CONTRATAPA

En la jaula

 Por Juan Forn

Dos presos caminan por el patio del presidio de Stormville, en las afueras de Nueva York, hablando en ruso. El más viejo irradia serenidad, el más joven espera sus palabras con avidez. El más viejo está ahí cumpliendo una condena de cincuenta años por asesinar de una puñalada en el corazón al director de la compañía de teatro idish en la que aspiraba a triunfar cuando llegó a Nueva York desde la URSS, a fines de los años ’70. Ahora es el bibliotecario de la prisión y el asistente del rabino. Quizá su serenidad se deba a eso, o quizá se deba a los cinco miligramos de morfina clandestina que acaba de inyectarse. Aceptó la morfina y esa caminata por el patio porque el joven que lo acompaña le habló en ruso y lo hizo reír entre dientes con la historia que le contó, la de su arresto y condena a diez años por robo a mano armada. “Cuéntamela de nuevo”, dice el viejo, y suelta otra risita cascada. “Y ahora lo que te dijo tu padre.” Y otra risita más. “¿Y me pides consejo a mí?”, dice entonces. “Lee a tu padrino. Hazle caso a tu padre. Y déjame disfrutar mi morfina en paz.”

Daniel Genis llegó con sus progenitores de Rusia a un departamento en Queens a fines de los ’80. La madre consiguió trabajo en PanAm. El padre hacía una revista en ruso para emigrados, junto al gran Sergei Dovlatov, el padrino del joven Daniel. La revista era la fachada de una interminable sesión en continuado de vodka y cigarrillos, y enardecidas discusiones sobre literatura rusa entre Alexander Genis, Dovlatov, Joseph Brodsky, el bailarín Baryshnikov y cualquier otro emigrado ruso que se bancara la parada, literaria y etílicamente. El joven Daniel servía los tragos, vaciaba los ceniceros y se ganaba un dólar o dos cada vez que demostraba a los visitantes que había leído un libro importante: Nietzsche, Baudelaire o Kerouac pagaban un dólar, cualquier autor ruso leído en ruso pagaba dos. El joven Daniel prefería juntar los dólares de uno: todo lo ruso lo emplomaba, los patéticos amigotes de su padre lo emplomaban, pero de algún lado tenía que sacar plata para comprar sus discos de noise y de rap.

De tanto leer a los rebeldes de otrora y escuchar en vinilo a los rebeldes de su era, el joven Daniel empezó a practicar él también el desorden de los sentidos: a los dieciséis compraba cocaína en Queens y la vendía a los estudiantes de la NYU en el Village; a los diecisiete le ofreció un pelpa a un agente de narcóticos encubierto y zafó con cinco años de probation sólo porque los amigos ilustres de su padre dieron la cara por él. Pero a los veinte estaba enganchado mal a la heroína, consumía más de cien dólares diarios y le debía más de cinco mil a un ucraniano bravo de Queens; no podía acudir otra vez a papá, así que decidió solucionar solo su problema. Salió a la calle con un cuchillo de cocina y comenzó un raid ridículo de robos callejeros: a los que robaba les pedía perdón, antes de salir corriendo. Una vez le tiraron una pizza en la cara y lo obligaron a huir a carcajada limpia, pero al final logró juntar los cinco mil dólares, pagó su deuda y llevaba tres meses limpio de heroína cuando una viejita por la calle lo reconoció y lo denunció. Como el joven Genis estaba en probation, le dieron diez años y lo mandaron a Stormville. Cuando su padre lo fue a visitar por primera vez, le dijo: “El lado bueno es que ahora vas a tener tiempo de leer a los rusos”.

Daniel Genis cumplió su condena y salió este año en libertad. En sus diez años preso leyó mil libros (1046, para ser exactos). Lo sabe porque llevó un diario de sus lecturas: cada entrada numerada y comentada (sucintamente, porque el papel es escaso tras las rejas). Mil libros en diez años son cien al año, es decir un libro cada tres días. Así pasó su condena Daniel Genis. El primer libro que leyó fue la autobiografía de Malcolm X: en Stormville había mayoría de población negra, y el joven Genis buscaba tips de supervivencia. Fue Malcolm X quien le hizo saber que la biblioteca de la prisión era el lugar más seguro. En la biblioteca de Stormville, el joven Genis conoció al morfinómano Rubinitz. Por él supo que, si se declaraba judío practicante, sería derivado al pabellón donde tenían juntos a los únicos cincuenta judíos de la prisión. De esos cincuenta, descubriría Genis, veinticinco habían cometido un solo crimen en sus vidas: ultimar a sus esposas (el caso de Rubinitz había sido una delicadeza: en lugar de asesinar a su mujer, mató al director teatral que la había seducido), otros veinticuatro eran israelíes y estaban todos por tráfico de drogas (y todos planeaban instalarse en Florida y reincidir al ser liberados) y el restante era el rapero Shyne, que descubrió su sangre hebrea y se hizo religioso en prisión, luego de caer preso por intentar coser a balazos a su colega P-Diddy. Incluso el cocinero que les preparaba la comida kosher era un femicida: en su caso, ya podía salir en libertad condicional, pero sus propios hijos se presentaban cada año a las autoridades para pedir que no fuese liberado (el tipo había estrangulado a la esposa delante de sus nueve vástagos, pero lo especialmente imperdonable era que lo hubiese hecho durante el sabat).

Luego de Malcolm X, el joven Genis siguió leyendo libros sobre distintas formas de cautiverio: Papillon, los diarios de Albert Speer en Spandau, las experiencias en el gulag de Solzhenitsyn y Shalamov, el panóptico de Jeremy Bentham y Foucault, los Recuerdos de la Casa de los Muertos de Dostoievski. De ahí pasó al problema del bien y el mal y se sumergió en Pascal, Rou-

sseau, Schopenhauer, Buber, Spinoza, Kafka, Fanon y biografías de todo tipo de dictadores. Luego encaró las grandes novelas del siglo XX: Henry James, Thomas Mann, Musil, Joyce, Proust (En busca del tiempo perdido le llevó medio año, casi todo en confinamiento solitario, y cuando más tarde leyó en un libro de entrevistas a escritores la frase “Habría que estar en la cárcel para leer como se debe a Proust”, soltó una risita más cascada que las de su compadre Rubinitz). Cuando llevaba casi cinco años tras las rejas le confesó en una carta a su padre que por fin se había decidido a leer aquel libro del padrino que le había dejado en su visita inicial, y agregaba: “Tráeme más. Tráeme todos” (en uno de esos libros, Dovlatov le hace decir a un personaje: “No me cuesta nada rechazar el primer trago. Es a frenarme lo que no he aprendido. El motor anda bien, son los frenos los que fallan”).

Desde que salió en libertad, Daniel Genis está publicando, en forma de columnas (en el sitio web The Daily Beast), fragmentos de aquel diario de lecturas que llevó en prisión, y se anuncia su libro de memorias para el año que viene. Ahora tiene responsabilidades: no puede dedicarse únicamente a leer. Me hizo acordar a aquella confesión de Aira, cuando le preguntaron por qué escribía, y contestó que si fuera por él se pasaría la vida leyendo, que escribía sólo para disimular su vicio a los ojos de la sociedad productiva.

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