Opinión
Muchos Chocobar

 

Los alcances disparados por el Gobierno en el episodio Chocobar y la inquietud creciente en el escenario económico, que a priori son temas sin conexión alguna, forman parte de un mismo paquete. No hace falta irse a grandes profundidades para descubrirlo. Apenas, unos recorridos elementales.

De manual, “la inseguridad” casi había desaparecido de la esfera mediática en el transcurso del macrismo y su lugar fue ocupado, entre otros pero en sitio primordial, por la corrupción kirchnerista. Sobre el cierre del año pasado, una cacería político-judicial contra ex funcionarios y dirigentes sociales afirmó esa lógica. Se pasó virtualmente por encima de las garantías constitucionales, bajo el nuevo precepto de usar a mansalva la prisión preventiva. Se montó un verdadero show humillatorio durante la detención de los implicados, que de ninguna manera pudo hacerse sin la complicidad de las autoridades. Se cruzaron límites quizá imprevistos hasta para los  operadores de Casa Rosada, como en el caso del sadismo ejecutado contra el ex canciller Héctor Timerman que está envuelto, a su vez, en la causa ridícula, pornográfica, del Memorándum de Entendimiento con Irán. 

Con coherencia ideológica, las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel durante ostentosas circunstancias represivas ya habían desatado otro festival declarativo contra derecho y sentido común: el beneficio de la duda siempre debe caberles a las fuerzas de seguridad, dijo la vicepresidenta Gabriela Michetti mientras en forma simultánea se deliraba oficialmente la existencia de un grupo subversivo mapuche,  financiado por Londres junto con la extinta guerrilla colombiana y dispuesto a independizar tierras patagónicas por vía de las armas. Fue superador de cualquier guión de Micky Vainilla. Pero no hay sarcasmo que impida ver en la definición de Michetti el antecedente retórico-concheto de lo ahora avisado por Patricia Bullrich cuando dice, frente al asesinato por la espalda de un delincuente desarmado a manos del policía Luis Chocobar, que “cambió la doctrina” porque la policía no es culpable en un “enfrentamiento”. 

En medio de una y otra declaración fue sucediendo que el Gobierno comenzó a tener pasado. Que el presente ya no se explica fácil con el verso de la herencia recibida. Que el futuro –cual si no bastara con la actualidad de despidos cotidianos en la industria, incertidumbre generalizada en las pymes, ingresos deprimidos por la inflación, signos preocupantes en el mercado financiero internacional– pronostica números todavía más feos en el trabajo y bolsillo de clases populares y sectores medios. Tanto es así que el hándicap principal del macrismo, consistente en una oposición enclenque y desperdigada, empezó a encontrar la última semana un alerta atendible gracias a la reunión en la UMET de una parte (bastante ancha, incluso la mayor) del universo peronista. Hace demasiado poco, una señal de esa naturaleza hubiera sido vista como un milagro.

La relación directa entre el panorama de la economía y el renovado discurso oficial de mano dura contra el delito, salvo que sea el de guante blanco de amigos y socios, no implica perder de vista la gravedad de lo parloteado y advertido. Reinstalar “debate” sobre pena de muerte, reformas del Código Penal y fuerzas de “despliegue rápido” que asistan en la represión de terrorismo y narcotráfico es una cosa, típica de los gobiernos de derechas por aquí y por allá. Pero que se salte de ahí al anuncio oficial de “cambio de doctrina”, según el cual la policía puede sentirse habilitada a matar como le venga en gana, es cosa distinta por, al menos, dos factores: el Gobierno se adjudica alegremente una potestad que corresponde a legisladores y jueces, sin que a sus republicanistas se les mueva un pelo, y sólo a un necio de atar puede ocurrírsele que el argumento no será usado contra perejiles y protesta social. Tampoco es cuestión de que esa sustitución doctrinaria vaya a tener alguna viabilidad parlamentaria, porque en el Congreso no existe una mayoría de chiflados capaces de aprobar una herramienta de semejante volumen. El tema pasa por el tamaño del gesto, potenciador de la cantidad de locos o enloquecidos armados que sí puede haber en una fuerza de seguridad para multiplicar Chocobares.

La criminóloga Lucila Larrandart, a propósito de lo suscitado por Chocobar y el anuncio barbárico de Bullrich, precisa que no hay ninguna doctrina presente, ni imaginable, en la que un agente de policía pueda tener libertad para matar. “No se puede dividir a la sociedad en buenos y malos cambiando la doctrina de la policía”, dijo también Darío Kosovsky, del Instituto de Estudios Comparados en Ciencia Penales y Sociales, al refutar a Bullrich en torno de que ese es el accionar en todo el mundo. “Es una falacia absoluta. Una simplificación. Bajo ningún punto de vista significa avalar los hechos delictivos, pero la comisión de delito es mucho más compleja. Lo plantean como si la única forma de resolver el problema fuere matando gente”, dijo el experto. León Arslanian, camarista del Juicio a las Juntas y jurista respetado a derecha e izquierda, remarcó que “la policía recupera estima y orgullo cuando es de alta eficacia y respetuosa de ley”. A esta altura de un gobierno sacado y dispuesto a violar las normas de licitud que le parezcan, sin embargo, queda claro que las respuestas técnicas carecen del impacto necesario porque a “la gente” no le importan. 

Si se prueba con la obviedad política, posiblemente sea mejor. Parte de eso lo sintetizó Luis Bruschtein en su columna del jueves, en este diario: afuera los tarifazos, la inflación, Triaca, el precio de la nafta, la soga al cuello del endeudamiento externo, el alud de importaciones y/o el submarino, el papelón de Macri en su gira por París, el escándalo de corrupción que rodea al ministro de la Rural, Luis Etchevehere; y adentro Chocobar, Durán Barba, pena de muerte, Bullrich, la licencia para matar de los uniformados, el cambio de doctrina y todo lo que sea aprovechable por el Gobierno y sus medios, a fin de abandonar el tratamiento de aquello que los perjudica. De manual, según cabe recalcarlo porque se ve que no es suficiente –ni lo sería jamás– para despertar siquiera curiosidad entre quienes suponen que todo se resuelve a los tiros.

Es difícil determinar proporciones entre “la gente” que de veras cree en eso, en arreglar el delito urbano a bala limpia, y aquella que está hablada por patéticas figuritas comunicacionales cuando en verdad, de serenarse, nunca aceptaría soluciones como esa. Gente, la segunda,  comprensiblemente furiosa por los espasmos que le provocan situaciones personales, sufridas en carne propia o por terceros cercanos, y el alimento mediático del instinto de bestialización.

No debería ser tan complicado, en cambio y al no estar sujeto a violencias emocionales, entender cómo se las gastan los mecanismos distractivos. Solamente es una expresión de deseo, en realidad. Vaya lo relatado por un taxista, hace unas horas. No es revelador ni nada que se le parezca, al contrario; pero vale al igual que tantos registros similares. La pasajera, quien al cabo de unos minutos de diálogo se reveló votante ratificada de Cambiemos, era una enfermera cerca de la jubilación que después no paró de insultar al gobierno actual en todos los colores. La señora contó que “antes” llegaba más o menos tranquila a fin de mes, que ahora se ve venir un saque de aquellos en sus pobres ingresos, que ni soñar con tomarse unos días de vacaciones, que está en problemas severos con lo que le cuestan las medicamentos y que ve un horizonte negrísimo desde comienzos del año pasado. Ante el retruque de cómo, entonces, fue capaz de votar otra vez por la gente de Macri, contestó resignada: “Y, lo que pasa es que los de antes se robaron todo”. 

Es probable que la asunción de ese imaginario, clave para las dos victorias electorales y consecutivas del macrismo, haya entrado en perspectiva de crisis. 

De allí que salga Triaca y entre Chocobar o, antes, que quede “al margen” lo económico y “retorne” la inseguridad. Para volver a resumir. 

Mucho dependerá de la capacidad opositora para desarticular esa táctica berreta cuya obviedad, aún, no parece suficiente para salir de la hipnosis.

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