ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

Caudillocracia

 Por Alfredo Zaiat

Los buenos economistas estudian y escriben muchas más cosas interesantes que lo que habitualmente se publica en los medios. Ante la proliferación de gurúes que se dedican a realizar pronósticos errados se entiende el descrédito en que ha caído la profesión. También tienen su cuota de responsabilidad en esa devaluación los sucesivos fracasos de ministros de Economía. Y suman a esa destrucción los candidatos a manejar la economía de los candidatos a presidentes de la Nación, que repiten diagnósticos y prometen medidas que saben que, muchas de ellas, no podrán cumplir. Aunque para muchos cueste creerlo existen economistas que tratan de hacer algo distinto. La oficina de la Cepal en Buenos Aires está elaborando un trabajo, probablemente el más ambicioso de reflexión y análisis, de la problemática del desarrollo argentino de las últimas décadas, con la participación de unos 50 profesionales. Como parte de ese proyecto, Luis Rappoport, con la colaboración de Mariana García, presentó un borrador de documento sobre “aspectos institucionales de la gestión del desarrollo”. En uno de sus capítulos trata de indagar sobre la cultura política y la institucionalidad informal de la Argentina, aspecto relevante a tres semanas de las elecciones, que más allá de las variables macroeconómicas permite entender porqué pasa lo que pasa en la economía argentina.
Rappoport-García (R-G) parten de que la cultura institucional y política de la Argentina “parece no ser funcional al desarrollo económico en las condiciones en que se plantea hoy en día la competencia global”. Y concluyen que “en el ámbito del Estado los procesos de decisión no son participativos ni descentralizados, no incorporan a actores diversos, no incluyen debidamente la gestión profesional, no responden a una estandarización normativa, no permiten una adecuada articulación entre los estamentos políticos y los profesionales y técnicos, no promueven criterios de mérito, no tienen continuidad ni planeamiento, no incluyen mecanismos de control ni de retroalimentación a partir de los resultados, generan superposiciones entre los roles de los distintos niveles de gestión pública, facilitan la corrupción y la captura del Estado por parte de intereses particulares”.
R-G bucean, entonces, desde las razones históricas, el funcionamiento de la cultura del caudillismo, su alcance, las lealtades y las estrategias cortesanas y la población como parte y víctima de esa cultura del caudillo. Algunos de los párrafos de ese trabajo son muy ilustrativos.
u Las razones de las carencias en la gestión de las organizaciones públicas y de su relación con los ciudadanos se remontan en el tiempo y tienen que ver con las instituciones que estructuró la corona española en América y en las continuidades y discontinuidades que se gestaron durante la organización del país y durante los períodos de cambio económico y político.
u Después de la independencia de España antes que se pueda estructurar un Estado, razonablemente consensuado, la Argentina vivió, como buena parte del resto de América hispánica, un largo proceso de guerras locales y caudillismo.
u La organización de un Estado democrático supone un acuerdo sobre la legitimidad del gobierno y sus fines y un sistema de derechos ciudadanos.
u El caudillismo es la contracara de estas definiciones y constituye, de alguna manera la continuidad del autoritarismo monárquico aunque con una legitimidad más precaria que éste. En el caudillismo no existe ni un sistema de derechos debidamente definidos ni límites institucionales a la discrecionalidad del caudillo. A falta de la legitimidad autoritaria emanada del rey o de un consenso democrático basado en derechos y límites al poder, el resultado inevitable es el desorden.
u El poder local se ejercía desde oligarquías depredadoras que reconocían formalmente el poder de la corona pero realmente no respetaban sunormativa y explotaban las riquezas sin límite normativo alguno. La famosa frase de Hernán Cortés “que se acate pero no se cumpla” era, y en alguna medida sigue siendo, una norma informal del funcionamiento social.
u Las contramarchas en la organización de un Estado democrático moderno se asocian a la persistencia de la cultura política de los caudillos, a las discontinuidades del marco democrático y a las crisis económicas derivadas, en buena medida, de la carencia de una adecuada organización de la acción pública que permita aprovechar las oportunidades que brinda el contexto internacional y limitar sus peligros.
u Los elementos clásicos persistentes de la cultura de los caudillos son el personalismo, el patrimonialismo, el clientelismo.
u El personalismo supone otorgar la mayor jerarquía a las relaciones personales, por encima de las leyes y las buenas prácticas de gestión. El patrimonialismo confunde el patrimonio personal del que tiene posiciones de poder con el de la comunidad y el clientelismo establece una forma de relación de dominación, protección e intercambio asimétrica entre “patrón” y “cliente” en las estructuras de poder. En todas estas actitudes se establece una confusión entre la esfera privada y la esfera pública.
u La cultura del caudillo no alienta el desarrollo de un estamento de síntesis entre la inteligencia y el poder, que naturalmente es el de los administradores profesionales.
u A falta de administradores profesionales y de estudio sistemático, la articulación entre los diversos intereses de la sociedad se ve trabada. No se definen adecuadamente los objetivos de las organizaciones y no se negocian racionalmente los conflictos.
u Cuando la figura de un macro-caudillo concita la adhesión masiva éste establece una lógica de exclusión. Como el movimiento que acaudilla se define como “la nación” o “el interés general”, los que tienen una visión contraria son “por definición” enemigos.
u A falta de planeamiento, los problemas de los sistemas públicos se agravan. Cuando estos colapsan crece la demanda social por soluciones inmediatas. Como las soluciones requieren planeamiento y tiempo y las organizaciones carecen de ambos elementos, se adoptan dos mecanismos que agravan y retroalimentan la cultura institucional de los caudillos.
u Por un lado se delegan las soluciones en figuras salvadoras que proponen soluciones mágicas desde el caudillismo y la concentración del poder y, por el otro lado se improvisan acciones precarias que resuelven situaciones menores en lo inmediato y generan problemas mayores en el mediano y largo plazo.
u Para aquellos sectores empresarios más dependientes de regulaciones públicas, que a su vez tienen sus derechos precariamente definidos y defendidos por la estructura institucional, es necesario participar de las reglas del juego, no hacerlo resulta sumamente costoso.
u Como los sectores que tienen más capacidad para desarrollar el juego descripto son los más concentrados, los ciudadanos o intereses más atomizados de la sociedad ven lesionados sus derechos.
u Así se genera un sistema que se retroalimenta y se fortalece. Parte del sector privado “debe” interactuar con el sistema clientelar para sobrevivir y el sistema clientelar se refuerza con un sector privado que captura porciones del estado.
u El deterioro económico y la precarización laboral de los ‘90 se asociaron con los rasgos culturales que describimos y vaciaron de representación a numerosas entidades representativas de la sociedad.
u Se establece una dicotomía entre el individuo y las instituciones (normas u organismos) y por lo tanto entre las personas y el Estado. Ni los individuos cumplen con sus obligaciones con la sociedad y el Estado se ocupa de proteger los derechos de los habitantes.
u La incapacidad del Estado genera descrédito hacia las instituciones formales, hacia el poder y la clase política y promueve en la sociedadmecanismos y solidaridades primarios e informales de resolución de los problemas de la convivencia social.
u Los mecanismos delegativos, el ocultamiento de la información pública, la discrecionalidad en el uso del poder, la carencia de retroalimentación de la función de gobierno con el pensamiento sistemático, la carencia de mecanismos adecuados de selección de personal y otros de los aspectos analizados son propios de la cultura del caudillo que se fortalecen.
¿Alguno de los candidatos que aspira a habitar la Casa Rosada quiere romper con esa caudillocracia, cuyas consecuencias económicas y sociales ya se conocen?

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