CONTRATAPA

Encrucijadas

 Por Juan Gelman

“El libro de un sádico” se titula la reseña que Yediot Aharonot, el diario israelí más popular, dedicó a principios de diciembre del año que pasó a El síndrome del retén. Su autor, Liran Ron-Forer –26 años, sargento primero de la reserva de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI)—, narra con detalle cómo él y sus conmilitones de un retén de la Franja de Gaza torturaban con saña y placer a los civiles palestinos bajo ocupación. El artículo del periódico israelí comienza calificando a Ron-Forer de criminal de guerra y pregunta cuándo algún fiscal del Estado lo procesará. No parece una pretensión exagerada.
Véase un pasaje de la obra: “Corrí hacia ellos y le di al árabe un puñetazo en la cara, nunca antes yo había hecho algo así, él cayó al suelo, lo arrastré detrás del jeep y lo metí adentro. Nos sentamos atrás. Nuestro árabe yacía allí y lloraba en silencio, sangraba y formó un charco de sangre y saliva que me encolerizó, así que lo agarré por los cabellos y le torcí la cabeza. No dejaba de llorar y alguien dijo que las esposas le lastimaban las muñecas. Uno de los soldados se acercó y le pegó en el estómago. El árabe chillaba de dolor, nosotros nos reíamos, era divertido. Le di una buena patada en el culo que lo volteó, como yo quería. Los otros gritaban que me había vuelto loco y se reían y me sentí fantástico”. La conclusión del sargento es simple, pero significativa: “Lo que da prestigio es portarse como un loco, (ser) violento de manera inhabitual”.
Cabe decir en honor de las editoriales israelíes que algunas, como Librería Steimatsky, se negaron a publicar el engendro. Yediot Aharonot subraya que la conducta de su autor es norma en las FDI de los retenes camineros: “Al entrar en los territorios (palestinos ocupados), nuestros hombres sufren una veloz operación que los priva de su humanidad, y al poco tiempo se convierten en animales humanos que obtienen placer infligiendo abusos y humillaciones”. Es una opinión compartida por el teniente coronel de la reserva israelí Eitan Ronel –veterano de la guerra del Yom Kipur del ‘73, de la guerra del Líbano y de la primera Intifada palestina– que acaba de renunciar a su grado en protesta por “la conducta inmoral” de las FDI en los territorios ocupados (The Independent, 5/1/04). El hecho de que el día anterior cinco soldados fueran condenados a un año de prisión por negarse a servir “mientras el ejército actúe como una fuerza de ocupación” no disuadió a Ronel de dirigir una carta abierta al jefe del Estado Mayor de las FDI, general Moshe Ya’alon, cargada de duras críticas. En este caso el detonante fue un episodio que convulsionó a la sociedad israelí.
El viernes 25 de diciembre pasado tuvo lugar una manifestación pacífica contra la valla que Sharon erige para fragmentar y recortar “aún más la extensión de los enclaves que quedarían bajo control palestino” (Ha’aretz, editorial del 6/1/04). Ante la puerta Maskha de la valla de separación que se construye en la Ribera Occidental se concentraron unos 200 palestinos y a su frente y a distancia avanzó con gritos y carteles en hebreo un puñado de civiles israelíes. Como muestra una filmación del incidente, los soldados de las FDI dispararon a los manifestantes sin decir agua va. No es un hecho desacostumbrado y su repetición no asombra, pero esta vez las víctimas no eran palestinas: fue gravemente herido en ambas piernas Gil Na’amati, miembro del kibutz Re’im ubicado en el Neguev. El teniente coronel Ronel señala en su carta abierta: “Un país cuyo ejército dispersa manifestaciones de sus ciudadanos con fuego real no es un país democrático”.
Insiste luego en el deterioro creciente de las prácticas militares israelíes en los territorios ocupados y enrostra al jefe del Estado Mayor: “Paso a paso, los valores en que fuimos educados –la pureza de las armas, el valor de la vida humana, la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios– se han convertido en una parodia sarcástica. Y hemos llegado ahora a la fase siguiente: soldados que disparan a civiles israelíes en una manifestación”. Ronel responsabiliza a los altos mandos por este “fracaso educativo, ético y moral”, y recalca: “Ustedes y sus predecesores han corrompido a mi ejército, a nuestro ejército. No quiero ser parte de semejante ejército. Ustedes me dieron el grado, yo se los devuelvo”.
Ronel no está solo. Tres oficiales y diez soldados del comando militar de elite Sayeret Matkal anunciaron el 21/12/03 en carta abierta a Sharon: “Ya no corromperemos nuestro carácter moral en misiones de opresión”, “ya no contribuiremos a la ocupación de los territorios (palestinos)”, “ya no participaremos en el despojo de derechos humanos básicos a millones de palestinos”. El Sayeret Matkal no es un grupo de combate cualquiera. Hasta hace diez años estaba prohibido mencionarlo públicamente por su naturaleza clandestina y porque lleva a cabo las misiones más arriesgadas y secretas en materia de inteligencia y de ejecuciones extrajudiciales, entre otras. Se recuerda una de sus operaciones más notorias, el rescate de rehenes de un avión francés secuestrado en Entebe, Uganda, en 1976. Pero es evidente que un viento de fronda sacude a las FDI. El número de refusniks –de soldado raso a mayor– asciende a 579, 27 pilotos de guerra se negaron a atacar objetivos palestinos, cuatro ex jefes del servicio secreto Shin Bet atacaron la construcción de la valla de separación que a lo largo de sus 600 kilómetros creará nuevos bantustanes, ahora palestinos (Página/12, 27/11/03). Y no pocos militares de las FDI parecen estar sujetos a dos presiones opuestas que nacen de un solo sentimiento: la justa indignación por la muerte indiscriminada de civiles israelíes que causan los ominosos atentados suicidas de Hammas y la Jihad, y la no menos justa indignación por la muerte y opresión de civiles palestinos que ejecutan las fuerzas que integran. Su encrucijada es ardua.

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