CIENCIA › DESCUBRIMIENTO ARGENTINO SOBRE EL FUNCIONAMIENTO DEL VIRUS

Un avance contra el dengue

Científicos del Conicet en el Instituto Leloir dilucidaron el comportamiento de una proteína imprescindible para que el virus pueda reproducirse. Entender cómo funciona el virus abre las puertas a una eventual vacuna o tratamientos contra esta enfermedad.

 Por Pedro Lipcovich

Investigadores del Conicet en el Instituto Leloir lograron un avance crucial en una pregunta de fuerte actualidad en salud pública: cómo funciona el virus del dengue. Hasta la fecha no hay vacunas ni tratamientos específicos contra esta enfermedad cuya incidencia, según la OMS, “ha aumentado enormemente en el mundo”. Los científicos argentinos dilucidaron el comportamiento de una proteína imprescindible para que el virus pueda reproducirse: esta proteína es como un autito supermicroscópico que avanza (a velocidades comparativamente superiores a la de cualquier auto de verdad) a lo largo de un larguísimo camino, y este camino no es otro que la cadena de material genético del virus: a medida que el autito avanza, la cadena genética se desenrolla, se despliega, condición necesaria para que pueda dividirse y generar más virus. Saber cómo funciona esta proteína abre la posibilidad de elaborar medicamentos que inhiban su acción, es decir, que impidan la reproducción del virus del dengue. Pero además, por eso de que el autito es supermicroscópico, conocer sus características e indagar las razones de su eficiencia –superior a la de cualquier máquina fabricada por el hombre– es un aporte para la nanotecnología, que precisamente procura diseñar máquinas supermicroscópicas tomando como modelo las que ya existen en la naturaleza.

El descubrimiento fue realizado por un equipo dirigido por Andrea Gamarnik –jefa del laboratorio de virología molecular del Instituto Leloir e investigadora principal del Conicet– y Sergio Kaufman –profesor en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA–. Los resultados fueron publicados en la revista Nucleic Acids Research.

En su diálogo con Página/12, Andrea Gamarnik empezó por recordar que “los brotes de dengue son explosivos y la enfermedad es muy difícil de controlar por los sistemas de salud, que llegan a desbordar en América latina y Asia: hasta ahora no hay herramientas para combatirlo: cada vez hay más iniciativas públicas y privadas para obtener antivirales y vacunas, pero todavía no tenemos nada”. En el laboratorio que dirige Gamarnik desde hace más de doce años –cuando volvió al país tras haber trabajado nueve años en Estados Unidos– se viene estudiando el virus “para entender cómo funciona y sentar las bases para conseguir virus atenuados”. Dicho de otro modo, se trata de hacer posibles “diseños racionales de virus atenuados, sobre la base del conocimiento de cómo funcionan las estructuras del virus”.

En esta perspectiva, el equipo viene produciendo y publicando contribuciones en revistas científicas. En 2006 establecieron un mecanismo de reproducción del virus, tanto en células del mosquito como en células humanas, que no había sido descripto en ningún otro virus. Después, por ingeniería genética, le incorporaron al virus un gen procedente de la luciérnaga, que le hace producir luz, lo cual permite testear posibles fármacos antivirales: cuando una sustancia, al penetrar en la célula infectada, produce luz, quiere decir que está actuando sobre el virus.

En cuanto al descubrimiento que vienen de publicar, consiste en describir “aspectos fundamentales” del funcionamiento de la proteína del virus del dengue llamada NS3. Esta proteína es una “helicasa”, es decir que actúa sobre la hélice: el material genético del virus –de modo parecido, aunque no idéntico al de los humanos– se organiza en forma de hélice; mientras esta hélice permanece plegada, el virus no se reproduce; para que se reproduzca, la hélice debe desplegarse y esa función, desplegar la hélice para que pueda reproducirse, la cumple la proteína NS3.

Sergio Kaufman lo explicó así: “Esta proteína es un motor molecular: se une al cordón formado por el material genético del virus y empieza a caminar a lo largo, siempre en la misma dirección. Es como un auto: se desplaza, y para hacerlo utiliza combustible, que en su caso es una sustancia, llamada ATP, disponible como fuente de energía en el interior de las células”.

En ese viaje microscópico, la proteína NS3 “deja expuestos los componentes del genoma del virus, haciendo así posible que se reproduzca. Seguimos estudiando cómo funciona este motor, cómo es su mecanismo, cómo se abastece de energía, cómo hace su trabajo –contó Kaufman–; tengamos en cuenta que trabaja en un medio acuoso, con líquido en permanente movimiento y las moléculas de agua no son mucho más chicas que esta proteína, que así actúa bajo un bombardeo permanente, como un auto que se desplazara bajo un huracán”.

El motorcito funciona “a escalas nanométricas –un nanómetro es diez mil veces más chico que un milímetro–. Y –precisó Kaufman– muestra una eficiencia que ningún motor creado por el hombre ha alcanzado: comparativamente, su velocidad casi triplica la del auto más veloz, con una eficiencia energética mucho mayor”.

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Andrea Gamarnik, jefa del laboratorio de virología molecular del Instituto Leloir.
Imagen: Gustavo Mujica
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