cuanto salga empezaré a escribir. He vivido mucho durante estos meses, y en el tiempo que tengo todavía por delante, cuántas cosas veré y experimentaré. No me faltará material para escribir enseguida”. En prisión se le ha revelado no sólo el dolor como categoría existencial: se le ha revelado el “alma rusa”, el pueblo y su humildad. 

Gide lo deja claro de entrada: no es su propósito escribir una biografía. Más bien se inclina hacia la semblanza y el ensayo, como lo hizo con Oscar Wilde. En la naturaleza de Dostoievski, está convencido, subyace un secreto que se propone revelar leyéndolo y releyéndolo. Estos artículos y conferencias, que a veces parecen redundar, en cada uno de sus movimientos hacia atrás toma envión y cala en un algún aspecto que hasta entonces se le había pasado por alto. En este sentido, la recopilación de estos escritos, con sus subrayados enfáticos, funciona como otro diario, uno que es de lectura. En Gide sorprende y admira la preocupación por difundir la narrativa de un escritor extranjero, un indispensable que socava los parámetros de la novela francesa. “Qué lejos estamos de Balzac y de su generosa imperfección”, afirma Gide. “¿Acaso el propio Flaubert conoció esa dura exigencia de sí mismo, esas luchas encarnizadas, ese desmedido exceso de trabajo? No creo. Su exigencia es únicamente literaria, y si los avatares de su labor protagonizan sus cartas es porque a Flaubert le apasiona su trabajo y, aunque no se vanagloria de ello, se enorgullece. Flaubert suprime todo lo demás porque considera que la vida es ‘una cosa horrible y la única manera de soportarla es evitándola’. En cambio, Dostoievski no suprime nada. Tiene mujer e hijos y los quiere”. Otra diferencia entre la literatura francesa y Dostoievski, marca Gide, es la escasez de niños en la primera. En el escritor ruso no sólo abundan los niños sino que son objeto de preocupación. La mengua de niños en las ficciones francesas, observa Gide, se debe probablemente a “una cierta incomodidad ante lo que aún no se ha formado”. La infancia es un estado de inocencia original que más tarde se envenena o bien es víctima de los adultos y sus caprichos: allí están Stavroguin y el acto gratuito, la violación de una niña, disparadores de su célebre confesión. La complejidad de sentimientos es constante. Otro ejemplo, la poligamia de sus personajes. Un ejemplo nomás: Mishkin ama igualmente a Aglaya Epachin, una joven acomodada y formal y a Nastasia Filippovna, la heroína de la vida. Es decir, el amor espiritual y el carnal. O, si se lo prefiere, un amor convencional y uno transgresor.

 Al salir de presidio Dostoievski escribe: “Al menos he vivido, he sufrido pero aun así he vivido”. Es más, juzga su pasaje por Siberia como un tránsito sanador de su “enfermedad mental”, como la denomina. A la vez, si para Stendhal la novela se define como un espejo en movimiento, para Dostoievski el espejo, si algo refleja es el abismo íntimo. Gide lo subraya: en Balzac no hay abismos. A Dostoievski, en Siberia, lo ha ganado la creencia de que el pueblo ruso, a través de su humildad, tiene una misión especial. Sus personajes cometen abyecciones y se humillan, se confiesan y confían que en esta tentativa de ser absueltos, como el condenado a muerte,  se librarán de la culpa. “Bueno, usted me ha humillado”, dice un personaje. “Pues bien, yo mismo me humillaré todavía más”.

 La experiencia de la pena de muerte es trascendental en la comprensión de Dostoievski. Será la catalizadora de numerosas reflexiones a lo largo de su inmensa narrativa. La ejecución, como el asesinato (¿acaso no son lo mismo?), el adueñarse de una vida, ya sea mediante el crimen o la extorsión que impone el sometimiento, son detonadores claves para pensar la existencia de Dios y la libertad. Dios es central asimismo en la resurrección del pueblo ruso: “La meta de todo movimiento popular, en cualquier pueblo y momento de su existencia, es únicamente la búsqueda de Dios”, escribe. En Los demonios se anticipa a la revolución bolchevique. Profético, la anticipa: “Habrá un estrépito como el mundo no lo ha visto hasta ahora. Rusia se verá sumida en tinieblas, la tierra llorará por sus antiguos dioses”.

El asunto de la santidad lo atribula. Varios de sus personajes, tanto Mishkin, el príncipe idiota, como el stárets Zósima y Aliosha Karamazov la rozan. Pero no hay que confundir santos con  santurrones. Sus iluminados conocen el deseo, pero también su represión. La tirantez siempre se respira ahí. Gide, en este punto, asocia a Dostoievski con Blake: “El deseo contenido engendra la peste”, anota el poeta inglés maldito en los “Proverbios Infernales” de El matrimonio del cielo y el infierno. La pregunta nodal en esta introspección es dónde se aloja el Mal. Una respuesta que sugiere Gide es que en su obra “lo que se opone al amor no es tanto el odio como darle vueltas a la cabeza”. Sigue Gide: “No pretendo decir que la voluntad y la inteligencia de los personajes de Dostoievski sólo ejerzan el mal, sino que, incluso cuando se esfuerzan en hacer el bien, la virtud que alcanzan es una virtud orgullosa que los lleva a la perdición”. Y es entonces cuando sus personajes acceden a Dios, cuando renuncian a su inteligencia, cuando abdican de su voluntad, cuando renuncian a sí mismos.

“No es a la anarquía hacia donde nos lleva Dostoievski”, puntualiza Gide, “sino al Evangelio. La doctrina cristiana, tal como está contenida en el Evangelio. Sin embargo Dostoievski profesa verdadera aversión por las iglesias y en particular, por la Iglesia Católica. No conozco a ningún otro autor más cristiano y, al mismo tiempo, menos católico”. Extremando el razonamiento Gide aventura: “Si no es a la anarquía a donde nos lleva, entonces es hacia una especie de budismo”.

  Si la aspiración dostoievskiana es el insight místico, la epilepsia, el mal sagrado, es el camino de acceso. Hay un epiléptico en cada uno de sus grandes libros. Mishkin reflexiona sobre su enfermedad y sus visiones: “Uno no perdona nada, porque no tiene nada que perdonar. No es amor. Es algo superior al amor. Y lo más atroz es que todo es tan terriblemente claro, ¡y que goce! Si durase más de cinco segundos, el alma no podría resistirlo y tendría que perecer”. Gide advierte: “En el origen de toda gran reforma moral, si buscamos bien, encontraremos un pequeño misterio fisiológico, una insatisfacción de la carne, una inquietud, una anomalía. Todo reformador es un desequilibrado”. Apunta Gide: Mahoma era epiléptico, al igual que los profetas de Israel, así como Lutero. Sócrates tenía su demonio. Pascal la misteriosa “espina de la carne”. Rousseau, su locura. Lo que Gide plantea no sólo es que no existe obra de arte sin la participación demoníaca. También que la asunción de la enfermedad tiene que ver con una cuestión moral.

 A Gide lo impresiona, además de la sencillez y la modestia de Dostoievski, su atormentada obsesión por el oficio, que lleva adelante a pesar de las desgracias personales, el alcoholismo y las deudas de juego. En una carta a su hermano, Dostoievski reflexiona: “¿Qué es esa teoría tuya de que un cuadro  debe pintarse una sola vez? Si los versos de Pushkin son lo que son se debe a que empleó mucho tiempo en corregirlos y pulirlos. Nada de lo que se escribe a vuelapluma está maduro”, sostiene. Hay que consignarlo: Dostoievski no escribe cartas por placer. Sus mejores horas las dedica a la literatura y no al epistolario, que es tan prolífico como fatigoso. “No sé escribir cartas”, dice. “No sé escribir acerca de mí, no sé escribir con mesura”. Tampoco hay “mesura” en su biografía, tal vez más popularizada que su obra, a la que es recomendable volver una y otra vez, una y otra vez, indagando “el corazón como campo de batalla”.