La cuarta temporada de Black Mirror continúa con su ominosa mirada del futuro
La fobia es a los vicios humanos
Aunque a menudo se señala que la serie de Charlie Brooker es tecnofóbica, en realidad muestra cómo la tecnología se vuelve peligrosa en manos de la ambición, el egoísmo, el individualismo, el afán de lucro, y su proyección al plano político.
El primer episodio de la temporada de Black Mirror reconstruye Viaje a las estrellas como un juego.El primer episodio de la temporada de Black Mirror reconstruye Viaje a las estrellas como un juego.El primer episodio de la temporada de Black Mirror reconstruye Viaje a las estrellas como un juego.El primer episodio de la temporada de Black Mirror reconstruye Viaje a las estrellas como un juego.El primer episodio de la temporada de Black Mirror reconstruye Viaje a las estrellas como un juego.
El primer episodio de la temporada de Black Mirror reconstruye Viaje a las estrellas como un juego. 

“Black Mirror International” podría llamarse esta fase de Black Mirror, la serie creada en 2011 por el guionista británico Charlie Brooker, que tras un primer período de consagración como serie de ese origen pasó a tener un formato, elencos, equipos técnicos y plataforma de difusión globales. La bisagra entre una y otra etapa la representó el especial de Navidad de 2014, cuando, tras el éxito de las dos primeras temporadas (2011 y 2013) se apostó a pisar más fuerte en el mercado mundial, asentándose primero en el estadounidense. En ese episodio apareció por primera vez un actor de ese origen, no otro que John Hamm, por entonces el Don Draper de Mad Men. El encendido fue muy bueno, White Christmas está considerado uno de los mejores episodios de la serie y cuando ésta volvió ya no fue al aire (hasta entonces la había emitido Channel Four) sino en el sistema pago de Netflix. Lo hizo con más episodios por temporada, más de acuerdo a los estándares de consumo internacionales (seis en lugar de tres) y, parecería, con una periodicidad más breve. La tercera temporada se estrenó en octubre de 2016. La cuarta acaba de hacerlo, poco más de un año después.

Lo de John Hamm fue, en verdad, una excepción: los productores de Black Mirror (el propio Brooker y sus socios) siguen prefiriendo elencos sin estrellas. Eventualmente, algún rostro conocido, como puede haberlo sido el de la pelirroja Bryce Dallas Howard en el primer episodio de la tercera temporada (el de la chica desesperada por levantar su rating social), y eso es todo. Sí pueden permitirse más nombres detrás de cámaras. El de Joe Wright, por ejemplo, director de ese episodio y de Expiación, deseo y pecado (Atonement), entre otras. O, en esta ocasión, el australiano John Hillcoat, realizador de La carretera, y nada menos que Jodie Foster, a cargo de uno de los mejores episodios. Se ha señalado que la visión que Black Mirror (o más directamente de Charlie Brooker, que firma el 95 % de los episodios) tiene sobre la tecnología es tecnofóbica. A lo que Brooker le tiene fobia es en verdad a ciertos vicios humanos como la ambición, el egoísmo, el individualismo, el afán de lucro, y a su proyección al plano político. Es en esas manos que la tecnología se vuelve peligrosa. De allí el título: el futuro imaginado por Brooker es un espejo negro del presente, al que se parece tanto.

Los tres primeros episodios de la cuarta temporada son una clara exposición de esa “moral Black Mirror”. El primero trabaja sobre una notable reversión del punto de vista, presentando a una clásica dupla, integrada por los dos socios ejecutivos de una empresa de juegos. Uno de ellos es el tipo emprendedor, psicopatón, figureti, que logró eclipsar al otro hasta el punto de hacer de él algo parecido a un empleado. Pero el creativo es este otro, Robert, uno de cuyos juegos, llamado Infinity, es un juego mental que funciona mediante un chip (¡qué sería de Black Mirror sin los chips!), que consiste en una nave espacial que vive distintas aventuras y que él ha diseñado como copia de su programa de televisión favorito. Como si fuera un director de cine, el soñador (el jugador entra en una fase semejante al sueño cuando se conecta el chip) determina la forma de esas aventuras y las protagoniza. Frustrado por el mundo real, Robert corre a refugiarse en su casa cada vez que sale del trabajo, conectándose a Infinity. Pero hay algo que todavía no se ha dicho, y que tiene que ver con quiénes son los “actores” que protagonizan Infinity junto al doble o proyección de Robert. La desvergonzada reconstrucción de la serie Viaje a las estrellas que practica este episodio es la frutilla en el postre, aunque la duración (80 minutos) es sin duda excesiva.

En el episodio dirigido por Jodie Foster, una madre sola (nunca se aclara si es soltera, separada o viuda) se pega flor de susto una tarde en que su hija pequeña desaparece del rincón de juegos de una placita. Logra encontrarla, pero para no repetir la misma situación se consigue una tablet que le permite no sólo saber dónde está, sino además registrar sus pulsaciones cardíacas y, sobre todo, filmar desde el punto de vista de la nena, gracias a una incisión indolora practicada en su sien. Algo así como los sistemas sonoros para la habitación del bebé, pero hipersofisticado. El tema es que la incisión es para siempre, y la única manera de interrumpir el control materno es agarrar la tablet y tirarla. La mamá la guarda en un placard, pero una noche en que la nena, ya a los 15 años, se ausenta de casa sin avisar, la madre echa mano de ella como último recurso, invadiendo su privacidad. Arkangel (título del episodio) habla sobre los límites entre cuidado materno y privacidad filial, entre control y dominio, entre maternidad y autonomía.

El episodio dirigido por John Hillcoat, Crocodile, es la clásica historia de la pareja común que mata a alguien por accidente, oculta esa muerte y de allí en más la huella de ese crimen vuelve en forma de culpa o de más crímenes, de modo de seguir tapándolo. Este es el segundo de los casos, ya que aquí hay cero culpa o arrepentimiento. Lo que hay es una decisión implacable de no permitir que aquel crimen de juventud afecte la posición social actual, por lo cual la protagonista se convierte en fría ejecutora de cualquier posible testigo. La protagonista, Andrea Riseborough, que hacía un papel secundario en Birdman, está notable. El gadget en cuestión es en esta ocasión un “recolector de memorias”, suerte de grabador de recuerdos que una inspectora de seguros utiliza en sus entrevistas, y que pondrá en problemas a Mia, la protagonista.

Hang the DJ presenta a una sociedad en la que las parejas se conocen por un tiempo determinado, que les es asignado. El tiempo es azaroso, no depende de ellos y deben respetarlo a rajatabla. Pueden ser cinco minutos o diez años, y la noticia puede caerles magnífica o pésimamente a los integrantes. La pareja protagónica (la chica, una morochita llamada Georgina Campbell, tiene un carisma irresistible) tiene un gran encuentro, pero su tiempo termina y deben seguir con otras citas, hasta que años más tarde... No debe contarse mucho más. Quienes estén más o menos familiarizados con la serie adivinarán que si hay romance, deberá necesariamente chocar contra el sistema.

Dirigido por David Slade (Hard Candy, 30 días de oscuridad), Metalhead es un episodio distinto. Por varias razones. Es en blanco y negro, dura menos que el promedio (40 minutos) y su acción dramática es absolutamente concentrada. En un futuro devastado, una mujer y dos hombres llegan hasta un galpón que, por sus conversaciones, se adivina custodiado, con la intención de entrar y llevarse algo. Los custodios son una robotitos a los que por su forma se los llama “perros”, uno de los cuales perseguirá durante media hora a la mujer, a través de pendientes y bosques. Es nada más que eso, una mecánica de persecución y sobrevivencia, que confirma que no hay mejor color para el cine (o la televisión) que el blanco y negro, en la que el realizador recupera la utilización dramática del blanco y negro, y la actriz, la rubia Hannah John-Kamen, hace un poco demasiados gestos de sufrimiento. Pero la estrella es el “perro”, monstruito metálico realmente temible, dueño de una ferocidad y versatilidad que lo convierten en uno de los mejores robotitos del cine y la televisión recientes.

En Black Museum una chica llega a cargar su auto por energía solar, a una estación en medio del desierto. Mientras espera que esto suceda (por lo visto, la carga solar es lentísima) le llama la atención el Museo Negro del título, un lugar semejante a las ferias de atracciones o de horrores de comienzos del siglo XX. No hay otro visitante, son ella y el dueño, un tipo nada confiable, y ambos transpiran a chorros, ya que el aire acondicionado no funciona. El tipo (el actor, un desconocido llamado Douglas Hodge, es genial) reconstruye ante ella, apelando a los dispositivos del lugar, distintos crímenes históricos, hasta llegar a una sorpresa final. Es un poco raro el efecto que produce el episodio, ya que se trata en sí mismo de una pequeña antología de episodios criminales, que forma parte de una antología mayor, llamada Black Mirror.