CONTRATAPA

Dejemos hablar al viento

 Por Juan Forn

Al principio toda era unidad y quietud hasta que sopló un viento. Al girar, las cosas se convirtieron en ellas mismas, cada una contuvo algo de todas las demás, y eso es el mundo. Y, por supuesto, a eso se deben nuestras vicisitudes en el mundo: a lo mucho que nos confunde que cada cosa contenga algo de las demás. Por eso dicen los yoguis que chi-tta es mente en reposo y vritta significa viento de la mente, es decir pensamiento. El yoga detiene los vientos de la mente. Quizás era por eso que el viejo Chuang Tzu decía que todo marcha bien cuando está quieto (uno de esos koan zen perfectos: marcha y está quieto, el sonido del aplauso de una sola mano). Aunque ya sabemos que Chuang Tzu no tenía claro ni siquiera si había soñado que era una mariposa o en realidad era una mariposa que soñaba ser Chuang Tzu.

Me fui un poco por las ramas. A ver si logro retomar. El gran Hiroshige pintaba árboles usando al mismo tiempo uno de sus dedos y un pincel con las cerdas enteramente desgastadas: el dedo para la materia viva, el pincel romo para las ramas secas y las hojas caídas. Los mandeos, que se definen como mitad hombre y mitad libro, y no son ni judíos ni musulmanes ni cristianos (y por eso están por extinguirse, si es que no se extinguieron ya), no beben agua de tanque ni de botella, porque sólo el agua que fluye está viva. En los códices nahuatl, la misma palabra significa dar vueltas y dar vida. Los derviches de Gurdjieff en la cima del Ararat entraban en trance dando vueltas sobre sí mismos con la palma de una mano vuelta hacia arriba para recibir del cielo y la palma de la otra mano vuelta hacia abajo para transmitir a la tierra. ¿Transmitir qué? Lo que no se puede nombrar.

El chino Liu Hsieh, en su libro La razón de la literatura y los dragones, dice que para expresar las emociones se necesita viento y para organizar las palabras se debe tener hueso. Veintidós generaciones de chinos desde entonces no han logrado ponerse de acuerdo en qué significa exactamente viento y qué quiere decir hueso en la ilustre frase. No es forma y contenido, no es apolíneo y dionisíaco, o quizá lo sea y no lo sea al mismo tiempo. Lo que todos los chinos entienden sin el menor inconveniente es que la combinación o equilibrio perfecto de viento y hueso (es decir, la metáfora del poema ideal) es un pájaro. Y, como bien se sabe, los chinos se comen a los pájaros.

En otoño, antes de que el mar se congele, en Groenlandia soplan unos vientos desde el Polo que producen el pibloktoq, o histeria ártica. Para esquivar los efectos del pibloktoq, tres amigos decidieron partir con rumbo sur en un kayak, navegaron hasta que se toparon con un gran iglú cuyo interior parecía no tener fin. Se adentraron en él y caminaron durante semanas, que se fueron haciendo meses. Llegó el momento en que dos de ellos no pudieron más y se dejaron caer y murieron. El tercero siguió, encontró la salida, afuera vio el kayak, en el preciso lugar donde lo había dejado. Volvió a su pueblo y le dijo a su gente: “El mundo no es más que un enorme iglú”. Su gente lo arropó y le dio aguardiente de beber hasta recuperarlo del pibloktoq.

El día en que nació Mahoma todos los reyes del mundo descubrieron que sus tronos habían amanecido apuntando para atrás. De Mahoma se decía que caminaba como si fuera siempre por una pendiente: llevaba el viento adentro, el mismo viento que había dado vuelta los tronos de todos los reinos del mundo el día en que nació. Según Mahoma, cuando Dios ordenó al espíritu de Adán que entrara en el cuerpo que le había dado, el espíritu se quejó de que la entrada era demasiado estrecha, así que Dios decretó que el hombre siempre entraría y saldría con aversión de su morada mortal.

El escocés Bruce Chatwin se hizo nómade porque se estaba quedando ciego de mirar de cerca: era marchand en la casa central de Sotheby’s en Londres. El médico le dijo: “Lo que usted necesita son horizontes abiertos donde perder su mirada. Quizás así recupere la vista”. Chatwin dijo que un nómade es aquel que va adonde lo lleva el viento y reemplazó la pregunta “quién soy” por la perplejidad del “qué hago yo aquí”. Según Chatwin, regresar equivale a encontrar lo más importante que se haya perdido o dejado en el camino. “El regreso ofrece una plenitud de sentido que la ida sola no tiene, pero no siempre se tienen ganas de regresar”, dijo.

El revolucionario francés Louis Auguste Blanqui, durante uno de sus muchos encarcelamientos, se sentó a escribir sus reflexiones sobre la eternidad. Su idea era hablar científicamente, pero cuando se quiso dar cuenta estaba en honduras que superaban todo materialismo dialéctico. Escribió famosamente Blanqui: “Cada ser humano es eterno cada segundo de su existencia. El universo se repite a sí mismo sin cesar para volver a tocar el mismo sitio”. El mundo era plano hasta que se curvó: cuando se curvó, pasó a ser un relato. En un buen relato, el final se toca con el principio. Si nuestra vista fuera lo suficientemente buena, podríamos alcanzar a vernos la nuca cuando miramos a la distancia, y sospecho que eso era lo que veía Blanqui cuando miraba los muros de su calabozo.

Quizá por eso, un poeta árabe del año mil escribió: “Las flores deben tener mariposas. Las montañas, arroyos. Las rocas, musgo. El océano, algas. Los árboles viejos, enredaderas. Y la gente, obsesiones”. El viejo Empédocles dijo que todo hombre está convencido únicamente de lo que ha aprendido por casualidad: ésa es la clave de su felicidad y el consuelo en su desdicha. Las cosas aprendidas por casualidad nos entran tal como se transmitían en la antigüedad los nombres secretos de Dios: se los escribía en la arena y después se esperaba hasta que los borrara el viento.

¿Qué sabemos del viento? Que trae la lluvia y la sequía, el polvo y la langosta, el frío y el calor, y que también se los lleva. Que impulsa los barcos y crea las olas que los hunden. Como dice Eliot Weinberger en un glorioso libro llamado Algo elemental, el viento sopla y las generaciones son sus hojas. Su brisa nos alivia, su aullido nos da pavor. Las enfermedades entran por las ochenta y cuatro mil cavidades del cuerpo humano, correspondientes a cada uno de los puntos de la acupuntura, tal como el viento cuela polvo por todas las hendijas de una casa. Viento en chino se dice feng, que también significa canción. Como el gobierno mandarín se enteraba a través de las canciones de lo que pensaba el pueblo, feng pasó a significar también “estado de ánimo”. De ahí el gran refrán milenario: escucha al viento y conocerás al viento. De ahí que para los chinos no haya mayor elogio que el que se dijo de Confucio: él sabe de dónde viene el viento. Pero yo sigo prefiriendo lo que dijo Mano de Piedra Durán cuando le preguntaron si no estaba muy viejo para volver al ring: “Viejo es el viento y todavía sopla”.

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