ESPECTáCULOS

“Floricienta” y “Frecuencia 04”, el regreso de los jóvenes viejos

Respetando viejos formatos morales, las tiras juveniles presentan jóvenes increíbles, en el sentido menos halagüeño de la palabra.

 Por Julián Gorodischer

Chicos y chicas salidos de una cápsula del tiempo, melancólico reflejo de lo que fue. Así son los adolescentes de la tele modelo 2004, en Floricienta o Frecuencia 04, allí donde regresan la raya al costado, el trajecito sastre para la de 15, el universo exclusivo del colegio privado que ahora se pronuncia en alemán (el schule de Cris) o la radio clandestina que transmite como en los ‘70, sólo que para entregar la agenda del boliche. Son románticos y soñadores, y siempre, pero siempre, bajan línea. Como para que quede claro un flamante didactismo: “Es mejor hacerlo enamorado” del principito (Sebastián Francini) a la hija de Repetto, a punto de dar el sí. Los chicos de Cris, más clásicos que nunca, eliminan al andrógino y la lolita de Rebelde Way para reciclar el espíritu anterior a Clave de Sol: del colegio a la mansión para obedecer al patroncito, la villana y la institutriz del tipo Mary Poppins, en reformulación tardía del cuento de hadas que recrea a la niñera-payaso (Florencia Bertotti) casi como una esclava, pero de pollera floreada y buen humor.
Son increíbles: el skater de Frecuencia 04 arriesga su vida en la rampa por un beso; Floricienta está por renunciar por el honor manchado (la acusaron de poner un gato en el cuarto de la patrona). Así todo el tiempo: sienten, entregan y dignifican, ni siquiera frívolos en el boliche, apenas transgresores para ratearse del schule. En el mundo ideal de Frecuencia 04, la pareja imposible del principito y la hija de Repetto están a punto de “hacer el amor”, pidiendo consejos al papá (Fabián Gianola) en incómodo diálogo puesto allí para que se derrame como nunca la doctrina pedagógica, excusa perfecta para el sermón a la hora del té: hablá con papá, hacelo sólo con amor, y hasta “usá preservativo”.
Estos jóvenes-viejos extinguen al adulto de las tiras, lo hacen innecesario. Es que ellos mismos encarnan los valores de otro tiempo, transgreden al modo de tres décadas atrás (¡una radio clandestina!), debutan con consentimiento y, después, salen a andar en patines. La narración siempre se relega para que quede clara la lección del día. Toda acción se ejerce como vía para un fin moral: no traicionar al amigo, no robarle la mujer, no engañar a los padres, como en un decálogo que, de transgredirse, traerá la falta o el pecado. Para aggiornarse basta con el peinado, señal inconfundible de que los tiempos cambian y estamos en el 2004 que delata el título de Frecuencia 04: se ven crestas, jopos, pelitos subidos con gel y rastas, en catálogo infinito que los identifica y diferencia, que les otorga nombre propio. El peluquero logra lo que no pudieron el cantito repetido, el verso monocorde que declaman todos estos chicos paliduchos, ni siquiera intercalados con un morocho o un chino para llenar el cupo de lo políticamente correcto.
El mundito de Floricienta, en cambio, queda lejos de toda influencia post reality pop, ajeno a las crestas, los trajes ceñidos, las bandas de cantantes. Esta es la vida anterior a la televisión, como en Mary Poppins, con todo el repertorio de la comedia “alocada”: niñera-mucama en la mansión de las afueras, villana alterando la paz del hogar, niños rebeldes, gordita pícara y el Amor que no tardará en quebrantar la división de clase. El patroncito, queda claro, se quedará con Floricienta. Vuelven todos los tics a lo Morena, con esa manía de situar la vivienda en un símil Barrio Parque o San Isidro, de crear ilusorios colegios privados muy disciplinarios y titulados con una palabrita en inglés o en alemán, como para que “se pueda ver”. En Floricienta nunca se promoverán banditas juveniles, largas caminatas, salidas en barra, mucho menos picnics. No hay intercambio de parejas, sino apenas escenitas con un par de amigos, o como máximo de a tres, en tranquilizadora aparición del estado de sitio adolescente, siempre en tomas de interiores y ni asomando al sexo, cantando como conejitos parlanchines en la escalera o la cocina de la mansión, muy aplicados o conflictuados por ratearse, temerosos y recelosos de toda autoridad: desde la institutriz al hermano mayor. Los que mandan serán siempre falsos padres y madres que añaden algo de interés a la trama sosa: huerfanitos e impostores ayudan a crear conflicto.
“Obligados a una buena vida, reseteados para ser felices, sin sobresaltos y sin cambios, con seguridades de todo tipo.” Nunca más oportuna definición del productor Gastón Duprat sobre los nuevos jóvenes de la tele, Estos que visitan extraños boliches como el de Frecuencia 04, donde no hay besos, ni drogas, ni se nombra el alcohol, donde todos se divierten escuchando la inofensiva radio clandestina, y se debaten tópicos morales (dos amigos gustan de una chica, etc.), pero, eso sí, con cierto aggiornamiento de chicos neura, algo tamizados por la influencia psi, tanto que se dicen cosas como “Una quiere lo que no le hace bien” (Repetto dixit) para escuchar la réplica: “Sí, eso no te hace bien”. Floricienta llega aún más lejos: regresa una división en castas, sin espacio para las tribus juveniles, repartidos entre una franja de muy ricos y otra de sirvientes (la niñera, la institutriz, ¡el profesor!), en sintonía con el target que inauguró Rebelde Way: ficción de elite. Entonces, la niñera payaso se hace la mamita, en repetida aparición de la que cría y enamora ahora que La Niñera es un boom. Y todos contentos: chicos cantores, adultos ayudados a la crianza, niñera muy bien paga. Y Cris Morena y Telefé, que consiguen buen rating sin exceso de creatividad, apenas reciclando un par de cuentos infantiles y una tira sepultada (más Chiquititas que Rebelde Way), sin derramar un ápice de invención, nada de riesgo: lo seguro reconforta.

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