CIENCIA › LOS DUELOS Y SUS RITUALES

Ciencia y muerte

 Por Pablo Esteban

Los seres humanos sólo se asemejan en algo: todos mueren y todos padecen la pérdida de sus seres queridos. En esta línea, el análisis de las transformaciones en las percepciones, los imaginarios y las prácticas de los deudos frente a la muerte se ha realizado desde diferentes perspectivas teóricas y considerando distintos marcos espacio-temporales.

Sigmund Freud realiza un análisis comparativo entre el duelo y la melancolía desde el punto de vista de la psicología. Desde aquí, el duelo se define como la reacción frente a la pérdida de un ser amado –o una abstracción equivalente como la patria, la libertad, etc.– y se caracteriza por un doloroso estado de ánimo, por la cesación del interés del mundo exterior, por la pérdida de la capacidad de elegir un nuevo objeto amoroso y por el apartamiento de toda actividad no conectada con la memoria del ser querido.

Aunque las reacciones son similares –a diferencia de lo que ocurre en la melancolía– el duelo no se traduce en un estado patológico, pues, en este caso, el dolor es aceptado socialmente, resulta natural y lógico. En contraposición, las situaciones que producen melancolía exceden al acontecimiento de muerte y comprenden todas aquellas situaciones de ofensa, postergación y desengaño.

Desde la antropología funcionalista, Bronislaw Malinowski describe, en su libro Magia, ciencia y religión (1948), la muerte como un elemento constitutivo de la vida humana, un engranaje que forma parte de un proceso funcional. El acontecimiento, desde aquí, es una necesidad básica que requiere ser cumplida para satisfacer el orden social. Su visión sistémica, incluso, alcanza a los ritos que, por supuesto, también realizan una función. Las prácticas funerarias de duelo que siguen al acontecimiento de muerte responden a un deseo paradójico que impulsa a los deudos a mantener los lazos afectivos con el fallecido y, en simultáneo, los insta a romper de forma inmediata y definitiva toda relación. Tienen el objetivo de asegurar el dominio de la voluntad y la autonomía de los sobrevivientes, por encima del sentimiento de desesperación e injusticia.

Es de esta manera como los ritos funerarios conservan la continuidad de la vida humana al impedir que los vivos se abandonen al impulso de huir sobrecogidos de pánico o al impulso contrario de acompañar al muerto a la tumba. En este sentido ingresa la religión para reducir la incertidumbre y conservar la homeostasis social.

Philippe Ariés, a partir de su libro Morir en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días (2012), trabajó sobre las modificaciones en las percepciones de muerte que ocurrieron en este hemisferio desde el Medioevo hasta la época contemporánea. A partir de un abordaje histórico, divide las percepciones acerca de la muerte en cuatro categorías. La primera corresponde a la resignación familiar al destino colectivo de la especie y puede sintetizarse en la fórmula todos moriremos. A esta actitud que, por cierto, es la más antigua, Ariés la llamó Muerte domesticada. La segunda, denominada Muerte propia, se desarrolló a partir del siglo XII y es reflejo de la importancia que la Modernidad atribuyó al desarrollo de la individualidad y la preocupación del ser humano por su propia existencia. Con el advenimiento del siglo XVIII, el hombre occidental otorgó un nuevo sentido a la muerte, pues ya no se encontró tan preocupado por su propia muerte y lo que se exaltó fue la Muerte del otro, cuyo recuerdo fue traducido en los siglos siguientes a partir de novedosos cultos a las tumbas y renovaciones en los cementerios. Por último, se halla la Muerte prohibida, en que el morir se torna un objeto de censura. En la actualidad, desde el punto de vista del autor, el acontecimiento es ocultado y adquiere el sentido de tabú que antaño tenía la sexualidad. Por su parte, Norbert Elias –a partir de su libro La soledad de los moribundos, publicado por primera vez en 1982– asume que la muerte es un hecho biológico al que se le da un tratamiento social específico. En este sentido, desde una perspectiva sociológica, señala que la verdadera importancia del acontecimiento no estriba en el proceso físico por el que atraviesa un cuerpo en el pasaje vida-muerte sino por la idea de la muerte y la actitud que esta idea o representación mental provoca.

Elias, en este marco, propone y caracteriza cuatro vías –o “posibilidades”– por intermedio de las cuales los seres humanos afrontan la muerte. Es posible, como se hace desde la Antigüedad, atenuar los efectos de la muerte y reducir la incertidumbre a partir de una idea posterior de vida en común con los muertos; se puede esquivar el pensamiento acerca de la muerte a través de su represión y ocultamiento; también, sostener la creencia de una inmortalidad personal a partir de la concepción de que “todos mueren, menos yo”; o bien, acomodar la experiencia y el comportamiento sin olvidar el limitado espacio temporal del que se dispone, actitud traducida en la fórmula “mirar de frente a la muerte”.

Referentes de la psicología, la antropología, la historia y la sociología intentaron explicar el acontecimiento de muerte a partir de la descripción de sus prácticas y sus representaciones. Las religiones, durante siglos, construyeron un edificio normativo y legitimaron una y otra vez sus acciones para generar relatos –remedios simbólicos– capaces de calmar a las más fervientes ansiedades humanas. Ni mencionar los esfuerzos realizados por las tradiciones filosóficas y los intentos estético-formales de la literatura por embellecer un fenómeno universal tan perfecto como trágico. Sin embargo, alguien debe develar el secreto de una vez por todas: ¿qué ocurre cuando morimos?

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