CONTRATAPA

Rescatando la ternura

Por Dalmiro Manuel Bustos *

El estallido insensato de violencia que persistentemente nos jaquea nos hace incorporar la zozobra como un habitante más de nuestro cotidiano. Va introduciéndose por lo social, impregnándose en el ámbito familiar, hasta llegar a habitar nuestro fuero interno: vivimos prevenidos, dispuestos a defendernos, con la guardia alta. Saltamos ante cualquier estímulo. No nos faltan razones. ¿Dónde hay seguridad? ¿Dónde me amparo frente al peligro? ¿De dónde sacamos fuerza para sobrevivir? ¿Qué ocurre con los seres humanos que se destruyen en busca del poder económico, político, afectivo, intelectual?
Por extraño que pueda parecer, mi intento de respuesta vino vía una palabra usada por poetas, mucho más que por los especialistas en psicología: la ternura. Inmediatamente que se pronuncia la palabra, salta la imagen de un bebé en brazos de su madre. El bebé, totalmente indefenso, sonríe al ser protegido. Sin esa protección, tanto afectiva como material, no podría sobrevivir. Todos pasamos por ese estado en el cual nos sentimos “tiernos”, vulnerables, dependientes de otro al que sentimos como parte integrante de nuestro ser, el bebé es su indefensión y siente como propios los brazos que lo cuidan, el calor que se nos otorga pertenece a otro, pero no lo sabemos, todo es lo mismo. Sólo así podemos comenzar a madurar y lentamente vamos sintiendo que nacen nuestras fuerzas, nuestras posibilidades. Basta observar al bebé que sonríe al poder ponerse y sacarse el chupete por sí solo. Así como su expresión denuncia los brazos tensos. No hay forma de engañarlo porque no conoce las palabras, pero sabe bien lo que es bueno o malo para él.
Al separarnos de la fuente de seguridad llevamos con nosotros mismos el respeto y el placer por sentirnos protegidos: el bebé se queda dentro nuestro, nos integra cuando aprendemos, podemos transitar por el no saber o no tener, con naturalidad. Cuando sufrimos nos dirá que él está ahí para tener la seguridad de que ya saldremos del paso. Nos dirá que el otro es alguien a quien la vida también hace pasar por momentos duros, de total desesperanza, y que, si lo permitimos, siempre habrá alguien que nos acoja en momentos difíciles.
Basta mirar la escena de una muchacha que ha perdido su pequeño negocio, fuente de subsistencia familiar, en las inundaciones de Santa Fe. El periodista le pregunta si volverá a construirlo y con un llanto acongojado lo mira con sorpresa. En la desesperación no hay futuro. O la desesperanza y furia con que los padres enfrentan los múltiples asesinatos que se suceden a diario. Si no se ha perdido contacto con el bebé que ya ha estado desamparado, de algún lugar vendrá la fuerza para atravesar el dolor, la rabia justa, el miedo. Nos dirá: va a pasar, llora que siempre habrá un hombro, siempre habrá una mano que relativice tu miedo. Que se pueda atravesar el dolor para encontrar la fuerza. Este mismo bebé nos conduce a mirar al otro, sabiendo que es un igual, que también sufre, que tiene miedo, que tiene angustia. Y aprenderá el arte más olvidado: el de ponerse en el lugar del otro. Si, guiado por la ternura, esto ocurre, aprenderemos a luchar con fuerza por aquello en lo que creemos, pero no contra algo o alguien. En la busca de la construcción y la justicia, no en la destrucción y la venganza.
En estos días, nuestra comunidad se levantó para ejercer la solidaridad con los afectados por el desastre de Santa Fe. No se abandonó a los afectados por los crímenes: pueblos enteros se juntaron a los damnificados. Santiago, Arrecifes, Arequito. Esa gente sabe, a través de su acceso a la ternura, que siempre hay alguien que tiene aquello que nos falta. Y esa gente formará la fuerza que nos rescate. Es muy bueno y reconfortante saber que siempre están allí.
El Che Guevara decía: “Hay que endurecerse sin perder la ternura”. Sólo que sin perder la ternura se encuentra la fuerza, no la dureza. La vulnerabilidad escondida se convierte en odio. Hombres y mujeres se endurecen ante los mandatos de los “valerosos” dioses de la guerra: cadauno por sí y todos contra todos, los (hombres) fuertes no lloran, no sienten, sólo se preocupan en producir y triunfar, a cualquier costo. Triunfen, acumulen riquezas, si eso significa pasar por encima a otro, no importa. El amargo sabor de la mentira se revela en la ansiedad con que se fuma, o se consume drogas, o alcohol. La vulnerabilidad que no se legitima como inherente al ser humano, se manifiesta en el cuerpo: dolores, enfermedades de todo tipo, son los escondites del sufrimiento del alma. La palabra necesidad integra el cortejo de sentimientos indeseables, necesitar pasa a ser signo de debilidad y los “débiles” no tienen lugar de prestigio en este mundo. Y se construye la falacia de creer que alguien puede arreglarse totalmente solo, “yo me la banco solo” se convierte en un axioma que revela el desideratum social predominante. Y es una gran mentira. Nadie es luz de sí mismo, ni el sol, decía Porchia en una de sus famosas frases. No saber depender adultamente nos conduce a la incapacidad de amar. Y muchas veces lleva a agredir a la persona amada porque es el testigo presencial de nuestra denigrada dependencia.
En un taller que coordiné unas semanas atrás sobre este tema, se representó una escena en donde una madre sostiene en sus brazos a un bebé recién nacido. Desde el público emerge una señora abriendo los brazos y lentamente va entonando una canción de cuna. Todos corearon al unísono. Esta persona resultó ser una Madre de Plaza de Mayo que perdió a sus hijos durante la dictadura. Quien, sin decir una palabra, expresó que no hay fuerza mayor en la vida que la que da el aprender del dolor más profundo que alguien pueda sentir, para unir fuerza y ternura, y con ella construir un mundo que valga la pena legar para las próximas generaciones.
* Médico psicoterapeuta.

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