Asustados e impotentes

Las consultas, durante estos últimos cinco o seis años, fueron transformando sus contenidos. Reiteradamente se presentaban parejas que argumentaban violencia de género culpándose recíprocamente; la mujer, informada con los temas que el feminismo ha insertado con pasión y rigor,  defiende sus derechos en una entrevista; el varón argumentaba: “Cualquier cosa ahora es violencia de género, me acusa permanentemente como si yo fuera un violento. Tenemos discusiones como toda pareja, nada grave…”. Por su parte,ella me explicaba: “No son simples discusiones. Le reprocho porque no se ocupa del nene, me tengo que encargar de todo.” Exasperado, él le retrucaba: “Vos tenés más tiempo, si te dedicaras un poco más al nene en lugar de tantos cursos y cursitos, todo el tiempo estudiando no sé qué cosas…”

Ella: “Sabés muy bien que estoy estudiando, no te hagas el boludo…” Frase que desató la furia del marido: “¡Siempre me insulta!” Ella: “No es un insulto. Es una frase común.” El: También el nene me llama boludo porque vos le das el ejemplo…”

El diálogo, con tonos subidos, lograba la vigencia de una típica discusión matrimonial delante de una profesional que era posicionada como testigo fértil para dilucidar quién tenía razón. 

Sin duda existe una violencia en la que se transgreden los límites que distinguen y diferencian a las personas entre sí, para organizar, en cambio, una mescolanza de gritos e insultos, donde arde la sinrazón y el odio. Aunque sea momentáneo. Que así son los odios entre las parejas que viven juntas y a veces también se aman.

Transgreden la frontera instaurada por la convivencia donde se cría y educa un niño que, según recomendamos los psicólogos, “precisa límites” para entender qué significa ser un hijo, en realidad, tener padres.

El punto de inflexión de estas parejas reside en un hijo que no titubea en consagrar la boludez de su padre mientras la madre lo identifica como tal y el varón acata la calificación reclamando modestamente.

La escena podría narrarla al revés, habiéndola escuchada con los papeles cambiados: el varón, conjuntamente con la hija, certifican que la madre es una boluda y ésta lo acepta como si el calificativo formase parte de su pastel de boda y lo digiere con naturalidad.

¿Dónde encuentro que las consultas cambiaron sus contenidos? Hace diez o quince años las consultas –además de las que encerraban “problemas de pareja”– mostraban claramente “problemas entre padres e hijos”. En la actualidad, esos problemas ocupan un lugar fenomenal, pero surgen encubiertos por violencias de género, es decir, negando que un niño no puede insultar a su padre o a su madre mientras cualquiera de ellos permanece pasivo como si se tratase de “algo que hacen todos los chicos”. De donde, tirando de este hilo, nos encontramos con que el consultorio retorna a los conflictos que durante décadas expuse en Escuela para Padres, pero con otros padres y con otros niños. Y asomando en superficie, claramente, el grave problema de la autoridad en el ámbito familiar, que resulta de quien cada persona sea, como lo diría Bordieu “La autoridad siempre es percibida como una propiedad de la persona.”

Los chicos actuales padecen una dolorosa carencia de autoridad parental. Sus padres son boludos y boludas y los hijos deben tolerar esa minusvalía que aquellos les certifican con su tolerancia y con el miedo que les tienen. Miedo de que los hijos se enojen, miedo de ser injustos, miedo de no tener razón. Miedo de ser autoritarios, prefieren el insulto canchero y amical, confundiéndose y pensando que mejor es ser amigo de sus hijos.

Si bien la palabra boludo tiene raigambre histórica (eran quienes agitaban las boleadoras que se usaban en la guerra de la Independencia) su vigencia social indica torpeza y bordea el insulto; aunque su uso se ha familiarizado está muy lejos de indicar un elogio. Vivimos en la naturalización de boludo-boluda como latiguillo que acompaña cualquier frase cotidiana, pero en boca del hijo hacia el padre o la madre indica insulto, desvalorización y la vivencia del hijo de una cierta superioridad moral del niño respecto del progenitor descalificado porque asume el epíteto como algo lógico. 

La pareja consulta creyendo que padecen violencia de género (que sin duda utilizan) pero aplican una violencia previa, la generacional: la generación de los adultos carece de la autoridad necesaria para que los hijos crezcan tranquilos. Los chicos los clasifican como boludos esperando que dejen de serlo, es decir, que no toleren ser insultados. Lo cual arrastra otras  limitaciones necesarias  que son imprescindibles para convivir y que exceden el lenguaje.

Las consultas relacionadas con violencia familiar existen y es prioritario trabajar con ella ya que privilegia la violencia contra la mujer y no corresponde utilizarla para silenciar la impotencia ante los hijos. 

Las consultas ocultan su verdad al oficializar una violencia de género que es una socialización de la vida de la pareja para llevarla a la consulta pero, escamotean su propia verdad. Es la que los hijos ponen a prueba cuando con sus conductas evidencian que son dependientes de una autoridad  de la que no pueden prescindir. La reclaman con sus desafíos y su búsqueda permanente de límites, esos que los padres borran entre ellos cuando se boludean recíprocamente. El orden social que se solicita cuando se asiste a una consulta –esa es la razón del consultar, restaurar un orden social resquebrajado– es el que precisamos para convivir del mejor modo posible.

En la consulta, ¿escuchamos a padres muy cansados, agotados, frustrados? La paternidad y la maternidad ¿se han transformado en tareas insalubres? Ser padres, ¿todavía nos gratifica narcisísticamente? ¿Los hijos habrán aprendido –no sabemos con quién– a demandar sin esperanzas de ser escuchados?

Las violencias de género que nos ayudan a defendernos de los horrores del maltrato y de la opresión son específicas, y obligatorias sus denuncias. Pueden coexistir con la ausencia de criterios adultos para solventar a los hijos; por eso para la convivencia familiar también es peligroso, como la violencia de género, no darse cuenta que los chicos eligen un insulto para llamar a los padres por su nombre. Así están, asustados e impotentes por lo que pueden hacer.