CONTRATAPA

Una guerra sin posguerra

 Por José Pablo Feinmann

No habrá posguerra de Irak. Por la CNN se lo puede ver a Colin Powell llegando a Alemania para iniciar la diagramación de la posguerra. Mentira. Su llegada es parte de la guerra. Una periodista del New York Times dialoga con colegas de la CNN: “Claro, esas imágenes de niños muertos en las calles o de tanta gente muriendo en hospitales. O los que se quedaron sin hogares. O los mutilados. Todo eso genera en el mundo un sentimiento ‘antiamericano’. Pero nosotros creemos que la gente odia tanto a Saddam que acepta pagar esos precios con tal de sacarlo del poder”. Mentira. Los que están dispuestos a pagar esos precios son ellos. No les importa que los odien. Han aprendido una verdad fundamental de los imperios: un imperio, para serlo, no requiere ser amado, requiere ser temido.
La doctrina de la guerra preventiva es la doctrina de la guerra permanente. Como –hasta el momento– el país que impulsa esta doctrina es Estados Unidos debemos concluir que es él el que está decidido a vivir en guerra. Hay una vieja máxima del mariscal Colmar Von der Goltz, gran teórico prusiano de la guerra, no en el nivel de Clausewitz pero importante, muy leído aún. La máxima dice: “Los pueblos que anhelan la paz deben prepararse para la guerra”. De aquí sacó el concepto de “nación en armas” que tuvo difusión entre las batallas ideológicas argentinas de cierto fragoroso pasado. En un libro que publiqué en 1998 –La sangre derramada– me atreví a refutar, desde un utopismo pacifista, la frase de Von der Goltz y escribí: “Los pueblos que anhelan la paz deben prepararse para la paz”. Sigo pensando lo mismo, pero me siento un poco idiota. Posiblemente Von der Goltz conociera mejor la naturaleza de los pueblos y de los guerreros. Quien apuesta al Mal en el hombre raramente se equivoca, desdichadamente. El Estado Mayor de Bush incorpora la frase de Von der Goltz como lema del imperio. Estados Unidos se prepara ininterrumpidamente para la guerra porque quiere imponer una paz, su paz, a todo el mundo. El coloso del Norte está en armas. La guerra preventiva consiste en declararle potencialmente la guerra a todo el planeta. Todo lugar es una hipótesis de conflicto. No hay tratados diplomáticos que puedan amainar esto. Ahí donde Estados Unidos disponga que reposa un peligro para su seguridad interior habrá un frente de conflicto, un frente de guerra.
No habrá posguerra de Irak porque el imperio ha elegido la guerra y no la política. Revisemos –bajo este punto de vista– la célebre frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. En lo esencial, simplificando, decía: “Hasta un punto la política como arte del entendimiento, de la negociación. Incluso como espacio de la diplomacia. Fracasado este aspecto político de la política, se pasa al aspecto bélico que resolverá en el campo de batalla lo que no se pudo resolver en el campo de las negociaciones”. Pero si Estados Unidos se constituye en un imperio bélico, si hace de la guerra su modus operandi, su arte de sometimiento y atemorización, ¿eso es política o es guerra? ¿Es aquí la guerra una continuación de la política o es su verdadera esencia? Hoy, para el imperio, la guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino que es, sin más, la política, la única política. La política es el arte del diálogo, que instrumenta siempre el lenguaje, creación suprema de los hombres para comunicarse y comprenderse. Un imperio no quiere dialogar, quiere someter. No quiere comunicarse, quiere ser obedecido. No quiere que lo comprendan, quiere que le tengan miedo. Maquiavelo sabía aconsejar estas cosas. Una opción de hierro asedia a todo príncipe: la de ser amado o ser temido. Estados Unidos la solucionó: ser poderoso es ser temido. La administración Bush le dio la respuesta a esa pregunta absorta de los norteamericanos: ¿Por qué no nos quieren? “Es cierto –les dice–, no nos quieren. Entonces... que nos tengan miedo.” Se conquista por el amor o por el miedo. Hace tiempo que ya nadie conquistapor el amor y quienes lo intentaron fueron derrotados, como Jesús, como Gandhi. Es la hora del miedo.
Escribo estas líneas y están rodeando el aeropuerto de Bagdad. Están a pocos kilómetros de la victoria. Ese relato de unos campesinos bajando un helicóptero ultrasofisticado con una precaria escopeta nos deleitó un día, o dos. ¡Otra vez David y Goliath! Al helicóptero lo bajaron de un hondazo. El sentimiento popular está con el débil. ¡Qué hermoso sería que la maquinaria bélica del imperio fuera derrotada por campesinos con escopetas! Que los iraquíes no fueran humillados. Pero no. No estamos en el siglo XIII. Irak no es el centro de la civilización del Islam, el deslumbramiento del mundo con sus mezquitas, jardines, palacios, universidades, facultades de derecho, bibliotecas infinitas. No despierta el deseo de una Europa atrasada, feudal, sometida al tomismo y la Inquisición, que imagina sus calles con pavimentos de oro y dice, creyéndolo, que los científicos árabes han inventado alfombras mágicas y elixires de la eternidad. No, Europa se olvidó del Oriente y con los Reyes Católicos, Colón y la explotación de los nuevos territorios inicia su despegue capitalista. Oriente queda atrás, sumido en la leyenda. Luego, hoy, el capitalismo lo encarna Estados Unidos y es el capitalismo –el viejo capitalismo convertido ahora en imperio totalitario– el que arrasa la ciudad de los sueños. No alcanza con un par de escopetas. Goliath, ahora, en su terreno, el de la guerra y el de la muerte, es invencible.
Hay, sin embargo, otros terrenos. Que no haya posguerra significa que Estados Unidos no podrá reconstituir el mundo anterior a esta guerra. Que deberá continuarla, ya que los adversarios le surgirán por todas partes. Y en todas esas partes ha sido derrotado. Ha sido una derrota cultural. La ola de aversión que recorre el mundo jamás fue más intensa, ni con Vietnam. Destruyó el orden internacional. La OTAN no existe o, para existir, deberá existir sin Estados Unidos, ya que no resulta coherente que forme parte de ella quien tanto la ha desoído. El terrorismo logrará una dinamización fenomenal. El terrorismo es viento y arena del desierto, es inasible, es inhallable. Estallará en mil lugares y el imperio se largará a perseguirlo por todo el mundo, logrando lo que quiere pero lo que implica su derrota política: convertir en sospechosos a todos los países del planeta. Quedarse sin aliados. Gobernar el mundo en soledad. O con aliados patéticos. Una posguerra –una verdadera posguerra– significó siempre el retorno de la política. Se establecen límites. Se firman tratados. Cesan las hostilidades. La guerra de Irak no es la guerra de Irak. Hoy es en Irak y mañana será en Corea del Norte o en Venezuela o donde haga falta. La guerra de Irak es una declaración de guerra que el imperio le ha hecho al mundo. Su guerra preventiva es permanente. Van a vivir para la guerra. La industria de armamentos será prioritaria y todos los dólares irán a ella, ninguno a saciar el hambre y las injusticias. O muy pocos. Ahí donde los hambrientos se tornen peligrosos se descubrirán terroristas entre ellos y hasta armas de destrucción masiva (total, si hay que mentir mentirán sin límites) y se los misileará. El imperio quiere ser lo Uno. Y no quiere serlo por la palabra, por la política, por la cultura ni por la persuasión. Quiere serlo por la devastación y por el miedo. El siglo XXI tenía dos posibilidades ante el desalentador siglo XX: ser mejor o ser peor. Será peor, pero distinto. Un imperio dispuesto a crear un gran Orden Internacional del Miedo basado en una tecnología bélica jamás vista. No hay que dejar de enfrentarlo. Hay que reducirle espacios a la Muerte. Adorno –desde Estados Unidos– le pedía a Walter Benjamin que se exiliara sin dilación posible, que huyera del nazismo. Benjamin le respondió una frase inolvidable: “Aún hay posiciones que defender en Europa”. Esa frase le costó la vida, pero tenía razón.

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