CONTRATAPA

Tres días en la vida

 Por Dahiana Belfiori

Sábado:

9:13 hs. Un padre despide a dos hijos adolescentes con un beso en cada mejilla y un abrazo. Se adivinan recomendaciones en sus gestos. Los chicos ríen y asienten con la aparente despreocupación típica de la edad. Todos en la escena saben que la vida es ahora, aunque sólo uno sepa que no es eterna. Los viajes siempre enseñan.

9:44 hs. Lo insoportablemente efímero y bello de las garzas en vuelo al costado de la ruta, ¿será motivo de preocupación adolescente?

11:00 hs. No sólo las garzas resisten al desierto verde clavando sus patas flacas en el agua. Una planta de girasol eleva su inflorescencia al sol, solitaria y radiante, en medio de la banquina tapizada de yuyos.

11:41 hs. A pocos kilómetros de la Mar Chiquita que anuncia el cartel de la ruta, una alegría de mariposas blancas salpica la ventanilla por la que miro. Su andar errante me recuerda a la adolescencia.

Anotaciones de Juana en su celular mientras va hacia el reencuentro con amigas. Durante el viaje de ida la acompaña el sol. La noche anterior no pudo dormir, la excitación le hizo demorar el armado del bolso y perder tiempo en nimiedades. Anticipa el murmullo de las montañas de Córdoba en la sangre y su cuerpo registra sensaciones, como si fuera una máquina fotográfica, que luego quedarán en la memoria como un collage mal pegado, con retazos de olores colgándole de las orejas. Para ella moverse es la clave de todo encuentro. Moverse es algo más que trasladar el cuerpo de un lugar a otro. Moverse es andar siendo hacedora y testiga de los cambios. Juana se deja andar.

Domingo:

12:30 hs. Desayuno tardío. El aroma a café inunda la casa y alegra cualquier corazón. Mis amigas sonríen, a veces no hacen falta palabras.

13:41 hs. Mariposas blancas otra vez. Un colibrí pasea su confianza por la galería. Las achiras iluminan con su color de sol el verde del jardín amorosamente trabajado. En esta casa es posible respirar.

17:15 hs. La vida parece transcurrir en la galería. No hay charla que no esté mediada por el mate. Un chamuyo colectivo se escucha desde el living mientras una de mis amigas dedica sus manos a la tarea de coser palabras. La otra canta y fuma y en las volutas deja ir el cansancio del año.

19:50 hs. Mis amigas saben mimarme. Mientras me baño, hay un fuego que se enciende en el patio. Intuyo complicidades y soledades. Pronto abriremos el vino que traje, mi único regalo para celebrarnos. Espero que les guste.

22:00 hs. El vino dulzón se desarma en las lenguas. Entre confesiones siempre una lágrima aparece. Las quiero. Y quisiera que la vida siempre sea amable con ellas. Ya empiezo a extrañarlas.

Lunes: Los encuentros se multiplican. Ando suave con el día. Hoy voy a ser feliz, o algo parecido.

Bien mirado o pensado todo camino se hace a oscuras. Vivir es una acción que se cumple a tientas. Juana transita la ruta de regreso a la sombra de la luna. El viaje tiene su propia velocidad, hermética, en la que el paisaje va mudando, sutil, sus ropajes, abandonándolos justo detrás de la cortina azul francia que enmarca la ventanilla. Sólo la luna permanece inmóvil y solidaria. Sonríe con su cara más famosa, mientras Juana se desliza por su nariz estrella y su pelo hecho de luz solar. Recorre la cara de la luna como se recorre el camino entre una puerta y la siguiente en plena noche: a oscuras. Piensa en la puerta por la que se fue, y en la que se abrirá en unas horas, cuando llegue cansada y feliz. Cuando vuelva a habitar su casa, con sus ruidos cotidianos. Mientras, sólo camina. Las puertas están ahí para atravesarlas. Llegar, irse. Abrir, cerrar. En el medio es el estar. Y cada estar propicia encuentros. Como los de Juana con la luna, que siempre está.

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Imagen: Luis Acosta
 
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