PLáSTICA › “SUPERYO” EN EL MUSEO DE ARTE LATINOAMERICANO DE BS. AS.

La egomanía contra los imperios

Contra el imperio de los curadores y sin caer en el imperio del psicoanálisis, la nueva muestra del Malba establece una relación inteligente entre el lugar del artista y la función curatorial.

 Por Fabián Lebenglik

Desde que la figura del curador se transformó, por una deformación del sistema, en el falso centro de muchas de las mayores exposiciones de arte internacional, la figura del artista pasó a ocupar un lugar relativamente accesorio, para transformarse en algo así como una carta en el mazo (o un as en la manga) del curador. Interminables y parecidas muestras temáticas y monográficas generaron un club de curadores más o menos estable y una multitud de artistas asociados o abonados al club. Así, los metafóricos “quince minutos de fama” que el sistema tenía reservado para el brillo personal de cada artista se devaluaron y condensaron a módicos quince segundos.
Es probable que tal exageración haya servido para atenuar el generalmente insoportable narcisismo de los artistas. Pero frente al imperio de los curadores, es preferible mil veces el sorprendente “yo” de los artistas.
En este sentido, Eva Grinstein, curadora de la muestra Superyó –octava del ciclo “Contemporáneo” que presenta el Malba–, establece una relación inteligente entre la función del curador y el lugar de los artistas.
Lo primero que podría suponerse de una exposición con ese título es una interpretación psicoanalítica del arte, donde la teoría freudiana funcionaría como eje y patrón de lectura. Por suerte no es así. Y aunque el psicoanálisis no se elude, la muestra parte de la literalidad del título –el superyó como la inflación del ego– para exaltar la figura del artista, en particular la de cuatro artistas cuyas obras se centran en el peso de lo autobiográfico como materia prima de sus realizaciones.
La remisión al psicoanálisis es, sin embargo, inevitable. Y el modo en que la curadora lo aborda es, ex profeso, accidental: “Busco en un diccionario de psicoanálisis –escribe Grinstein en el texto de presentación de la exposición– y leo que en la doctrina freudiana la conciencia moral, la autoobservación y la formación de ideales son funciones del superyó. También, justamente, la sublimación artística”. Así, como si fuera un tropiezo, el imperio del psicoanálisis es colocado en el lugar de una simple, iluminadora y acotada consulta escolar.
Para volver a colocar la figura del artista en el lugar central sería necesario limitar la compulsión interpretativa del psicoanálisis sobre todo sujeto y todo objeto, del mismo modo que se busca repatriar al curador a su función original. En esta batalla entre imperios, el imperio victorioso es el del arte; y el mejor desborde es el de los artistas.
Los cuatro artistas seleccionados son Guillermo Iuso (Bs. As., 1963); Miguel Rothschild (Bs. As., 1963; vive en Berlín); Martín Sastre (Montevideo, 1976; vive en Madrid) y Tamara Stuby (Poughkeepsie, Nueva York, 1963; vive en Buenos Aires).
De Guillermo Iuso se exhibe Iusismo, 2002-2004, serie de obras con fibras, esmalte sintético y fotografía sobre madera, tela y cartón de dimensiones variables. De Miguel Rothschild, Rothschild reclama su herencia, 1992, fotonovela con 73 diapositivas y música de piano sincronizada. De Martín Sastre, Montevideo: The Dark Side of the Pop, 2004, DVD de 15 minutos. De Tamara Stuby, Informe anual revisado, 19982004; afiches y encuesta.
La obra de Iuso se trata de una producción obsesiva, de un registro autobiográfico minucioso, en el que las piezas (textos de colores, fotos íntimas, texturas dibujadas con fibra) se presentan como cuadros sinópticos, listados y diagramas, al modo de fragmentos de un diario íntimo. Una serie de textos que van de lo vergonzante a lo desopilante, del autoelogio a la autoindulgencia, se complementan cifras que cuantifican todos los aspectos de la vida. En Iusismo, el cuerpo se muestra como una máquina en estado de necesidad, desde el nacimiento hasta la muerte. Cada trabajo de Iuso supone la compulsión del cuerpo a la acción, al consumo y al derroche. Sus obras lucen como manualidades escolares y están notoriamente fijadas por una estética adolescente. La materialidad de sus “cuadros” está surcada de colores colegiales y líneas torcidas, tachaduras y faltas de ortografía. Hay una delirante fijación obsesiva de un “yo” omnipresente que señala, consigna, registra, describe, cuantifica, lista, categoriza y va historiando su vida en una suerte de narración egolátrica fragmentaria.
Allí se ve la obsesión por sí mismo, por una subjetividad medible en registros contables, donde la vida de relación, la cotidianidad, el sexo, las adicciones, son su infierno y paraíso. El artista establece con su propia persona un tratado bastardo de manualidades, listados y cuadros estadísticos, para conformar una sociología de la vida privada y de la intimidad, sin establecer juicio alguno. Sería, desde esa burguesía derrochona y parásita que el artista describe (cuando se autodescribe) con acidez y humor delirantes, una fábula inmoral de un hijo pródigo.
La de Iuso es una búsqueda del tiempo perdido, aunque escrita por un Proust de pacotilla, abyecto y antiaristocrático.
La actividad artística funciona en esta parábola como coronación del derroche, por su profunda “inutilidad”. En la parábola del hijo pródigo, terminar como artista es la confirmación del fracaso de clase y del abuso del ocio, porque la práctica artística supone un lugar descentrado, desclasado e improductivo, en el esquema de producción capitalista.
Iuso, más que un narrador, es un “contador”, en el doble sentido del que cuenta y del que contabiliza. Un contador que da cuenta de toda actividad antieconómica.
La fotonovela (hecha con diapositivas subtituladas) de Rothschild es de 1992, cuando el artista se había ido de Buenos Aires para radicarse en Berlín. En su nuevo destino, fabrica con la estética de serie “B” propia del género un mito de origen que parte de la pretensión y el deseo de ser un vástago perdido de la célebre familia Rothschild de banqueros, cuya fortuna hizo historia (literalmente) en Europa.
En la fotonovela se narra en clave paródica la desesperación por la construcción de un nombre de artista, la búsqueda del éxito y la fabricación de una imagen. La historia pasa por todos los tópicos tragicómicos: el ascenso social por vía de la magia; la obtención de dinero y poder; la traición, el incesto y así siguiendo, hasta terminar como retratista por encargo en las calles de Berlín.
El video de Martín Sastre es la segunda parte de una trilogía en curso, cuya primera parte se presentó el año pasado en Buenos Aires en la galería Ruth Benzacar.
La autoglorificación que hace Sastre está tan bien construida desde el punto de vista de la imagen y de la historia y al mismo tiempo es tan paródica y crítica con las convenciones del mundo del arte que oscila entre el autobombo y la corrosión, de modo que allí, en ese borde ambiguo, se percibe el efecto del pop, citado en el título de la obra.
El artista hace de su recorrido personal, de su ciudad y de su familia, una saga de dimensiones épicas. Desde el supuesto poder del arte, el artista personaje se convierte en un ciudadano Kane alrededor del cual gira el mundo.
Tamara Stuby presenta una puesta al día de una obra sobre la que viene trabajando desde 1998. Se trata de una serie de gráficos y diagramas estadísticos en que la artista pasa revista a un año de su vida. Y en este caso, además, realiza una auditoría sobre este seguimiento: con lo cual se transforma en una pesquisa al cuadrado. Una suerte de gesto hiperbólico acerca del discurso sobre sí misma. Para eso tomó prestado el funcionamiento de la matemática financiera, las estadísticas y losnegocios, de manera de hacer visible el grado de obscenidad al que llegó el funcionamiento del mercado y para demostrar que la cuantificación de todas las cosas, incluso las más insignificantes decisiones (más bien opciones) cotidianas, es una ficción.
Pero como la mercadocracia de la intimidad es a la vez una ficción verosímil, la obra también exhibe un costado tan inquietante como abrumador. Cuanto más uso se haga de la tecnología, más fácil será el control sobre nosotros. Las leyes del mercado intentan convertirse en leyes superestructurales, que rigen por encima de cualquier otra ley.
Pero también la artista, al formalizar su vida en diagramas estadísticos, y exhibirlos en un museo, aporta imagen al pensamiento crítico, con las mismas armas con que el mercado transforma a los ciudadanos en consumidores. De modo que si se tensaran los sentidos, aparentemente opuestos e incompatibles, entre arte y estadística, el arte sería el lugar de la ficción y la estadística, el de la verdad: pero la artista demuestra, con ironía, lo contrario.
(En el Malba, Figueroa Alcorta 3415, hasta el 7 de junio.)

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Obra de Iuso, utilizada como afiche de Superyó.
 
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