CONTRATAPA

El invierno tan temido

 Por Juan Sasturain

“Julio los prepara y agosto se los lleva”, decía –cargado del peor humor negro– un ominoso refrán de cuando yo era chico, y en el pueblo se hablaba sin ambages y se vivía sin calefacción. Los destinatarios eventuales de la amenaza invernal eran –se suponía– los tenaces pobladores de los bancos placeros, diezmada hueste de jubiletas que disputaba diariamente por su lugar al sol como los inolvidables pobres zapateadores de Milagro en Milán. Más allá del mal gusto agorero y de la evidencia en contrario –el renovado conteo primaveral solía desmentir los presagios–, era y es innegable que el invierno siempre ha tenido mala prensa. Algo habrá hecho. No se necesita ser Napoleón o Hitler para saber que es mejor que el frío te agarre bajo techo, con la panza llena, el fueg o cerca y los rusos (o cualquier enemigo, peste, pobreza o malaria equivalente) lejos.
En la Argentina, el que hace cuarenta y cinco años puso de moda y por la tele a la estación más temida fue un ubicuo ministro de Economía de cuyo nombre en estos días no puedo dejar de acordarme. “Hay que pasar el invierno”, dijo el célebre capitán ingeniero Alvaro Alsogaray por Canal 7 por la misma época en que recomendaba con énfasis la conveniencia de cambiar nuestra dieta: “Hay que comer pescado...”. Fundador y prácticamente único integrante por entonces del Partido Cívico Independiente y propulsor, desde allí y durante décadas, de la “economía social de mercado”, Alsogaray padre fue eterno candidato desde el banco –bancado por los bancos– para entrar y asumir con la camiseta liberal ante la lesión, expulsión o caída estrepitosa de cuanto ocasional mago de las finanzas o títere del Fondo padeciéramos de Frondizi para acá.
Así como apareció de salvador para el desorientado proyecto desarrollista hacia 1959, también estuvo largamente contiguo al poder durante los dos años primeros de Onganiato, y después no cejó de ofrecerse como alternativa por derecha para cualquier pase o salto al vacío. Recién a la sombra de Menem, el profeta combatiente de nefastos estatismos tuvo –con la hoy fantasmal UCeDé– su cuarto de hora warholiano que bastó para dejar el tendal con la bendición del establishment: con hombres y mujeres de su cría genuina e ideológica, la Argentina abrió primero su economía y finalmente sus cantos. El kama sutra privatista de Alsogaray agotó las posibilidades de entrega.
Así, a la luz de lo que vino –o a la sombra que nos cubrió, mejor– la vieja consigna de Alsogaray pierde toda connotación incidental, adquiere valor simbólico: “Hay que pasar el invierno” no es sino la forma familiar, casera y didáctica del programa y el discurso de la eterna postergación. “Estamos mal pero vamos bien” fue la actualización doctrinaria de los noventa en boca del perverso converso. Hoy sabemos adónde íbamos; hoy sabemos que el invierno puede durar décadas.
Ahora Alsogaray y Menem son apellidos que sólo frecuentan o esquivan las convocatorias de tribunales y no tienen ni ganas ni cara para tirar consignas. Por eso, si como parece el esquivo gas amenaza con tartamudear en sus cañitos con la llegada del frío, por favor: que nadie se atreva a decirle a la vieja que no será para tanto, que apenas hay que pasar el invierno. No sólo porque trae pésimos recuerdos sino porque es mentira.

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