CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

De memoria y con engrudo

 Por Juan Sasturain

Hace un tiempo tuve la oportunidad y el gusto de descubrir y –poco después– el privilegio de prologar un libro precioso e inclasificable: Malditas difíciles, de Bitrán y Chiappini, una Historia de las figuritas de fútbol en la Argentina. Así fue que hice un poco riguroso pero sentido “Elogio del cartón pintado” y me sentí cómodo escribiendo sobre una de las pasiones más consecuentes –junto a la Pulpo y las revistas de historietas– de mi diseminada infancia pueblerina.

Del trabajo –o como quiera que se llame el tiempo que me pasé reflexionando y revolviendo fuera y dentro de mí para poder escribir algo con sentido– decantaron algunas obviedades que acaso valga la pena compartir. Sobre el tema de las figuritas en general, digo, del que los duros cartoncitos redondos con caritas futboleras son un avatar evolutivo tan imprevisto como exitoso. La evolución de las figuritas argentinas en forma, contenido, sentido y circulación puede resultar ejemplar. No sé de qué, en realidad, pero siempre es lindo –a mí me resulta lindo– pensar este tipo de boludeces.

Está claro que las figuritas en principio surgieron –pensadas para pibes– con dos finalidades a la vez educativas y comerciales, no opuestas sino complementarias: la ilustración (agregar la imagen al conocimiento escrito) y el coleccionismo (la elaboración de series dignas de ser completadas). Cabe aclarar que estoy usando el concepto, el nombre y la idea de figuritas en términos amplios, abarcativos de fenómenos a veces coetáneos pero muy diversos entre sí. Así, por un lado estaban aquellos cromos sueltos coleccionables que acompañaban a las golosinas –sobre todo los chocolates– que eran, sin duda, flagrantes figuritas. Puedo describir algún álbum de imágenes educativas Nestlé apenas incompleto, tan antiguo como hermoso y bien impreso, que encontré entre otras reliquias de la infancia de mi vieja: páginas y páginas de distintas flores, de insectos y animales raros, las maravillas del mundo, esas cosas. Y dos chicos –nena y nene– con el álbum, en la tapa. El origen de todo lo que vino, por lo que sé, está ahí.

Pero también eran y fueron después “de figuritas” las planchas con unidades más o menos troqueladas concebidas como material didáctico (La fauna australiana, Los integrantes de la Primera Junta, Los cereales, Las razas humanas) que se compraban en la librería o el kiosco. Y –con parecidos contenidos– qué otra cosa sino un conjunto de figuritas eran esas páginas especiales de los históricos semanarios de apoyo escolar, de Billiken a los que siguieron, presentadas bajo títulos como la Epoca Colonial, el Descubrimiento de América, Distintos tipos de armas de fuego o Medios de Transporte... También esas figuritas eventualmente se recortaban –por la línea punteada– para ilustrar la tarea escolar.

En resumen: en el primer caso, aquellas viejas y hermosas figuritas a las que llamaremos educativas fueron concebidas tradicional y marketineramente para ser coleccionadas en álbum autónomo como un modo de fijar la memoria en series de imágenes significativas (hacer historia, hacer geografía o hacer botánica desde el chocolatín), y en el otro caso –las propiamente didácticas o escolares– han servido como formas o medios de ilustración complementaria, imágenes estandarizadas que se suponen útiles para comentar un texto, conmemorar una fecha, ejemplificar un aspecto del saber y que han sustituido, en su aparente acabamiento, el dibujo personal, la versión propia. Incluso han predeterminado la búsqueda y el recorte personal, salvaje, que significaba salir a la pesca de una ilustración pertinente, tijera en mano.

Todo el proceso, en ambos casos, terminaba con la fijación de la figurita de papel (no de cartón), por lo general cuadrada o rectangular, en un espacio prefijado donde agotaban su vida útil y sentido social: en el álbum, las educativas; en el cuaderno, las escolares. Lo que interesa, sin embargo, es el mientras tanto: qué pasaba en el medio. Así, supongo que los nenes y nenas de la época de mi vieja sin duda aprendían cosas, adquirían conocimientos de cultura general con las figuritas Nestlé mientras las juntaban. Pero no sólo eso. Porque el proceso de adquisición de figuritas coleccionables tiene como elemento primordial (determinado por la lógica de las necesidades comerciales) el controlado azar. Uno no compra determinada figurita, sino el chocolatín que contiene una cualquiera. Por eso, aquellas nenas y nenes experimentaron –acaso por primera vez– el vértigo de la incertidumbre y la ansiedad por acertar.

El azar que distribuye arbitrariamente dones y decepciones genera formas compensatorias de adquisición para las esquivas figuritas de colección. Así nacen dos prácticas clave: el trueque y la apuesta. De salida nomás, los chicos que compraban chocolatines, además de ilustrar (se) y coleccionar (las), canjeaban sus figuritas repetidas y las usaban necesariamente para jugar (se). Algo que –sin duda– no pasó jamás, en ningún tiempo, con las figuritas escolares. Y ahí cabe entonces hacer una diferencia funcional: nunca vi a un pibe cambiarle a otro la cara larga de Juan José Paso por La vendedora de mazamorra ni apostar un Belgrano contra un Caballo alazán. Esas cosas tenían que ver con el estudio, la maestra y el cuaderno. Su hábitat natural eran las horas de clase. Y las figuritas, instructivas o no, son –por definición– cosas de recreo. Las figuritas se han hecho (o han terminado sirviendo) simple y maravillosamente para jugar.

En el proceso seudoevolutivo que trato de describir, sin caer en darwinismos berretas, es evidente que fue por selección cuasi natural que las figuritas coleccionables educativas derivaron rápidamente en sus contenidos y formas de comercialización hasta consolidarse en el modelo más exitoso, popular y perdurable. Se alejaron así definitivamente de las figuritas escolares y didácticas para dar paso a las “verdaderas” figuritas, entendidas como una parte integrante de la cultura popular, más que de la meramente infantil: al mismo nivel que las bolitas y los juegos colectivos de recreo, plaza y vereda.

Estas figuritas descaradamente comerciales comienzan a circular, según es tradición, como imágenes coleccionables que, desde los años treinta, acompañaban –como las otras– no sólo a las acostumbradas golosinas de distintas marcas, sino incluso los atados de cierta memorable marca de cigarrillos. Ahí, esas figuritas funcionaban como premio e incentivo, complemento e incluso estrategia de venta. Y ya no estaban ligadas a un fin didáctico o de información supuestamente cultural, por dos razones sintomáticas.

Una, porque en general las imágenes figuradas remitían al universo popularizado por los medios de masas: el cine, la música y los deportes. Y fue el fútbol, los equipos de fútbol, los jugadores, las listas de los planteles, las caritas con nombre y número el componente mayoritario de ese mundo concebido para el consumo de los pibes. Y la otra razón, porque lo importante, además de juntarlas, coleccionar, armar la serie completa para conseguir un premio ulterior al llenar el álbum, era que las figuritas de fútbol servían materialmente para jugar.

Es cierto que coleccionar ya es una forma de juego, que tiene algo de inútil e inmotivado: el coleccionista es un jugador que se desafía a sí mismo y –en el camino– a los demás competidores. Pero, además, las figuritas de fútbol son las únicas figuritas verdaderas en tanto y en cuanto asumen plenamente su condición instrumental: son algo que sirve para competir. Y lo hacen desde la forma dócil –son redondas, no cuadradas: ruedan, pueden ser impulsadas según el modelo de la bolita– y desde la rigidez del material: pasan del papel al cartón duro y, eventualmente, a las chapitas...

El paso siguiente y último –que constituye el coherente modelo acabado– fue la independencia del producto. Ni placa didáctica ni acompañante de la golosina o el tabaco, las definitivas y tradicionales figuritas fueron y son –desde entonces– sobrecitos de más de tres y menos de media docena de unidades que se venden en los kioscos y que ya nada tienen que ver con las revistas educativas y la tareas escolares: si algunas terminaban en el cuaderno, eran pegadas en la tapa como lugar de identidad decorativa; si iban a la escuela, era para intercambiarse en el recreo y para jugar... Que a eso íbamos.

Tímida, temblorosamente, la figurita voladora, impulsada por el pulgar, ha quedado apenas apoyada contra la pared, muestra a la luz de la siesta y al mundo el glorioso espejito. Es obra de la genuina destreza del lanzador arrodillado y suspenso en el cordón de la vereda. La cara del jugador de cartón de colores chillones habitualmente desplazados, imperfectos, queda expuesta como un blasón de excelencia. El diestro de pantalón corto se yergue entre envidias y reconocimientos, y se lleva todas las figuritas diseminadas sobre la vereda.

Eso es todo.

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