CONTRATAPA

Expediente M

 Por Rodrigo Fresán

Desde Fontevraud, Francia

UNO Escribo –comienzo a escribir todo esto– en una vieja abadía francesa reconvertida en hotel de luxe junto al río Loire. Allí, un puñado de intelectuales se han reunido para evocar los cien años del nacimiento y los cincuenta años de la muerte de Malcolm Lowry: otro genio autodestructivo y silvestre (“Death by misadventure” fue el tan lírico como preciso dictamen de su certificado de defunción) cuyo Thriller fue una novela llamada Bajo el volcán. Apunto esto no para darme aires de aristócrata déspota e ilustrado sino para que se entienda la rareza de, de golpe, escuchar el nombre de Michael Jackson en labios de alguien como Pierre Michon y, enseguida, enterarse de que Michael Jackson ya no está entre nosotros. Y, ahí afuera –árboles tan verdes y sol y prados y el canto de los pájaros– no se percibe nada de la histeria planetaria que comienza a azotar el planeta como un viento zombie. El huracán Michael que alguna vez se llamó huracán Lady Di. Así que esgrimo cualquier excusa y los dejo a todos discutiendo sobre la potencia simbólica del mezcal y subo a mi habitación y dosis en vena cerebral de CNN y, sí, ahí está todo: el mundo entero, la irreal irrealidad. Los fans caminando en la luna de las calles del planeta y gente disfrazada de Hulk y de Darth Vader y del mismísimo Rey del Pop (de algún modo, el verde de Hulk y el negro de Darth Vader parecen tanto más reales y verosímiles que el gris de Wacko Jacko quien, seguro, ascenderá a máscara cara de murciélago más y mejor vendida en el próximo Halloween) depositando ofrendas sobre su estrella en el paseo aquel de Hollywood y llantos y gritos y la constante revisión de escenas del pasado. Porque para eso sirve la muerte: la muerte es el fin del futuro y la puesta en marcha, a toda máquina, de los inmortales mecanismos del pasado. Y ahí está Michael Jackson, el pequeño Michael, rodeado por sus hermanos y cantando aquello que hoy no dejan de pensar sus adoradores: “I Want You Back”.

DOS Pero no: querer no es poder y Michael Jackson no volverá aunque vaya a quedarse para siempre con esos muertos vivos y con el grito de la chica pariendo con ritmo y sin dolor a la era MTV. A partir de entonces, la música cambia para siempre, los cantantes y las bandas se ven obligados a convertirse en actores y no hay single que suene bien si ese single, antes, no se ve y no se mira bien. Y Michael Jackson –como siempre– es quien lleva el concepto más lejos que nadie: video-clips antológicos y técnicamente innovadores pero, también, su propia vida compaginándose con los espasmos bruscos y los efectos especiales de la musi-caja boba mientras rompía records de venta que, todo parece indicarlo, ya nadie podrá volver a romper en tiempos de descarga y piratería.

Así, muta su rostro y su color y sus novias y esposas y aparece y desaparece como sólo los dioses pueden y saben hacerlo. Ahora lo ves, ahora no lo ves, pero no puedes dejar de mirarlo. Y sus fans que son más adoradores que público y de ahí a la mitomanía propia y ajena hay, apenas, un par de esos gemidos-hipos-jadeos que soltaba entre verso y verso y –como bien precisó el irónico y certero biógrafo J. Randy Taraborrelli– Thriller fue el primer álbum que no se vendió como un objeto de consumo cultural sino como artículo doméstico: había uno en cada casa como si se tratara de un horno, una escoba o una cama.

Así, pronto, las estatuas autoerigidas, los uniformes absurdos, la cama de oxígeno, el chimpancé Bubbles, el esqueleto del Hombre Elefante, los niños cortesanos con los que gustaba saltar inocentemente o no sobre los colchones de sus recámaras, las ganas de ser E.T. (para acabar pareciéndose más a Alien), el convencimiento de sentirse Peter Pan (pero estar tanto más cerca de un Pinocho al que no le crece la nariz sino que se le reduce) y aquella película demencial, Moonwalker, que terminaba con él convirtiéndose en nave espacial y ascendiendo a los cielos.

Su final fue diferente pero tan parecido al de otro “Dios” –Elvis, quien, antes de Neverland, también construyó su infernal paraíso en la Tierra, Graceland, donde atiborrarse de golosinas y medicamentos– y ahora yace en una morgue. Su cuerpo y su cerebro esperan el veredicto final de forenses marca CSI. Será, seguro, la autopsia mejor coreografiada de la historia y a la que, ahora que lo pienso, le correspondería un conclusivo y lowryano “Death by Misadventure”. La autopsia de un hombre que no deja un cadáver bien parecido pero que sí deja un cadáver muy pero muy raro. Black is beautiful pero Grey is strange y ¿de qué color era Michael Jackson? Fácil: Michael Jackson era de color Michael Jackson.

TRES Michael Jackson murió a los cincuenta años, pero no se sabía qué edad tenía. No fue el primer hombre en caminar en la Luna, pero nadie lo hizo ni lo hará mejor que él. Y pronto, muy pronto, volveremos a saber todo sobre él y sabremos mucho que no sabíamos. Aquí vienen, marchando, más biografías no autorizadas, películas, documentales, nuevos ángulos de la angulosa y dickensiana saga de su familia con padre monstruoso, cajas de luxe con demos y rarities, testamentos extraños y crípticas últimas voluntades...

Falta poco, falta menos y en algún lugar nace el magnate que de aquí a unos años pujará en eBay por el esqueleto de Michael Jackson.

Mientras tanto –lo veo todo desde aquí, desde un lugar que es como uno de esos castillos de cuento de hadas y brujas–, la tristeza de anónimos y las lamentaciones de celebridades y los problemas para promotores y aseguradores de los conciertos para siempre interrumpidos aunque más de uno sueñe y fantasee con que todo es una nueva broma del loco y vuelva de entre los muertos entre rayos láser y pirotecnia de estadio.

Llantos en las plazas y discotecas del mundo, colapsos informáticos y regreso a los primeros puestos de ventas de alguien que trabajó como un adulto desde niño y que sólo triunfó para, por fin, poder ser niño. Comunicados llorosos de Madonna, Justin Timberlake, Britney Spears, Lenny Kravitz y siguen las firmas, y la sinceridad cruel de Liza Minnelli –curtida hermana de sangre y de botiquines–, quien lanzó un “cuando se sepan los resultados de la autopsia se va a armar una buena”.

La verdad está ahí adentro.

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