CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Algo con Kenny

 Por Juan Sasturain

Durante un par de semanas –las primeras de enero, más precisamente– estuve si no obsedido al menos ocasionalmente empecinado en recordar un nombre. A veces uno tiene clarísima la cara de un actor secundario de los westerns de John Ford siempre de uniforme azul, o la imagen recortada en la vieja figurita Starosta de un full back de Atlanta y el nombre –que uno sabe o supo (que no es lo mismo)– no aparece. Suenan vocales sueltas, acaso una consonante inicial, pero el apellido se niega.

En este caso se trataba de un trompetista admirable del que no tenía música a mano ni quería consultar por Internet o al gordo Sampayo o a Gari para sacarme la duda –no exactamente la duda: era cuestión de encontrar el cajoncito donde estaba escondida la ficha–, ponerle nombre a mi memoria de sonido y de pinta. Cuestión de orgullo, desafío íntimo.

Lo tenía bien escuchado y admirado porque atraviesa toda la época que más me gusta y disfruto de la música contemporánea, aunque ya no tan contemporánea como antes, si cabe: el jazz instrumental desde el surgimiento del bop, a mediados de los ’40, hasta que el free enrarece demasiado el discurso, lo histeriza, en los primeros ’60. Este trompetista flaco, algo desgarbado, que recordaba metido en pilchas holgadas y de invierno en una foto parisina (¿con Parker, con Dameron?), se me negaba de memoria. Datos: había entrado de pibe en el quinteto de Charlie Parker cuando en el ’48 se fue Miles Davis, tenía un sonido en apariencia chico y amable; después había tocado con Max Roach cuando se murió el precipitado Clifford Brown –siempre en el banco, el olvidado: mejor primer suplente o como digan los de la NBA– y también había sido ladero de Rollins por esos mismos años ‘50. Como Fats Navarro o el fugaz Tony Fruscella, era un estilista no pirotécnico, no tocaba fuerte y rápido como sólo Gillespie lo hizo bien y con talento –y tantos otros muchos al pedo– sino que decía, contaba lo suyo con buen gusto y convicción. Pero cómo carajo se llamaba este muchacho...

Pude, varias veces, en momentos de casi revelación inminente, estar seguro de un diminutivo en el nombre y de un apellido corto, rítmico, con una “a” dominante. No más de cuatro sílabas en total, seguro: taca-taca. Pero no había forma de entrarle. Tuve momentos jodidos en los que me revolví durante horas en el asiento impiadoso de un micro de larga distancia que funcionó casi como potro de tortura mientras trataba de exorcizar al tácito demonio del olvido. Y no hubo forma. Dos semanas pasaron.

Hasta que se produjo lo que me animo a llamar mi pequeña epifanía. De vuelta ocasional y disfuncional a Hot Baires por un par de días, solo y cagado de calor como el mejor, me zambullí al mediodía en un lindo comedero a la vuelta de mi casa y pedí del menú el bife de costilla con papas fritas, con un vaso de blanco y hielo, por favor. Y valen los detalles, porque hay algo de conjunción formal en todo esto. Estaba leyendo Los tallos amargos de Adolfo Jasca, vieja novela con intriga policial de la que me había hablado bien mi amigo Alvaro Abós con su habitual medido énfasis. Disfrutaba la historia y tarareaba mentalmente –o silbaba de memoria– “Algo contigo”, el mejor bolero del mejor Chico Novarro entre bocado y traguito, cuando volví casi insensiblemente a mi obsesión y duré –esta vez– sólo segundos: Kenny Dorham. Me reí solo: Kenny Dorham, claro que sí. Ahí nomás escribí el nombre y apellido del escurridizo trompetista en la tapa del libro forrado de papel madera y me quedé sonriendo como un imbécil, de tan feliz, ante el plato con la costilla casi pelada y tres papas atónitas. Pedí un almendrado de premio.

Cuando volví a casa, busqué el único CD que tengo con Kenny de titular –una recopilación pirateada alemana: Solid, de 2002–, en el que hay cosas con el cuarteto de Parker del ’49, con Monk, con su propio grupo, con los Messengers. Una muestra de cinco años brillantes. Ya lo había estado escuchando largamente, sobre todo porque había cosas que tenía sólo ahí. Y lo disfruté, hasta que llegué al décimo tema, una golosina masticable para su trompeta casi solitaria con Bishop al piano, y el lujoso sostén de Percy Health en el bajo y el otro Kenny, Clarke, en la batería: “Be my Love”, de Brodszky y Sammy Cahn –leí en el papelito adjunto–, una balada maravillosa. Tarareable. Tan tarareable como “Algo contigo”, tanto que parecía una versión arreglada del gran bolero de Chico. No lo podía creer.

La puse de nuevo. Maravillosamente parecidas en el arranque, las dos primeras frases se evocaban mutuamente. Después, la balada de Brodszky iba levemente para otro lado, pero la controlada libertad improvisadora de Kenny hacía que la melodía esbozada citara una y otra vez el arranque del bolero, me diera –deslumbrado– la clave subconsciente del porqué, ante a mi bife con papas y con “Algo contigo” en mente, la cajita que guardaba el nombre del negro desgarbado de la trompeta dócil y expresiva, volviera a mí. Qué bárbaro.

Lo que siguió fueron detalles de verificación. Me enteré bien –Google dixit– del éxito del tema, proveniente de una comedia musical cuyas canciones escribieron esos dos genios del género, en los ’50; me atosigué con la versión que vendió miles de millares (sic) del tano Mario Lanza, tenor de madera que Hollywood encastró por esos años en el elenco de engendros como Serenade, una obra maestra de James Cain hecha un asco en colores. Y hasta ahí llegué.

Ojalá que la próxima vez que no me acuerde del nombre de un personaje de Rozenmacher, de un cantor de Miguel Caló o de la delantera completa del Argentinos Juniors del ’60, en lugar de amargarme desmoralizado por el avance de la vejez, o lo que sea que se viene tan temido, intuya que todo pueda ser sólo un atajo que me lleve hacia la revelación de algún tipo de conjunción o cruce creativo. Y me lleve a disfrutar de maravillas como la música de Kenny Dorham, que era lo que queríamos demostrar.

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