CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Hidalgo y Del Campo revisitados

 Por Juan Sasturain

RELACION

que el paisano Diego Fierro le hace a su amigo el
domador Ramón Contreras, de lo que vio en
Buenos Aires durante las fiestas del Bicentenario
Recopilada por Juan Sasturain


I. El encuentro

Hay una playa en el sur
tan olvidada y secreta
que no tiene ni estafeta
ni señal de celular.
¡Lindos para naufragar
son esos pagos de Reta!

Donde se termina el campo
y empieza el agua salada
se hace una gran explanada
de las dunas a la orilla.
¡Qué playa de maravilla
de arena seca y mojada!

¡Lindo ver salir el sol
sobre las olas del mar!
En cuanto empieza a clarear
lo saludan las gaviotas
que chillan cuando las gotas
sus alas suelen mojar.

Y al llegar la tardecita
es orgullo del lugar
que el sol, tras tanto rodar
desde que asoma en el Este
vuelve al mar por el Oeste
y allá se vuelve a acostar.

Una tarde luminosa,
fresquita, a fines de mayo,
llegó al paso en su caballo
tras perder en las cuadreras,
el gaucho Ramón Contreras,
apodado El Paraguayo.

Al trepar la última duna
se alertó su malacara
como si atento escuchara,
en el rumor de las olas,
que un millón de caracolas
sobre la arena rodaran.

Y al ver el mar infinito
brillante como un espejo,
se apeó Contreras, y un viejo
sentimiento lo embargó;
los ojos entrecerró
deslumbrao por el reflejo.

Desensilló pa’ matear.
Sacó el termo y la bombilla
pero esa tarea sencilla
cortó el ladrido de un perro
y vio que su amigo Fierro
venía, lejos, por la orilla.

Se enderezó don Contreras,
parado sobre el apero,
y revoleando el sombrero
quiso llamar su atención
alzando su vozarrón:
¡Fierro, paisano matrero!

Escuchó el otro y se vino
apurando a su tobiano.
Contreras frotó las manos
para sacarse la arena
y ya con voz más serena
le dijo: ¿Cómo anda, hermano?

Contestó Fierro, sonriente:
¿Qué cómo ando? No tan mal
Como antes, en general.
¿Vio lo del Bicentenario?
Quiero hacerle un comentario:
Vengo de la Capital...

¿De tan lejos? No me diga.
Desensille, me hago cargo
del pingo de aliento largo
que lo trajo al trotecito.
Anímese, yo lo invito,
a tomarse unos amargos.

Se abrazaron y Ramón,
con la emoción en la cara,
como Fierro no soltara
las riendas del flete arisco,
Atelo a ese tamarisco,
dijo, junto al malacara.

Y mientras que los caballos
se frotaban los hocicos
como si fueran dos chicos
que descubren el amor,
se confiaron sin temor
dos que nunca fueron ricos.

Contó primero Contreras
que habiendo empinado el codo
perdió por gil, de mal modo.
un platal, en las cuadreras:
Vinieron tipos de afuera
y se quedaron con todo.

Con nuestro pingo ganamos
las dos primeras carreras.
Era fácil, la tercera,
y al duplicarnos la plata
vaciamos toda la lata...
¡Malhaya, por qué lo hiciera!

Ganaron ésa y dos más,
aunque cambiamos terreno
Y entonces dijeron: “Bueno,
si andan necesitando
plata pa’ seguir jugando...”
Perdimos hasta lo ajeno.

Terminamos endeudados
por tontos y distraídos
acaso, de estar unidos
eso no hubiera pasado.
Uno se queda amargado
llorando por lo perdido.

No fui el único, mi amigo,
pero no espero consuelo.
Tampoco saco un pañuelo
para llorar por mi suerte.
Sólo nos mata la muerte,
como decía mi abuelo.

No me extraña, dijo Fierro,
pues me contaron, paisano,
que así ha venido la mano.
Desde hace doscientos años
que acá estamos, en los caños:
Apriete, deuda y afano.

–¿Tanto tiempo? Expliquemé.
–Lo ha visto toda la gente...
Más aún: un continente
entero de compatriotas,
que hemos vivido en pelotas
del pasado hasta el presente.

–Yo, Fierro, soy paraguayo
y no sé si corresponde...
A lo que el otro responde
sin temor por lo que nombra:
–Todo gaucho que hace sombra
es criollo, no importa dónde.

Y entonando la garganta
ahí nomás le entró a contar
lo que había visto al pasar
los días del Bicentenario
pegadito al escenario.
Pero va a haber que esperar...

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