El último milagro de Federico

Federico García Lorca visitó Buenos Aires en 1933 y 1934, especialmente invitado después del gran éxito con que lo precedió Bodas de sangre, y la recepción fue apoteósica. El hijo de Fuentevaqueros sedujo con su duende (que no era otra cosa que gracia, donaire e inteligencia), a todo aquel que se le puso delante. Y hay quien afirma que, siendo considerada en aquellos tiempos Buenos Aires como la más importante capital de lengua castellana, Federico vino aquí precisamente a consagrarse.

Y lo consiguió, sin duda. Estrenaron sus obras, dirigió gran teatro con grandes figuras, se lució junto a Pablo Neruda en un inolvidable homenaje a Rubén Darío, recitó y publicó sus poemas, dictó algunas pocas y personalísimas conferencias que se volvieron con justicia memorables. Pero fue también entonces que García Lorca debió tomar contacto, casi en forma ineludible, con la entonces enorme colectividad gallega de Buenos Aires, esa gran ciudad a la que ya se denominaba, con acierto, la quinta provincia de Galicia. Y que vendría a resultar acaso el detonante para otro gran milagro de Federico.

Sin saber que ambos iban a ser asesinados poco después por el franquismo, el 27 de diciembre de 1935 el editor Anxo Casal terminaba de imprimir, en Santiago de Compostela, el volumen LXXIII de su Editorial Nós. Y así nacían los legendarios Seis poemas galegos, de Federico García Lorca. En los que no se sabe por cierto qué admirar más: si el asombroso don de sonido y sentido que los convierte en una de las cumbres de la poesía en lengua gallega, ese idioma prohibido y censurado durante siglos pero de secular prosapia lírica, o la increíble capacidad de síntesis que –en tan pocos textos– le permite aprehender casi lo esencial de la identidad gallega.

El libro lleva un prólogo de Eduardo Blanco Amor, ese gran escritor gallego también tan ligado a Buenos Aires, y de cuyas palabras iba a desprenderse asimismo otra leyenda. ¿Cómo logró el andalucísimo Federico hacer cuajar a tan alto nivel y en esa lengua que no era la suya, tan cabal creación poética? Hoy se sabe que en 1916, siendo muy joven, como estudiante, y en otras tres ocasiones a lo largo de 1932, una de ellas con su inolvidable grupo de teatro La Barraca, Lorca estuvo en Galicia. Y que otro escritor gallego, Ernesto Guerra da Cal, con quien convivió en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, adujo haber participado en la redacción. Pero, hasta el momento, las opacas explicaciones racionales no han resultado del todo convincentes. Y la única sensación legítima que queda flotando vuelve a coincidir en la increíble capacidad de empatía, evidenciada por Federico en muchas ocasiones.

Porque, después de todo, sin serlo (pero sí andaluz) Lorca logró expresar y sublimar como nadie el universo tan personalísimo de los gitanos. Y Poeta en Nueva York nos demuestra también cómo su obra se empapaba, y se modificaba, en contacto con realidades absolutamente opuestas. Sin olvidar que, como ya lo hace notar el mismo Blanco Amor, citando una carta del Marqués de Santillana: “Non ha mucho tiempo cualesquier decidores e trovadores de estas partes, agora fuesen castellanos, andaluces o de Extremadura, todas sus obras componían en lengua galaica o portuguesa.”

Lo que viene a decirnos, de algún modo, que estos Seis poemas galegos de García Lorca representan, además de sus evidentes logros en cuanto a genio de lenguaje y a cosmovisión, también un auténtico homenaje –así sea implícito– a esa luminosa condición de basamento fundacional de la poesía ibérica que le corresponde al idioma de Galicia. De lo cual pudo afirmar Menéndez y Pelayo: “No se puede desconocer que el primitivo instrumento del lirismo peninsular, no fue la lengua castellana, ni la catalana tampoco, sino la lengua que, indiferentemente para el caso (en aquella ocasión eran la misma), podemos llamar gallega o portuguesa”.

Pero no terminan allí sus resonancias. Como para dar pie a las afirmaciones del comienzo, la “Cantiga do neno da tenda” es el único lugar, en toda la obra de Lorca, donde se menciona explícitamente no sólo a Buenos Aires –dos veces– y al Río de la Plata (en tres ocasiones), sino también a la mismísima calle Esmeralda. Y es evidente que ello ocurre dentro de uno de los textos más íntimamente consustanciados con la tragedia de la emigración. ¿No es obvio entonces que eso debe haberlo percibido, Federico, por vía de su contacto con la multitudinaria colectividad gallega afincada en la Argentina?

Claro que, como se comprueba tan sólo con leerlos, los Seis poemas galegos no necesitan argumentos para imponerse a nuestro ánimo. Les basta su lograda condición de seres latentes, soberanos y autónomos de lenguaje. Auténtica “gloria de la lengua” (como bien dijo Dante), ellos resultan fehaciente testimonio de una verdadera poesía viva, encarnada en su ser y en su idioma. Y que todavía sigue admirándonos. Como un auténtico milagro. El último que pudo hacer en vida.

* Poeta, traductor, ensayista.