CONTRATAPA

Homo navideño

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Por un lado está la Navidad (ficción) y por otro lado está el espíritu navideño (no-ficción). El problema es que para mucha gente –para demasiada gente– la Navidad es la no-ficción y el espíritu navideño es la ficción. Y así nos va: se opta por creer en lo más fácil de creer (en estrellas y chimeneas) y no se invoca aquello que haría la realidad algo mucho más agradable. Ergo: nos quieren convencer de que Santa Claus trabaja tanto esa noche del 24; pero nada les interesa menos que el que recordemos que sus elfos se desloman en las líneas de montaje los 364 o, si toca bisiesto, 365 días restantes.

Y, claro, los elfos somos nosotros.

DOS Rodríguez recibe un mensaje y una foto. Por teléfono. El mensaje se lo acaba de enviar un amigo que está sentado en el escritorio junto al suyo. La era de las (in)comunicaciones, sí. La erita, mejor dicho. Y el mensajito dice: “¿A que no sabes lo que me pasó? El arbolito de Navidad de casa se prendió fuego. ¿Será un buen o un mal augurio?”. Rodríguez no le responde que él se haya detenido a tomar esa foto en lugar de apagar el incendio de inmediato se le antoja, antes que nada, un muy mal síntoma de la salud mental de su amigo. Pero eso a su amigo no parece preocuparle demasiado. Rodríguez decide que su amigo, a partir de ahora, por las dudas, por si es contagioso, será nada más y nada menos que un conocido. Pero ya es tarde, el virus está servido. Y el bacilo que no vacila en atacar es el del espíritu navideño. Y da más de tres golpes. Porque está ahí. Y nadie duda de su existencia.

TRES Y el espíritu navideño está compuesto y formulado por luces + milagro + nacimiento + regalos + familia + comida + fantasmal melancolía. Y todos esos factores y elementos se funden para cubrir, espiritual y navideñamente, todo lo demás, todo lo que se arrastró a lo largo del año y a lo que se quisiera ahorcar colgándolo del arbolito. Pero no se puede. Lo que no implica ni impide el recordar aunque la percepción de la realidad se atenue con los oídos llenos del canto de sirena de los villancicos. Así, háganse las luces: se encienden las decoraciones de las calles y se consume y consume la electricidad (la más cara de Europa) que primero no iba a subir, luego subiría un 2 por ciento y, sorpresa, se anunció que aumentaría un electrizante 11 por ciento. Y Rodríguez sigue sin entender qué es lo de la “subasta eléctrica”. Y lo del gobierno anulándola por “circunstancias atípicas”. Medida de esas que –como la de negar la denuncia/reprimenda por la financiación opaca y permisiva de los clubes de fútbol sacando pecho en camiseta Marca España y poniendo rictus persecutorio– no hace otra cosa que preocuparle todavía más. Porque, lee por ahí, “no se puede arreglar un error con un disparate”. Y Rodríguez sospecha y ya casi sabe cómo va terminar la cosa: la electricidad acabará aumentando entre un 5 o un 6 por ciento. Y así, se supone, todos felices. Y jingle bells mientras se informa que ya hay 400.000 hogares en España que no pueden iluminarse ni calentarse por no poder hacer frente o perfil a las facturas. Interrogado al respecto del fantasmal tarifazo, Rajoy contestó con un “eso vamos a intentar arreglarlo” para luego precisar un no muy tranquilizador: “Ya se sabe que soy como soy; pero desde luego yo tengo las ideas muy claras”. Los responsables de cobrar en vatios se quejaron de la permanente “demonización del sector eléctrico” y ya todo se ponía muy Viejo Testamento. El Nuevo Testamento llegó con las fiestas y con la nueva retro-ley del aborto envuelta para regalo. Reforma y marcha atrás y adiós al derecho y hola al retorcido camino para llegar a la meta. Y, por lo que entiende Rodríguez, mientras unos y otros se acusan, es que si una madre descubre que su feto padece del Síndrome de Down sólo podrá abortarlo si prueba antes que su nacimiento le causaría a ella un gran daño psíquico. ¿Cómo se prueba eso? ¿Será más sencillo para ella ir a la comisaría y mentir que fue violada y que recién ahora se acuerda? Intentando descifrar la para muchos buena nueva y para muchos otros pésima noticia, a Rodríguez se le empiezan a ocurrir ideas raras: ¿No fue violada la Virgen María con los mismos modales con que Zeus bajaba a la Tierra a hacer de las suyas entre las jóvenes? ¿Y por qué hay tantas novelas y revisiones sobre las figuras de Jesús y María y Judas y nada sobre el pobre José, santo patrón de los cornudos? Y Rodríguez mira y oye de reojo a su esposa, cuchicheando en su telefonito y se pregunta con quién hablará y por qué se ríe tanto. Y en la televisión se emite esa aterrorizante publicidad con Raphael & Co. del Gordo de la Lotería Nacional (que no se ha agotado tanto y de cuyos premios Hacienda se queda con el 20 por ciento) pero que ha vendido más que su contraparte catalana y subliminalmente soberanista La Grossa y en un rato alguien será millonario y mañana, en la tele, todos brindando y aullando como poseídos por el demonio. Y a comer, claro. Y se echan campanitas al vuelo porque se ha informado de un ligero incremento en el consumo alimentario por estas fechas voraces en todo sentido y en las que todos van por ahí con cara de Arcimboldo. Pero Rodríguez se pregunta si no se gastará más en comida porque se gasta menos en regalos; si no es que se come más porque se regala menos y que la gente no se estará comiendo, metafóricamente, corbatas y juguetes y libros. Se come cualquier cosa que no sean teléfonos móviles; porque el telefonito es sagrado, es uno más de nosotros, es parte de la familia, es ser queridísimo.

CUATRO Siempre falta algo a último momento y Rodríguez baja a buscarlo y hace mucho frío y tiembla más que el bendito Peter O’Toole y se acuerda, de golpe, de lo que soñó ayer. En su sueño, el papa Francisco salía al balcón de San Pedro para anunciar –siempre en racha y siguiendo con su estilo– que “Dios no existe”. Y añadir que Dios no es otra cosa que una cadena de pensamiento instalada en cada uno de los hombres. Que los hombres crearon a Dios para que Dios los cree. Que Dios no es otra cosa que millones de piezas de un puzzle que a todos y cada uno de nosotros nos toca armar. Mientras tanto y hasta entonces –alegría– se supo que los bancos de alimentos rompieron todo record histórico en su recaudación de comida de este año en España. Lo que tal vez signifique que, sí, Dios existe.

CINCO Hace unos días, Rodríguez entró triste y melancólico a ver La grande bellezza de Paolo Sorrentino y salió de allí contento y melancólico. De acuerdo, sí: mucha de su felicidad era por comprobar los efectos residuales y benéficos del Fellini de La dolce vita, 81/2 y Roma. Y, allí, ese gran momento del mago que hace desaparecer a la jirafa. Y la idea de que muchas veces lo que despierta más admiración y pasmo no es que alguien pueda hacer desaparecer de verdad a una jirafa sino que se le haya ocurrido el truco y la trampa para que parezca que todo fue conseguido, sí, por arte de magia.

Lo que nos lleva de nuevo a las religiones institucionalizadas y a la gestión privada de la electricidad de la fe pública, piensa Rodríguez.

Y de ahí –cambiando de tema, pero sin cambiar de frecuencia– a un “Felicidades”.

Sin dueño ni copyright.

Así.

A secas.

Felices Felicidades.

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