ESPECTáCULOS › ENTREVISTA A FERNANDO PEÑA, QUE VOLVIO AL TEATRO (CON DOS OBRAS), Y A LA RADIO

“Si yo me odio, ¿cómo no me van a odiar?”

Como se aburre de hacer todos los días lo mismo, volvió al Liceo con Mugre y la alterna con La burlona tragedia del corpiño. También está de vuelta en radio, con El parkímetro. “No tengo un público que me quiera, mi público viene a consumirme”, dice Fernando Peña, el as de la revulsión.

 Por Emanuel Respighi

Fernando Peña entra en el teatro Liceo muy apurado y con dos bolsos colgando de cada una de sus manos. Después de los saludos de rigor, el actor pide un minuto más para “llevar a hacer pis a la niña”. La niña a la que se refiere Peña no es otra cosa que una caniche toy negra llamada Mono (¿?), que venía escondida en uno de sus bolsos. Tras la tarea doméstica realizada en plaza Congreso, el actor se abre al diálogo con una rara pero noble máxima que lo pinta de pies a cabeza. “Por mí poné todo lo que digo y hago, porque yo no tengo off the record”, dice, antes de que se prenda el grabador. “Es que el off the record lo usan las personas que tienen una doble cara. Yo no tengo nada que ocultar. Nunca tuve intenciones de ocultar lo que siento. Por eso le confesé a mi vieja a los 9 años que era puto y tengo tantos quilombos. Pero soy así: odio la hipocresía”, señala. “Mostrame tal cual soy”, insiste, casi.
Sentado en el palco del teatro Liceo, Peña está contento por volver a trabajar en las tablas porteñas. Luego de varios meses llevando su arte por diferentes lugares del país, el actor acaba de estrenar no una, sino dos obras que llevan marcado a fuego su honesto y brutal estilo, cargadas de una verborragia exenta de cualquier tipo de complacencias: Mugre reeditada (una nueva versión de su clásico espectáculo, los miércoles y viernes) y La burlona tragedia del corpiño (jueves, sábados y domingos).
“Hago dos obras a la vez porque me aburre repetir. A mí me gusta la variedad. Si tengo que hacer la misma obra cinco veces por semana, dejaría de actuar. El teatro es mi único espacio de expresión. Y como ningún empresario te contrata dignamente por menos de cuatro días, porque quiero vivir sólo actuando en el teatro, decidí hacer dos obras en paralelo. A los empresarios no les gusta el pack porque dicen que es muy difícil de comunicar. Pero si me comprás es así. Vengo con dos inodoros: en uno cago y en otro me lavo el culo”, dispara el actor, en uno de los pocos momentos de la charla en los que esboza una sonrisa.
–¿Cómo y por qué reeditar una obra como Mugre, que fue un éxito, y hacerla entretenida?
–Tenía ganas de contar más cosas y decidí agregarle 13 personajes más y dura menos. Es una obra más compacta. La vuelvo a hacer porque Mugre me divierte mucho, la disfruto. ¿Por qué no hacerla si la disfruto? Todo el mundo dice que es muy ácida, pero no es más ácida que caminar por la calle Corrientes. Lo que pasa es que en este país, yo voy a ser siempre polémico aunque no diga nada, Charly va a tener las uñas pintadas aunque no las tenga y el Diego va a estar siempre gordo...
–¿Todo lo que diga va a ser polémico aunque no lo sea, por el simple hecho de salir de su boca?
–Yo pienso que sí. Estoy convencido de que la gente me detesta. Yo no busco complacencia. Yo sé que soy odioso. Si me odio yo, ¿cómo no me va a odiar la gente?
–Pero también tiene una tribu de fans que lo sigue...
–Sí, pero los fans me envidian, porque el fan siempre quiere ser el ídolo. Entonces quieren ver muerto al ídolo. Yo no creo tener un público que me quiera, tengo un público que me consume, examinador. Pero no tengo un público cautivo, como tiene Pinti, que lo va a ver en cada nuevo espectáculo que presenta.
–¿Por qué cree que sucede eso?
–Porque soy un tipo agresivo, chocante, porque digo lo que pienso sin filtros ni ataduras. A todo el mundo le molesta que una persona sea honesta. La honestidad se la acepta a un Sabina, a un Serrat, que tienen más de sesenta años... ¿Pero a Peña, que no es nadie? No importa si decís la verdad o no, lo que importa es desde quién proviene el argumento.
–Tal vez dentro de 20 años...
–(Interrumpe.) No creo que esté dentro de 20 años. Es más, voy a confesar algo: yo ya sé el día en que me voy a morir. Yo me voy a matar enun escenario en una fecha que ya tengo escrita y guardada. No me voy a suicidar: me voy a matar. El que se suicida es por hastío, por agobio y porque siente que no tiene salida terrenal. Yo me voy a matar con ganas, por placer. Siempre y cuando no me muera antes.
–¿...?
–Me voy a matar porque me parece divertido. Yo no celebro el-acto-deestar-vivo. No me gusta ni me interesa la vida. Yo la sufro mucho: detesto estar vivo y a la gente. No es que odie al ser humano, pero creo que el ser humano no está hecho para convivir. Me divierte estar sobre el escenario, ir a comer, coger con mi novio... pero todo esto tiene un fin y yo no quiero seguir más de una cierta edad, donde ya ni esas únicas cosas que me divierten las voy a poder hacer.
–¿Y por qué piensa que matándose se va a sentirse mejor? ¿Qué espera encontrar?
–No espero nada. Quiero que me sorprenda. Si me empiezo a imaginar lo que me espera, no me mato: me encanta la incertidumbre. No sé por qué te lo dije...
–Usted habla de que no es feliz, ¿en ningún momento de su vida lo fue?
–Por momentos. En este momento, en este palco, con mi perra y mi merca, estoy casi rozando la felicidad. Me lastima profundamente que la gente piense que yo soy un personaje. Aprovéchenme en vida, loco... Después, cuando me muera, todos van a decir: “Pobre Peña, era cierto lo que decía...”. Pero estoy seguro de esa decisión: me voy a matar en un escenario, ya sea como protagonista o comprando una entrada y subiéndome al escenario para pegarme un tiro.
–¿Y por qué eligió el escenario como su hipotético último lugar?
–Porque el escenario es mi vida, por la simple razón de que es la novida. Y yo soy plenamente feliz cuando no vivo. A mí me ponen a hablar con gente en una vereda, en un banco, en un restaurante y me aburro, me hastío. En cambio, en el escenario yo hago lo quiero: soy el dueño de las palabras, nadie me puede interrumpir, nadie puede decirme que no me crea, soy el rey de mi momento y creo que ése es el sueño de todo el mundo. En el escenario, además, se me va la timidez. Yo soy un gran tímido: me molesta y me avergüenza cuando la gente me grita “genio”, “maestro”... Lo odio. Yo no soy “maestro” ni “campeón” ni “genio”. Yo me siento una ardillita manejando un V-52 al que no puedo controlar. Me gustaría que me gritaran “¡actorazo!”. ¿Pero “maestro”? Yo no soy ni quiero ser maestro de nada ni de nadie. Soy un simple actor.
–Que esconde a una persona...
–Yo me hago preguntas todo el tiempo, me pregunto por qué a cada instante. Tal vez sea eso lo que no me hace feliz. Pero tampoco es que vivo amargado todo el tiempo. Hoy porque me peleé con mi novio. Sino, hubiese venido de buen humor. A lo mejor me río a carcajadas, o soplo la vela de mi cumpleaños, que es el día más feliz de mi vida, y no soy feliz, no disfruto. No creo en la felicidad per se, pero tampoco en la tristeza. Creo en lo circunstancial. La paso bien en algunos momentos, pero ¿eso es felicidad? Creo en la felicidad como adjetivo y no como sustantivo.
–¿Por qué confiesa algo tan íntimo?
–Le hace bien a la sociedad que la gente diga lo que es y lo que siente. Un Blumberg, un tipo al que detesto porque roza lo nazi, es un tipo auténtico. ¡Le mataron un hijo! Yo no lo veo politizado. Es un tipo que está partido en dos. Es un tipo que es sincero: le mataron al hijo y lo único que quiere es cumplir con la promesa que le hizo al hijo. Y pone todo su énfasis en que se haga justicia. Mucha gente no aguanta su ideología, pero se arraigó de su franqueza. Lo que la gente valora en él es su sinceridad. A mí la gente me rechaza, pero me banca la sinceridad.
–Una sinceridad casi fatal...
–Una sinceridad que es necesaria. A mí, por ejemplo, la gente me viene a ver al teatro por mi sinceridad. Yo detesto que me vengan a ver por sincero porque yo lo que planteo en el escenario es un mundo de mentiras. La gente viene a ver al Peña de la tele, al “polémico on stage”. Y en el teatro yo nunca soy Peña.
–O sea que utiliza a sus personajes como un escondite...
–Me refugio, pero no me escondo. Creo que se esconde el cobarde y se refugia el desprotegido. Yo no me animo a ser Peña en el teatro, la TV o la radio. Perciavale, Pinti, Gasalla abren sus espectáculos con monólogos propios, Alcón va a lo de Mirtha Legrand y es Alcón... Por eso el último monólogo de La burlona... es Peña-persona, no Peña-personaje. Ese es mi problema: necesito crecer como persona. El problema mío no es el artista: es la persona. Necesito animarme a hacer Peña.

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“Yo me voy a matar en el escenario en una fecha que tengo escrita y guardada”, dice, o casi amenaza.
 
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