CONTRATAPA

Argerich en Canal 7

 Por José Pablo Feinmann

Lo primero, lo que no se puede dejar de decir: felicitaciones sinceras a Canal 7. Ningún canal de aire habría pasado este programa. Porque aunque Martha Argerich es la gloria musical más grande que ha producido este país (sí, más que Carlitos, que la Negra Sosa, más que Charly, desde luego, y más que Barenboim, músico de gran talento, pero exacta expresión de eso que, en arte, todos saben: si no puedes ser monarca en una disciplina, sé príncipe en muchas) aquí no da rating, se la conoce –popularmente– poco. Este país sabe más de Mirtha Legrand y Susana Giménez que de Martha Argerich. Eso se debe a la política de los medios. Un periodista de infausta memoria, un mal tipo llamado Bernardo Neustadt, que todo lo que hizo en su vida lo hizo para el lado del Mal (problema dificultoso el del Mal, dónde está el Mal, dónde el Bien, no se sabe, pero yo y muchos sabemos algo: lugar en que haya estado Neustadt siempre estuvo el Mal; él solito, parándose en cualquier lugar, solucionaba este problema metafísico: ¿Dónde está Neustadt? ¡Allá, hablando con Massera, hablando con Menem, pidiendo junto a Grondona los tanques en la calle durante la hiperinflación, hablando con Alsogaray!; bueno, ya sabemos dónde está el Mal), inventó al personaje de Doña Rosa. Había que hacer televisión para Doña Rosa, ella condicionaba los contenidos de todos los programas. Pero Doña Rosa tenía una cualidad notable: era idiota. En suma, había que hacer programas para idiotas. Porque Doña Rosa representaba al pueblo y había que darle al pueblo lo que el pueblo quería. Todo falso. Los inventores de Doña Rosa son todos aquellos que quieren hacer programas idiotas con la excusa de ser vistos o escuchados por idiotas. Si a Doña Rosa se le da lo mejor, a la semana va a exigir lo mejor. Pero hay que echar basura sobre la gente. Si lo hacemos –dicen– haremos basura de la gente y nunca nos van a molestar, nunca se van a dar cuenta de nada, que les damos programas horribles, de mal gusto, tele-basura, que nosotros mismos somos idiotas, somos basura y por eso hacemos lo que hacemos. Que, además, somos basura a sueldo de grandes corporaciones que no quieren gente inteligente, sino gente que consuma, que compre toda la escoria que le ofrecemos en nuestros avisos comerciales, la basura de la basura. ‘¡Pruebe ChocoFort, el mejor chocolate francés!’ Falso: ChocoFort es caca, pura mierda en papel aluminio. Pero la gilada no lo sabe. Se lo come al ChocoFort. Se come todo lo que le dan por la tele. El mundo, para los que producen la telebasura, se divide entre: noso-tros, los piolas, y ellos, la gilada. ¿Cómo es posible que un programa de filosofía sea un éxito y gane premios reservados para el “entretenimiento”, cómo es posible que Canal 7 pase a las diez de la noche un documental sobre Martha Argerich? Porque se ha decidido que Doña Rosa no es idiota y que la gilada no es gilada. Que el público merece lo mejor y hay que dárselo.

El documental se llama Conversaciones nocturnas. Sucede que Argerich vive de noche. Duerme de día. (Como decía una linda canción de los ’60: “Vive de noche/ Duerme de día/ Dice que estudia filosofía/ Que voy a ‘cer/ si ella es así/ con una hippie yo me metí”.) La noche es su elemento. Ahí se siente cómoda. Siente una paz que la claridad le niega. El día es horrible. El día son los demás (que eran, para el Sartre de A puerta cerrada, el Infierno), el teléfono, los ruidos que llegan de la calle, las bocinas, las sirenas, las ambulancias, los colectivos, las imprecaciones, los que tocan el timbre, etc. La noche es el silencio y el sereno vuelo de las musas, que tiene lugar en nuestra interioridad. Lo delicioso del documental reside en la cantidad de anécdotas que cuenta Argerich. Su primer y gran maestro fue Friedrich Gulda, que apenas tenía once años más que ella y admiraba mucho a Erroll Garner. Le explica a la joven Martha (que era muy bonita) que hay una profunda influencia de Debussy en el jazz que hace Garner. En un viaje a Estados Unidos, Gulda (un pianista descomunal) encuentra a Erroll Garner y le pregunta: “¿Me podría decir cómo se produjo su encuentro con la música de Debussy?”. Garner lanza una risotada y exclama: “Who’s that guy?” (¿Quién es ese tipo?) Argerich gana el Festival Chopin en Varsovia y ahí le llueven todo tipo de contratos internacionales. Estamos en 1964. Con el tiempo –y con algunos crueles problemas en su salud, que el documental no menciona– se vuelve aún más interior y –como le sucedió a su admirado Vladimir Horowitz, que estuvo cerca de cinco años sin dar recitales y jugaba en su departamento de Nueva York con un trencito eléctrico– se torna renuente a los recitales, prefiriendo los conciertos con orquesta o la música de cámara. Sola, en el escenario, termina sintiéndose un insecto iluminado por focos impiadosos que le impiden ver al público. Medirse con Horowitz explica algunos momentos de su carrera. Cuando tuvo que tocar el Concierto N0 3 de Rachmaninof (que, a esta altura de los tiempos, supongo que sólo a Federico Monjeau no debe gustarle, aunque espero que le guste mi chiste) no se decidía nunca. Iba de un lado a otro. Tenía esperando a Ricardo Chailly, el notable director, que lo hacía con gran comprensión y tolerancia. Se dice que todos decían: “No se decide porque quiere que su versión sea igual o superior a la de Horowitz”. El N0 3 de Rachmaninoff es –creo, junto con el también N0 3 de Prokofiev– el más deslumbrante concierto del siglo XX, aunque es cierto que su “espíritu” esté en el XIX. “Lo compuse para elefantes”, decía Rachmaninoff. Que contó las notas de su partitura: ¡Veinticuatro mil notas! Otro de los problemas del concierto es que está –y bien a mano, aunque con algunos pocos cortes– la versión del propio Rachmaninoff, colosal pianista, que es casi insuperable. El concierto ofrece miles de dificultades para el intérprete y también miles de oportunidades para lucirse. No hay concierto más opulento, más difícil, exige a fondo al pianista y lo obliga a poner en juego todos los recursos del teclado. No ha de existir una sola gran dificultad de ese gran instrumento que Rachmaninoff no haya puesto en el camino del intérprete. Y está, además, la cadenza. ¿Qué es una cadenza? Se llega a un punto –casi siempre al final del primer movimiento: el clásico concierto de piano suele tener tres, forma que tomó su perfección con los de Mozart– en que la orquesta se detiene, se abre un espacio para un gran protagonismo, y ése es el del piano. Se trata de su momento estelar. La cadenza es un solo en que el piano recoge los temas que se han tratado en el movimiento, los transforma, los desarrolla y todo dentro de un virtuosismo, de un despliegue técnico hiperexigente, de una insoslayable brillantez. Para su Concerto Rachmaninoff escribió dos: les dicen la liviana y la pesada. En general, los pianistas eligen la “liviana” porque pueden correr más. La pesada pide una tonelada de grandes dedos y una densidad rusa que sólo escuché adecuadamente por el Gran Oso Ruso Lazar Berman. Argerich la lleva a cabo como era de esperarse: poderosamente. De todos modos, es difícil elegir una. Horowitz casi destroza el piano. Otros han quedado atrás. Van Cliburn por ejemplo. Otros son los notables jóvenes que han surgido: Sergio Tiempo la hace gloriosamente. Lo escuché en Amsterdam, en el Concertgebouw (donde Martha tocó muchos de sus mejores recitales: hay un hermoso CD con una colección de sus grandes momentos), venía de un Festival de Cine Latinoamericano en Rotterdam, invitado como guionista de Eva Perón, y me fui a Amsterdan al leer que tocaba el excepcional Sergio Tiempo. Pocas veces escuché una ovación como la que le ofrecieron. La cadenza la hizo fantástica. Horacio Lavandera toca la “pesada”. Bien, pero ojo: el lucimiento es menor. Como sea, no son pocos los que la eligen. Ashkenazy, por ejemplo. Y convengamos que Ashkenazy puede cantar un tema de Mozart o Beethoven como pocos, pero no es un virtuoso. De aquí sus rabietas con Horowitz al que terminó por calificar de: “High class entertainer”. En fin, como insulto es poderoso y no me animaría a decir que Horowitz, en algún punto, no se lo ganó. La grandeza de Argerich reside en un punto exquisito: siempre supo detenerse ahí donde Horowitz se desbordó. Su técnica no es menos asombrosa que la del gigante ruso. Pero su contención, su espiritualidad, su capacidad para resistirse y huir de la pirotecnia, son mayores. Las otras grandes cumbres en el piano de Argerich (y es imposible enumerar todas) son: el N0 3 de Prokofiev, el Concierto de Schumann (de quien confía que jamás le jugará una mala pasada “porque me ama”), Gaspard de la nuit de Ravel, la Sonata en Si menor de Liszt (su versión es, sin duda posible, superior a todas cuantas hayan existido desde que Liszt la compuso, cuando la escuché me estalló la cabeza, tal como, siendo un jovencito, escuché el Concierto en Fa mayor de Gershwin, y éste es un especial y cariñoso dardo a la genia, que jamás incluyó algo del gran George en su repertorio), la Sonata N0 7 de Prokofiev, el N0 3 de Rachmaninoff y el Concierto en Sol mayor de Ravel (que debe tanto a Gershwin, aunque, quiero aclarar, no en su segundo movimiento, el sublime, en los otros dos: sin Gershwin, Ravel no habría podido escribirlos, tenía la partitura del Concierto en Fa mayor en tanto componía sus dos concierto: el célebre en Sol mayor y el menos tocado pero espléndido para la mano izquierda, un concierto hollywoodense).

En suma, se harán sobre Argerich mejores documentales. Sé que éste nunca le gustó y hasta quiso frenar sus proyecciones. Como sea, ofrece mucho de ella. Se la ve muy jovencita, con un también muy joven André Previn, en el final del N01 de Liszt, se la ve (un momento fenomenal del film) enseñándole a un director de orquesta cómo se dirige el Concierto de Schumann, toca Bach, Ravel, Chopin y muchas de las cosas que dice son muy profundas. Y no sólo cuando habla de música. En fin, un material de visión obligatoria que sólo Canal 7, en la Argentina de hoy, en que los canales de aire le dan la espalda a la calidad, podía, a causa de sus criterios estéticos, ofrecer a sus televidentes. Se agradece.

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